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TRIBUNA

¿Ética individual o colectiva?

miércoles 16 de mayo de 2018, 21:17h

El ser humano es, a la vez, un ser individual y un ser social. Tiene un comportamiento sujeto a las indicaciones de la propia conciencia y a las normas morales que rigen la sociedad en que vive. La pregunta sobre la ética individual o colectiva tiene aquí su razón de ser para intentar dar una explicación, desde ese punto de vista, a los distintos sistemas político-sociales que el hombre ha vivido a lo largo de su historia y especialmente en los últimos siglos que son los que, por ser más cercanos, han influido en nuestra forma de vida actual.

El ser humano ha estado sujeto o ha sido objeto del dominio de fuerzas externas en el orden psicológico y social muchas veces. Siempre ha habido instituciones o personas que se han erigido en directivos de sus semejantes con influencia sobre su conducta, bien sobre el individuo mismo o sobre el hombre como ser social. Al igual que la manada de caballos salvajes sigue a un equino como su corcel preferido de forma instintiva y natural, también el hombre en su colectividad ha seguido en distintas épocas al jefe que conduce y rige su pueblo. Algunos, incluso, se han autoproclamado jefes naturales por la gracia de Dios. Pero, lo que ha ido modelando realmente las distintas sociedades a lo largo de la historia ha sido una retahíla de doctrinas e ideas aplicadas por filósofos, teólogos, políticos y visionarios que han influido en los distintos sistemas político-sociales, hasta dominar no sólo la ética individual, mediante principios y normas supuestamente derivadas de un orden transcendental o de derecho natural, sino la vida y la ética colectiva misma, en base a principios sociales impuestos, incluso por lo que se refiere a las directrices sobre producción y consumo.

Voy a referirme aquí a varios sistemas sociopolíticos que han influido en la humanidad durante los siglos más recientes. Con la revolución industrial del siglo XIX se aceleró sobremanera la diferencia de clases debido al sistema capitalista burgués de producción y beneficios, lo que dio lugar a la crítica socialista marxista que optó por la utopía del comunismo con el fin de conseguir una sociedad colectiva equitativa sin diferencias de clases. Ciertamente, la época del industrialismo feroz capitalista conformó una sociedad repleta de proletariado y de miseria. Tal situación dio lugar a movimientos sociales contra el sistema industrial capitalista y se supeditó la ética individual de la sociedad burguesa a la ética colectiva del comunismo marxista. Nació entonces la revolución del partido comunista, que se manifestó explícitamente en el estado soviético, como modelo a seguir por la Internacional comunista. Todos los esfuerzos del estalinismo se dirigieron a la consecución de un estado fuerte industrial colectivista con la nacionalización de los medios de producción para hacer frente a los sistemas de producción capitalistas. La ética marxista leninista trataba de encauzar, como instrumento totalitario con disciplina colectiva, toda la vida de los individuos que conformaban el estado soviético hacia el fin supremo del comunismo con la supuesta meta de conseguir un bienestar común colectivo sin clases. El premio a conseguir con la ética social soviética no era en el más allá de la trascendencia, sino que el fin último de la producción era conseguir un sistema equitativo de reparto de bienes y la eliminación de clases sociales en esta vida. El modelo productivo a seguir era el del trabajo a destajo para el estado (stajanovismo), como los fieles partidarios del régimen soviético entendían, sin diferencias de sexos. Herbert Marcuse recordaba a tal efecto, en su libro El marxismo soviético, la intervención de una mujer en el II Congreso Koljosiano, que mereció ser citada incluso por Stalin, que decía: Hace dos años no tenía novio y carecía de dote. Ahora, que hago 500 jornadas de trabajo, no puedo librarme de los pretendientes que me proponen casarme con ellos. Ahora podré escoger. Efectivamente, en el estado soviético todo se aplicó y supeditó a la dirección y al fin del régimen comunista: el trabajo, el individuo, la familia, (incluso el amor y el erotismo tenían que ser sometidos a la ética colectiva estatal). Al final, todo ello resultó un fracaso absoluto de represión colectiva. Tampoco tuvo éxito, por supuesto, en los regímenes fascistas o nazis, que supeditaron la ética del individuo a la ética colectiva del estado irracional.

Las imposiciones al ser humano, tanto en uno como en otro sistema, siempre que no se respeten los derechos fundamentales e inalienables, tales como la libertad, la propia conciencia, el respeto mutuo, etc., como fundamento de la ética individual, no pueden nunca sustituirse éstos por una ética colectiva sometida a las directrices de un estado totalitario, donde se manejan las intimidades de las conciencias individuales e incluso las decisiones personales sobre el amor y la libre elección de la pareja. Ya los griegos y romanos representaban a Eros o Cupido, como un dios mitológico caprichoso que iba lanzando flechas, cuyos dardos enardecidos, de forma espontánea e imprevisible, encendían la llama del amor entre los humanos. Y es que los asuntos de la alcoba y del tálamo son muy personales e íntimos, así como las decisiones a tomar por cualquier pareja; aunque algún dirigente político se haya empeñado en subvencionar la natalidad a base del “cheque bebé”, en tiempos no muy lejanos por estas lindes.

De todas formas, más que una disyuntiva como se indica en el título, el ser humano, en su doble condición de individuo y ser social, no puede prescindir de la ética individual ni de la moral social para alcanzar su plenitud. La ética individual debe conducirle a la solidaridad con sus semejantes. Pero, lo que no cabe es sacrificar la libertad individual en aras de la consecución de un fin estatal colectivo, aunque sea considerado de orden superior, convirtiendo al ser humano en un gregarismo ciego y excluyente, como han intentado varios sistemas totalitarios durante nuestra historia más reciente. Algunos todavía confunden la ética colectiva con la ética revolucionaria; pero la ética colectiva depende no sólo de un arrebato para cambiar el mundo, sino de su aplicación inteligente que consiga la paz social mediante la cooperación eficaz y justa, respetando la libertad de todos. El hombre no está hecho para ser dominado en un sistema totalitario, sino para colaborar libremente con sus semejantes hacia una sociedad más justa. La ética individual no puede ser absorbida por una ética colectiva totalitaria y arbitraria, donde desaparezca la libertad de elegir. La imposición suprime la ética individual, pues donde no hay posibilidad de elección no hay libre disposición, al quedar absorbida por la exigencia de una causa colectiva que pueda imponer un estado, un dictador o un grupo dominante. Como ha explicado Alberto Benegas Lynch, recordando a su vez a Arnold Toynbee, “El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de plastilina, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.” En definitiva, el colectivismo es la aniquilación del individuo y la glorificación de la masa sin rostro ni personalidad.

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