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TRIBUNA

Israel: "J’Accuse!...”

miércoles 04 de julio de 2018, 20:10h

París, 1894. El capitán Alfred Dreyfus, judío, es acusado de alta traición. A pesar de su palmaria inocencia -las pruebas serían convenientemente ocultadas- se le condena a cadena perpetua. Dos años más tarde, aparecían nuevas evidencias que exculpaban por completo a Dreyfus, pero las autoridades francesas procuraron silenciar el caso. En 1898 Emile Zola publicaría su célebre “J’Accusse…”, artículo en el que denunciaba la tremenda injusticia con el capitán Dreyfus por el mero hecho de ser judío, aunque habría que esperar a 1906 para su total rehabilitación.

Pero antes de eso tuvo que soportar un verdadero calvario; primero, con una humillante degradación pública en el patio de armas de l’École militaire de París, y posteriormente con una durísima reclusión en el penal de la Isla del Diablo. El día de la degradación se encontraba entre el público un corresponsal húngaro llamado Theodor Herzl. De vuelta a Viena, lugar donde residía, publicó Der Judenstaat -“El Estado Judío”-, obra magna del sionismo moderno. Pasaría más de medio siglo para que su sueño se hiciera realidad. En 1948 nacía Israel como estado independiente, tras siglos de dolorosísima gestación. Pero aún hoy en día, mezclar política y religión resulta espinoso. De hecho, entre los propios judíos -algunos ultraortodoxos- hay quien no cree en un estado de Israel así concebido -y no digamos entre los árabes-. De todos modos, el tema viene de antiguo. Más concretamente, 606 AC, fecha del primer exilio o diáspora judía, cuando los babilonios conquistaron el Reino de Judá, derrumbando el primer templo y trasladando a sus líderes a Babilonia. Desde entonces, el pueblo judío ha venido sufriendo todo tipo de calamidades.

Sobresalen tres. La primera, su diáspora por medio mundo, sin ser precisamente bien tratados. La segunda, feroces persecuciones durante siglos, desde las perpetradas por la Inquisición en toda Europa -no sólo España- hasta los 6 millones de asesinados en la Segunda Guerra Mundial. Pero hay una tercera que aún sigue tan vigente como dañina: la desinformación. Nadie en el mundo tiene peor prensa. Y con tal contumacia. No todos los argentinos son prepotentes. No todos los irlandeses empinan el codo más de lo debido. Y en España se hace algo más que comer paella y bailar flamenco. Un mundo tan globalizado como el nuestro debería cuestionarse determinados estereotipos que siguen muy anclados al pasado, sin que se atisbe intención alguna de corregir siglos de injusticia. Y de mentiras.

En Israel no sólo viven judíos. Es un país moderno y cosmopolita. Su gente es amable y cordial. Sus paisajes, su historia y sus encantos quedan permanentemente eclipsados por un conflicto viciado por falsedades interesadas. Por ejemplo, que los árabes fueron expulsados de su tierra. A finales del siglo XIX, de los 40.000 habitantes que tenía Jerusalén, 30.000 eran judíos. Y desde entonces, gentes de todo el mundo emigraron en pos de una idea que se antojaba peregrina -nunca mejor dicho- y claramente incierta. Trabajaron la tierra, adquirieron propiedades, y crearon el germen de un estado que vería la luz pese a la hostilidad de sus vecinos árabes. Jordania, Siria, Líbano, Irak, Egipto…todos han ido alguna vez contra Israel y a ninguno le ha ido bien, por cierto-. Hoy son los terroristas de Hamas quienes lo hacen en una doble vertiente: sobre el terreno y en los medios. La primera no les funciona tan bien como a sus correligionarios europeos: mientras que aquí damos pensiones y la nacionalidad a quienes matan, en Israel se les combate. En la segunda, sin embargo, tienen éxito: han logrado que gran parte de la prensa occidental crea sus patrañas y les ponga como víctimas, cuando en realidad son verdugos. Verdugos, dicho sea de paso, también de su propio pueblo, por cuanto hay muchos palestinos que lo único que quieren es vivir en paz pero no pueden por el secuestro de la administración de Hamas en Gaza y la inoperancia de la “Autoridad” de Cisjordania. El problema es que sobran Goebbels y faltan Zolas.

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