www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El ideal latinoamericano posible

Fernando Zamora Castellanos
x
fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
domingo 08 de julio de 2018, 19:48h

El destacado intelectual argentino Jorge Abelardo Ramos, autor de aquella profusa “Historia de la nación latinoamericana”, afirmaba que “América latina no estaba dividida porque era pobre, sino que era pobre porque estaba dividida”. Era un pensador que veía con ensoñación el ideal de la patria grande de Bolívar, en donde las naciones latinoamericanas seríamos una sola. Si pasamos revista de los desastrosos experimentos políticos latinoamericanos a través de su historia, y nuestra triste realidad cultural que los hicieron posibles, la conclusión es que la unificación política de nuestros países es una quimera inconveniente. Imaginemos la tragedia de que hubiesen sido a gran escala latinoamericana ensayos populistas como el de Perón en Argentina, el de Chavez-Maduro en Venezuela, o el de Somoza-Ortega en Nicaragua. Y no me refiero a un problema de ideologías, pues tuvimos déspotas de todos los espectros. ¿Qué hubiese sido de nosotros, si los 30 años de satrapía Trujillista, los 42 de somocismo, o las seis décadas de estalinismo cubano, hubiesen sido a escala latinoamericana? ¿O que la hiperinflación del 25 mil % que hoy azota solo a Venezuela, recorriera ahora desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego a escala latinoamericana total? Amenazas de este tipo, son las que nos hacen dudar del sueño de la unidad latinoamericana como realidad política absoluta. Sin embargo, en este punto, la pregunta de rigor es si el hecho de que sea inconveniente la fusión política, ¿implica también que sea inconveniente la unidad económica? Aquí la respuesta es no; el hecho de que una fusión política sea inconveniente para los latinoamericanos, no necesariamente implica que también lo sea la unidad económica.

Ahora bien, aquí la pregunta es el patrón de mancomunidad económica que nos podría convenir, y en busca de esa respuesta, la experiencia histórica es una juiciosa aliada para contestarla. Veamos. He leído la tesis acerca de la conquista del poderío europeo escrita por el historiador de la economía Phillip T. Hoffman, la cual creo que, en términos generales, es aplicable a la mayoría de los grandes imperios del pasado. Para Hoffman, el poderío imperial de Europa tiene su explicación en el hecho de que, durante siglos, los territorios feudales europeos viviesen en constante lucha armada entre sí. Esto los llevó a desarrollar, no solo una avanzada tecnología militar, sino Estados fuertes que, en una etapa posterior de la historia, les permitió a las naciones de ese continente conquistar el mundo. Esa es la razón por la que la mayoría de las mancomunidades económicas que en la historia han surgido, han estado sustentadas en la iniquidad. Porque han sido impuestas sobre un mal fundamento: el del sojuzgamiento. Rodríguez Neila, erudito en historia antigua, nos recuerda Sumeria, la primera gran sociedad económica de la humanidad; allí, por la explotación de las fértiles tierras de la Mesopotamia, se generaron importantes conflictos con etnias y comunidades limítrofes, lo que exigió una importante organización bélica, y a partir de ello, el surgimiento del primer gran Estado militar. Ni qué decir de los ejemplos que vinieron después: egipcios, persas, romanos, o tantas otras civilizaciones que, a partir de la opresión político-militar, alcanzaron la unidad económica sobre vastos territorios. Como resulta obvio, a partir de la subyugación propia de tales modelos de mancomunidad económica, se provocó una tremenda desigualdad. Y por demás está afirmar que comunidades económicas de tal naturaleza son a todas luces inconvenientes.

Pero hay otro arquetipo de mancomunidad económica que nos convendría fortalecer a los latinoamericanos. Me refiero a las comunidades económicas que han surgido a través de la historia como producto de la alianza, o la convivencia entre sociedades económicas, sin que tal alianza implique una vocación de sojuzgarse entre sí. En este punto dos ejemplos a emular. El primero de ellos, la unión comercial surgida originalmente entre 13 colonias inglesas que, a partir de 1750, empezaron a colaborar entre sí, al punto de provocar, con el paso de los años, su independencia del Reino Británico y el surgimiento de la mayor potencia económica conocida hasta hoy, la Unión americana. Un segundo ejemplo es el de la Unión Europea. Si bien es cierto importantes contingentes sociales en Europa están dinamitando y ven hoy con recelo dicha unificación económica, nadie que esté seriamente documentado puede negar el beneficio económico que ella depara al continente. A quien me contradiga, invoco una única estadística lapidaria: es gracias a dicha mancomunidad económica que fue posible la creación de una cifra cercana a los 3 millones de empleos, y anualmente más de 250 mil millones de dólares en intercambios comerciales.

A partir de lo ilustrado, podemos afirmar que el ideal de unidad latinoamericana que sí es posible y conveniente, es el de este modelo de carácter económico. Allí se conserva la independencia política de los Estados, estableciendo a la vez una fortísima aleación comercial y financiera sobre bases jurídicas firmes e igualitarias, las cuales no serían alteradas por la sola voluntad de algún tiranillo de baja estirpe, que oprima alguno de los Estados latinoamericanos integrantes de la mancomunidad. Este tipo de comunidad económica generaría innumerables ventajas, que beneficiarían a los latinoamericanos en el crecimiento exponencial, entre otros, de aspectos tales como: a) circulación de bienes y servicios a lo interno de nuestros propios mercados latinoamericanos, b) productividad y empleo general a lo interno de nuestras economías, c) potencia negociadora latinoamericana frente a los otros polos económicos del mundo, d) mayor capacidad de reacción reguladora frente al poderío de los intereses transnacionales, e) garantías de seguridad jurídica, tanto para el consumidor, como en relación al intercambio financiero y comercial de los productores e industriales latinoamericanos entre sí, f) mayor atracción de inversión hacia el subcontinente, g) mayor capacidad de acceso y a un costo mucho menor, de los sistemas latinoamericanos de internet, telefonía y comunicación general, h) una mayor capacidad de acción que permita generar presión económica contra los sistemas opresores. Cité siete ilustraciones dentro de muchas más posibles. Dadas las condiciones de desventaja en la que estamos los latinoamericanos frente a los demás polos de poder económico mundial, intentar una quimera de tal naturaleza nos ofrece un mundo que ganar.

[email protected]

Fernando Zamora Castellanos

Abogado

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)

+

0 comentarios