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TRIBUNA

Carta al Rey de España

lunes 12 de febrero de 2018, 20:13h

Con motivo del cincuenta cumpleaños de su Majestad, quiero expresarle mi afecto y los mejores parabienes con las siguientes palabras. Veo que ha escogido, de entre sus antepasados, al Rey Carlos III, cuyo retrato tiene en su despacho presidiendo su mesa de trabajo. Según tengo entendido, ha escogido a dicho monarca como referente de su buen hacer durante el periodo de su reinado, a quien se le consideró como el mejor Alcalde de Madrid, siendo proclamado por el pueblo con las palabras “el mejor Alcalde, el Rey”, como ya predijo Lope de Vega en una de sus obras. Creo que no ha escogido mal, pues, de entre los antepasados de su linaje, pocos pueden presumir de tan buenos resultados en los avances de la nación en una época en que la Ilustración hizo que el Rey se preocupase no sólo de adecentar la ciudad de Madrid con obras que todavía son el orgullo de la capital de España, sino de fomentar la cultura y el progreso mediante las Sociedades Económicas de Amigos del País y de las Ciencias en la mayor parte de las regiones de España. Fue un rey ilustrado y empeñado en el progreso de la nación.

La Corona de España, que Vuestra Majestad ostenta tan dignamente, precisa de gran diligencia y cuidado en todos sus actos, que son analizados diariamente con lupa por los ciudadanos. Yo no soy el más indicado para darle consejos, pues V.M. ya tiene sus propios consejeros, mejor preparados y expertos. Sin embargo, y por el interés que tengo para nuestra querida España, sí quiero aprovechar para explicar algunos detalles desde esta Tribuna de opinión, pues creo que no está de más que se hagan públicos.

Como V.M. conoce muy bien, algunos de sus antepasados, que ostentaron la Corona, tuvieron que dejar el trono abandonando España, tras unos tristes sucesos que han quedado para siempre en nuestra historia. La Reina Isabel II salió de España hacia Francia, tras el pronunciamiento militar de la “Gloriosa” en 1868, dejando tras de sí un turbulento reinado lleno de pronunciamientos militares y de gobiernos con sucesivas Constituciones de alternancia infructuosa, al albur de los intereses de los ostentadores del poder de turno, sin participación alguna del pueblo llano que sufrió tales avatares.

Ciertamente España ha sido una nación difícil de gobernar durante muchas épocas. Basta observar que, tras la salida de España de Isabel II, no aguantó ni tres años Amadeo I de Saboya, a quien fueron a buscar en 1870 para instaurar una nueva monarquía en nuestro país, pero prefirió dejar la Corona antes que aguantar las disputas internas de quienes buscaban alcanzar el poder. Otro tanto les ocurrió a los ingenuos que creyeron poder gobernar España con la instauración de la Primera República mediante la implantación de un sistema federal con trece estados peninsulares, dos insulares y dos americanos (todavía teníamos entonces provincias en América), que convivirían, con amplia autonomía política, en el seno de la nación española. El resultado fue el cambio sucesivo de cuatro presidentes de la República en el breve intervalo del año 1873, que duró aquella, teniendo que intervenir el ejército, a instancias del Presidente Salmerón, para liquidar el movimiento cantonalista de Alcoy y Cartagena, que se extendía ya por Andalucía y Levante. Tras la disolución de la Primera República, el general Martínez Campos y Cánovas ofrecieron la Corona al hijo de Isabel II, Alfonso XII, que vino a España para instaurar de nuevo la dinastía Borbón en 1875.

De nuevo, tras poco más de 55 años de monarquía en España, el Rey Alfonso XIII abandonó el país en 1931 hacia su exilio en Italia, proclamándose la Segunda República que duró algunos años más que la primera, pero que al final condujo a una guerra civil y a una dictadura militar durante casi cuatro décadas. La dinastía Borbón tuvo, sin embargo, otra vez la gran suerte de que fuera llamada a dirigir los destinos de España, después del régimen de Franco, en la persona del Rey Juan Carlos. A partir de aquí, muchos de los ciudadanos ya hemos podido vivir personalmente los sucesos que han conducido a la situación actual.

Lo que he querido manifestar con esa breve exposición histórica es que la Casa Real de Borbón ha tenido la gran suerte de poder acceder de nuevo a la institución de la Corona de España tras el exilio de bastantes de los antecesores del Rey Felipe VI. Carlos IV y Fernando VII estuvieron exiliados y recluidos en Francia durante la invasión de Napoleón; Isabel II y Alfonso XIII estuvieron exiliados, siendo sustituida dos veces en España la monarquía por la república. Es preciso que S.M. nunca olvide tales sucesos históricos por los que pasaron sus ancestros. No debe tentar otra vez a la suerte, pues quién sabe lo que nos depara el futuro.

El Rey Felipe VI sabe de primera mano lo que tuvo que aguantar su padre para poder ceñirse la Corona de España. Todavía recuerdo la foto que publicó un diario anglosajón en cuya portada se veía a Franco jugando al golf, mientras el futuro Rey Juan Carlos, a su lado, tenía un par de pelotas de golf en sus manos. El pie de la foto decía en un socarrón humor inglés ¿Hasta cuándo tendrá que esperar Juan Carlos aguantando las pelotas a Franco? Pues eso. El Rey Felipe VI debe hacer malabarismos con las pelotas de algunos que intentan meter algún gol a la Corona y, por ende, a España, ignorando u olvidando muchos lo que pasó durante la República con el federalismo de los nacionalismos hasta llegar al extremo de los cantonalismos. “Divide y vencerás”, este es el principio que algunos intentan aplicar hasta conseguir la quiebra de la unidad de España, de la que es su símbolo la Corona, como afirma nuestra Constitución. La división y discusión de unos contra otros, como ocurre actualmente en alguna región de nuestra nación, puede conducirnos a todos a la ruina, repitiéndose otra vez la triste historia que ocurrió en los siglos XIX y XX en España.

Majestad, tenga siempre presente lo siguiente: Ser fiel a España y a su pueblo. Si quiere mantener con dignidad y efectividad la Corona, haga que el pueblo le respete y le quiera; no digo que le adore, pues esto sólo está reservado a los dioses, pero sí puede alcanzar su estima. No esté encerrado en su palacio. Salga y hable con sus ciudadanos, pues no basta el discurso anual de Navidad. Procure enterarse directamente de sus problemas. Visite hospitales y centros de asistencia social; presida fundaciones benéficas y acérquese a los más necesitados. Hágase querer por todos y sea un Rey sencillo y afable, con capacidad de entrega y servicio al pueblo. No deje que los ciudadanos le giren la espalda. Sepa dirigir a su pueblo con sabiduría y diligencia. Si así lo hace, no creo que el pueblo le deje abandonar España como hicieron algunos de sus antecesores.

Con tales auspicios, le deseo mucha suerte y lo mejor en su difícil cometido que tiene asignado, cumpliendo con sus deberes como el primer ciudadano que es de nuestra nación. Lo demás le vendrá dado por añadidura.

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