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Beck

domingo 13 de julio de 2008, 20:50h
Supongo que una de las señales claras de que los años no pasan en balde para nadie, -excepto para Isabel Presley y pocos más- es comprobar cómo evolucionan tus ídolos. Incluso peter panes lisérgicos como el geniecillo californiano Beck Hansen caen víctimas del tiempo, maduran y dejan de ser showmans tamaño llavero, para volver a convertirse en una especie de hippies postgrunge, de greñas tiesas y pocas sonrisas. Cosas del destino, Beck tocó en Madrid justo cuando se cumplían siete años de aquél concierto en San Sebastián en el que, teloneado por la banda española Sexy Sadie –hoy por hoy desaparecida- me descubrió hasta que punto diversión, espectáculo, emoción y buena música, no sólo no están reñidos, como lamentablemente creen demasiados grupos de esos que se autodenominan alternativos, sino que siempre deberían ir de la mano. Así pues, siete años después, cuatro discos después, el flequillo impoluto, el traje negro impecable aderezado con una chillona corbata naranja y los bailes espasmódicos, fueron sustituidos la pasada semana por una raída camiseta, una melena ermitaña y un gesto serio, al que el entusiasmo del público congregado en la madrileña sala La Riviera sólo pudo arrancar contadas sonrisas esquivas.

Aún así, sigo adorándole. A pesar de depresiones, ralladuras sónicas y de que incluso reniegue de sus grandes temazos –Beck llegó a olvidar la letra de canciones míticas como “Tropicalia” o “Mixed Bizness”-, el genio, el showman sigue estando presente. Beck sigue siendo uno de los mejores artistas de los últimos años y, como tal, todos los presentes en el concierto del pasado día 9 en Madrid, supimos agradecerle con una entrega total que haya hecho nuestra existencia más divertida gracias a himnos a la ironía como “Loser” o que nos haya mostrado que se puede hacer música con cualquier sonido del mundo. Desde el lloroso “Sea Changes” estaba claro que Beck estaba cansado de mover el esqueleto o disfrazarse de superhéroe chicloso. Aún así, el genio sigue vivo. Incluso a medio gas, Beck consiguió movilizar a las cientos de personas que se congregaron en La Riviera. Seguramente, si no hubiera visto de lo que es capaz hace siete años, cuando el californiano hasta se arrancó a bailar con 20 personas del público a las que subió al escenario –entre las que me enorgullezco de estar, siendo uno de los momentos más emocionantes de mi vida musical-, hubiera salido de La Riviera sin esa sensación agridulce de nostalgia que te invade cuando te das cuenta de que, como decía, el tiempo no pasa en balde, ni para Beck, ni para mí.
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