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TRIBUNA

El talión de los opresores

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
viernes 22 de junio de 2018, 20:20h

A propósito de lo que sucede hoy en calles como las de Monimbó, o las de Caracas. Conservo un libro sobre las leyes espirituales, que en 1994 publicó la editorial mexicana Edivisión. Según aquella obra, la tercera de esas leyes, era la de la “compensación”, según la cual, cada acción genera una reacción que regresa a nosotros proporcionalmente y de la misma manera. En otras palabras, recogemos lo que sembramos. Y la historia es pródiga de ejemplos donde constan las tristes consecuencias que esta ley espiritual acarrea contra los déspotas. Frente a los despotismos de hoy, amerita repasar algunas ilustraciones que demuestran, cómo han sufrido los opresores dicha ley del talión. A la memoria me viene un primer ejemplo que los anales dominicanos ofrecen. Minerva, Teresa y Patria, todas de apellido Mirabal, eran tres hermanas célebres por su fervorosa oposición al régimen del opresor Rafael Leónidas Trujillo. Para noviembre de 1960, fecha en que fueron asesinadas, el régimen trujillista cumplía ya 30 años de existencia. De cronistas y testigos de excepción de la época, como José Almoina, se estima que la cifra aproximada de las víctimas de la dictadura -genocidios de haitianos incluidos-, se acercaba a las cincuenta mil personas. Dentro de éstas estaban las hermanas Mirabal, cuyos cuerpos aparecieron al margen de una carretera, al fondo de un barranco. En la escena también un Jeep rural, pues ésta se predispuso para simular un accidente. Las investigaciones posteriores demostraron que habían sido brutalmente asesinadas por órdenes del dictador. Apenas un año después, entrada una noche del mes de mayo, el margen de otra carretera recibiría el cuerpo inerte y ametrallado del sátrapa que dirigió aquella república con mano de hierro. En esa ocasión el vehículo era un Oldsmobile. Cuando se dirigía a San Cristóbal, en el kilómetro 9, fue emboscado por un grupo de conspiradores. En ambos casos -el asesinato de las Mirabal y el de Trujillo-, ver la escena de los cuerpos y el vehículo al margen de una carretera, era una casi exacta retribución de la ley del talión contra el tirano.

Otro ejemplo lo ofrece la historia centroamericana. Todo nica sabe que Anastasio Somoza García mandó asesinar al General Sandino a través de un hombrecillo de baja ralea; si no mal recuerdo un militar de apellido Delgadillo. Eso fue en 1934. Veintiséis años después, el 21 de setiembre de 1956, mientras Rigoberto López Pérez simulaba bailar jazz en la Casa del obrero, en León, lentamente se le acercó a Somoza García, recetándole cinco tiros de una Smith and Wesson calibre 38. Mientras moría en el hospital militar de la zona del Canal de Panamá, el dictador también recibía los efectos aritméticos de la ley de la compensación espiritual. Con los intereses de capital incluidos, recibía la paga completa de lo que -26 años atrás-, había sembrado en la humanidad de Sandino.

La última ilustración la extraigo de la historia venezolana. En el año 1992, con una pequeña facción de soldados insurrectos, Hugo Chávez intenta un infructuoso golpe militar contra el entonces Presidente de Venezuela. Resulta que, exactamente diez años después, en el 2002, cuando ya el mismo Chávez era Presidente de la República, sufre un intento golpista igualmente infructuoso y similar al que él pretendió. La trama fue provocada, exactamente como él lo hizo, por una pequeña facción de soldados insurrectos que, aliados con un grupo de líderes civiles, lo intentó derrocar. Aquí incluso hay una curiosidad, pues al igual que lo hizo Chávez en su intentona, también Nestor Gonzalez, uno de los insurrectos, habló en televisión al momento de la fracasada asonada. Y así, ad infinitum, podría enumerar decenas de ejemplos históricos en los que los opresores de este mundo, han recibido una paga proporcional a la de su maldad. La lección esencial de estos episodios, radica en reconocer que, por cada una de esas acciones, existe una consecuencia. Una causa-efecto de matemática implacable. La realidad es que cada hecho generado por nuestras decisiones, provoca una retribución que nos retorna como paga indefectible. Cuando se siembran las semillas de odio y codicia, éstas irremediablemente germinan, pues son el resultado de una elección consciente.

¿Qué es la vida política, sino una constante escogencia? Es cierto que en la mayoría de los casos, el gobernante no discierne las consecuencias de éstas, pero la diferencia entre un sátrapa y un estadista, radica precisamente en la capacidad de tomar verdadera consciencia de los juicios y determinaciones que se hacen. Un viejo aforismo jurídico nos recuerda que nadie puede alegar ignorancia de la ley; en el mismo sentido, constantemente tomamos decisiones sin una verdadera consciencia de las consecuencias que ellas acarrearán. Aún más, nos guste o no reconocerlo, las omisiones también son decisiones. Muchas omisiones no las asumimos conscientemente, pero de todas formas arrastramos sus secuelas. Esta moraleja es especialmente aplicable en la actividad política, en donde el dirigente es un contralor de equilibrios y un selector de costos de oportunidad. Por ello el verdadero líder debe tener la capacidad de rectificar. Uno de los ejemplos más representativos de esa capacidad de corregir el rumbo, lo ofreció Simón Bolívar. Tal y como lo documenta el historiador Jorge Abelardo Ramos, Bolívar pretendió romper el yugo político con España, sin antes liberar a los esclavos y llaneros. Ello provocó que los patriotas de la aristocracia criolla –racialmente blancos e independentistas-, no contaran con la ayuda de esos grandes contingentes poblacionales. Por el contrario, éstos más bien se habían alineado con algunos militares españoles, como José Tomás Boves, quien les había prometido la libertad de clase. Para los esclavos, su libertad personal era un bien más preciado que el ideal de la libertad nacional. Con el apoyo de esos desclasados, los realistas vencieron a Bolívar, que finalmente debió exiliarse en Jamaica. Estando allí desterrado, Bolívar rectificó. Entendió la lección: para triunfar, debía también ofrecer la libertad personal a los esclavos, indígenas y llaneros. Su capacidad de rectificación, le granjeó a la causa independentista el favor de las masas marginadas. En las crisis que actualmente enfrentan los regímenes opresores latinoamericanos, las mesas de diálogo son el escenario ideal para rectificar el rumbo. El problema es que, para ello, se debe ser magnánimo. Una virtud inusual en los déspotas. [email protected]

Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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