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EDITORIAL

Llarena y la CUP aniquilan a Turull

jueves 22 de marzo de 2018, 22:27h

La CUP, con su coherente abstención, y la larga sombra del juez Llarena liquidaron la única aspiración de los separatistas al precipitar la investidura de Turull: que un presidente de la Generalidad se sentara frente al magistrado del Supremo en su cita de este viernes. Para poder denunciar que el opresor Estado español impedía gobernar a un presidente elegido democráticamente. Y se quedaron con las ganas.

Turull se encaramó a la tribuna de oradores derrotado, agarrotado, rendido. En su eterno, monótono y gris discurso aburrió hasta a los diputados secesionistas. Y, como le recriminó Arrimadas, decepcionó a todos. No tuvo el valor de reivindicar la República independiente, pues era consciente de que su espectador más atento no era otro que el juez Llarena. Y con esa cobardía, se esfumó la última posibilidad de convencer a los diputados de la CUP.

Inés Arrimadas, de nuevo, se erigió en la más brillante y coherente con un discurso que no dejó títere separatista con cabeza. “Este es solo un capítulo más-dijo- de la larga novela del procés. Y hoy estamos aquí solo porque Turull va mañana al Supremo” Así resumió la histórica vencedora de las elecciones autonómicas catalanas el único motivo de los secesionistas para convocar la fallida investidura exprés.

Pero la CUP les chafó la torpe jugada. El partido anticapitalista, que defiende a garrotazos la independencia, con todo su siniestro bagaje ideológico resultó, sin embargo, el único grupo coherente. Rechazó unirse a la pantomima si Turull y compañía no mostraban el coraje de reivindicar la República que con tanto entusiasmo habían defendido. Riera, el líder de la CUP tampoco quiso ensañarse. Tampoco quiso poner en evidencia a los otrora valientes separatistas que tras provocar algaradas en las calles, celebrar un referéndum ilegal e incendiar la convivencia de los catalanes se habían quedado mudos y habían doblado la cerviz a medida que, unos desfilaban ante los tribunales y otros terminaban a la sombra de los barrotes.

La celebración de la investidura fallida sirve, al menos, para que el reloj del Parlamento catalán se ponga en marcha. Si antes de dos meses, los separatistas no son capaces de elegir a un presidente sin cargas judiciales, Cataluña se enfrentará a unas nuevas elecciones autonómicas. Y todo indica que empieza a ser la opción más probable. La CUP no parece dispuesta a apoyar a un candidato que no se comprometa con la República independiente. Entre los diputados del PdeCat y de ERC no se atisba ningún valiente capaz de enfrentarse a los tribunales. Y Puigdemont y Comín, los dos votos imprescindibles para una investidura en la segunda votación, no parecen estar dispuestos a renunciar a su escaño. Al final, el juez Llarena se ha convertido en el “sheriff” del rodeo independentista. Nadie desenfunda más rápido que él. Y cuando alguien como Turull le reta en duelo resulta que no lleva munición.

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