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AL PASO

El tiempo de Eta

Juan José Solozábal
martes 08 de mayo de 2018, 20:10h

Quiero apartar la mirada del obsceno espectáculo de Cambó Les Bains con esos “mediadores” sonrientes incapaces de señalar por su nombre, antes de levantar acta de su defunción, lo que ETA ha sido, a saber, una ignominiosa mezcla de nacionalismo y fascismo; y apuntar, una vez más, mi admiración por los que, durante muchos años, con riesgo y coraje, mantuvieron la dignidad en una sociedad, la vasca, bastantes veces acomplejada y rendida.

De ellos algunos cayeron asesinados, por ejemplo, José Luis López Lacalle, con su vozarrón inconfundible y optimismo invencible, que se interesaba por tu devenir académico o discutía tu última colaboración periodística, y con el que te podías encontrar hojeando algunos libros en Lagun o dando un paseo junto a la bahía. O Enrique Casas, el líder socialista granadino llegado de Alemania, con el que solo hablaste una tarde, después de una conferencia en San Sebastián, tomando un refresco en la terraza del Gaviria. Años después en varias ocasiones honrarías su memoria formando parte del jurado que llevaba su nombre. Alguna vez tuviste la oportunidad de comentar con su viuda Barbara Dürkhop, y en presencia de Txiki Benegas, los delirantes desarrollos que la ideología nacionalista podía experimentar, que ella sabía bien como social demócrata alemana. Ahí conocerías, por cierto, a uno de los primeros nacionalistas que se enfrentó, a partir de sus convicciones personales y morales, a la utilización del terror como instrumento de actuación política. Me refiero a Joseba Elosegui, que se arrojó en llamas delante de Franco en 1970 en el frontón Urumea. Era un tipo jovial y divertido, que ponía su lealtades democráticas y republicanas por encima de su ideología particular concreta. En los tiempos de UCD en 1980 fue asesinado un joven profesor de la facultad de Derecho de San Sebastián, Juan de Dios Doval, algo mayor que tú con quien no habías cruzado palabra en las aulas de Valladolid, pero a quien recuerdas en los pasillos de la Universidad. Estabas en Londres, en 1977, realizando un posgrado, cuando fue ejecutado en una cuneta del monte vizcaíno, de manera particularmente abyecta, don Javier Ybarra Bergé, cuyo libro sobre las familias liberales vascas, De la Restauración a la República (1947) habías utilizado en tu tesis doctoral.

Otros más afortunados se libraron de la muerte a pesar de su persistencia en la denuncia del terror y la cobertura nacionalista de la limpieza étnica que se estaba llevando a cabo en diversos ámbitos de la vida vasca. Indefectiblemente Joseba Arregi publicaba el día siguiente de un atentado un artículo, desvelando la trama de fanatismo y maldad subyacentes. Su argumento siempre era el mismo: solo el Estado español, como organización política racional, podía salvar a la sociedad vasca de la furia hobbesiana fraticida. Aunque Arregi también utilizaba una justificación kantiana del Estado al que consideraba como una asociación de ciudadanos, esto es, de quienes obedecen las mismas leyes que aseguran los derechos personales: una idea instrumental de la forma política, individualista y no colectivista o mística, que es la propia de quienes conciben el Estado como una estructura al servicio de la nación.

Guardo de estos años dos recuerdos particularmente atroces. En cierta ocasión un ateneísta socialista, por entonces diputado en el Congreso, me invitó a dar una conferencia en el Ateneo de San Sebastián que entonces radicaba en el edificio de Información y Turismo justo en frente de la Concha. A la salida, debíamos de ir a cenar a un restaurante cerca de la cuesta de Aldapeta. Recuerdo que nos acompañaban dos escoltas que con las manos en los bolsillos nos cubrían en diagonal en una línea de 30 o 40 metros, de modo que uno de los policías, inverosímilmente, caminaba de espaldas, mientras deambulábamos por las calles donostiarras. Otro día, un conocido escritor bilbaíno, muy admirado por mí que lo considero el integrante más brillante de nuestra generación, me confesó que, ante el temor de un anunciado atentado, viajaba con suero para atender en su caso el requerimiento de transfusiones. Se trata, por lo demás, de un integrante de la diáspora vasca, siempre tan admirada en el resto de España, aunque ahora lamentablemente inducida.

Pero, como sabe el lector, para mí el modelo de resistencia corre a cargo de algunos curas vascos, con la contundencia y determinación propios de la raza, irreductibles por tanto a la condición acomodaticia de la iglesia oficial. Ya he contado en alguna ocasión en este Cuaderno, mi encuentro con el padre Antonio Beristain, el reconocido penalista, regresando de dar una conferencia en Barcelona en el aeropuerto de Fuenterrabía, cuando me ofreció llevarme hasta Donosti en su seiscientos, acompañado de dos escoltas. Que el anciano sacerdote, andaría por los 75 años, modelo de ciudadano por tantos conceptos, tuviera que llevar protección policial me pareció la expresión insuperable de la condición desquiciada de la sociedad vasca de ese tiempo. Para colmo, resultaba que los superiores religiosos (¿) habían retirado, al parecer, el permiso de predicar al jesuita. ¿Cabe, de verdad, concebir una situación más aberrante?

Alfredo Tamayo Ayestarán era el brillante teólogo existencialista, que habías conocido en el colegio, ilustrando esa oportunidad que a veces los jesuitas ofrecían de maestros superiores enseñando fuera de la Universidad. Había realizado una tesis doctoral sobre el principio de esperanza de Ernst Bloch y te encontrabas con su firma en publicaciones como el Ciervo o El Diario Vasco.

Tamayo, ante el problema vasco, siempre tuvo claro donde estaba,

como lo sabían muy bien las víctimas del terrorismo, que encontraron en él comprensión y ayuda espiritual. En un artículo que escribió rememorando el asesinato de Lopez de Lacalle , titulado significativamente, “Un paraguas y una sábana blanca”, aludiendo al lienzo que cubría el cadáver del amigo en el suelo y al paraguas que lo acompañaba, Tamayo, no hace tanto tiempo, reiteraba su compromiso con las víctimas, y nos exhortaba , decía, a “desenmascarar las trampas de ideología y lenguaje con que se quiere convertir un relato de intransigencia y violencia criminal en historia noble de liberación de un pueblo”.

Muchos, aun mirando hacia el futuro, no podremos olvidarlo.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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