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TRIBUNA

A un panal de rica miel

lunes 09 de julio de 2018, 21:11h

El siglo XXI se caracterizará por el tema de las migraciones. El mundo se está volviendo pequeño y corto en distancias. Al inicio de este siglo se empezó hablando de la globalización, por lo que respecta a la economía, pues de repente las industrias se han ido trasladando de un país a otro, según las ventajas que se ofrecían en cuestión de salarios bajos y mano de obra barata con menos exigencias sociales. Pero, ahora el tema ya no responde al trasiego de las industrias, ni a las promesas frustradas de las revoluciones comunistas, ni a las revueltas anarquistas del sindicalismo con las huelgas generales propuestas por Georges Sorel; quien, por cierto, desconfiaba de las uniones que perseguían los socialistas con los sindicalistas, por entender que sólo lo hacían para afianzarse en el poder de la democracia burguesa traicionando luego a los obreros. El problema real que tenemos actualmente, y que vemos todos los días en España y en otros países vecinos, es el tema de la inmigración desbordada por la ingente cantidad de pateras que invaden nuestras costas, sin que se vea solución alguna con carácter inmediato y efectivo para parar tal desconcierto.

El flamante y nuevo Presidente del Gobierno de España se fue de gira por Europa para proclamar y proponer sus teorías sobre cómo debiera llegarse a un acuerdo entre todos los países para acoger a toda la gente que quiera venir a Europa sin papeles, aunque ofreciendo de entrada todos los beneficios y derechos a todo el mundo. Véase, por ejemplo, la primera decisión de su gobierno de la concesión de la sanidad para todos los inmigrantes, sin distinción alguna, como derecho universal; además, el derecho a educación y enseñanza para todos los menores inmigrantes, el derecho a la defensa gratuita con abogado de oficio, etc., cuyos gastos van a cargo de todos los que pagamos impuestos.

Dicen algunos que, con tales políticas, no hay “efecto llamada”; si bien, ya en época de Zapatero, había un programa en radio nacional que se anunciaba como “España, la tierra prometida”, pregonando a los cuatro vientos las excelencias de nuestra tierra para que todos vinieran a trabajar a España; mientras que los nacionales españoles, mejor preparados y con titulación universitaria, tenían que irse a otros países para encontrar un puesto de trabajo digno y acorde con su profesión.

Pero, ¿cómo quieren frenar la inmigración si todos los indígenas de los países del Sur, en especial los denominados subsaharianos, intentan entrar como sea en Europa? Aquí ya tienen otros compatriotas y familiares suyos que les van informando de las excelencias de nuestra tierra y de las subvenciones y demás ayudas a que tienen derecho. Me acuerdo de un joven marroquí que salió por televisión para explicar cómo llegó y se instaló en España, contando lo siguiente: “Llegué de polizón en un barco y, al poder salir del escondite, me fui corriendo y entré en unos grandes almacenes donde robé un jamón. A la salida del centro comercial, me cogió el guarda de seguridad quien avisó a la policía; pero, al ser menor de edad, me internaron en un centro de acogida. Allí me dieron comida, hospedaje y me enseñaron el idioma español y un oficio de cocinero. Tras varios años, cuando llegué a la mayoría de edad, me colocaron en un hotel de cocinero y aquí vivo en España con un gran porvenir, cobrando cuatro veces más que en mi país de origen”. Fin de la historia real. Todo eso, que incluso se pregona en los medios de comunicación, como ejemplo de integración, no hace sino multiplicar al infinito los casos de inmigración irregular sin fin.

Salvo las hordas de los alanos y suevos con los godos que invadieron Hispania desde el Norte, las invasiones siempre han venido a lo largo de la historia desde el Sur. Ya en época del Imperio romano, no descansaron los generales romanos hasta conseguir la rendición de Cartago (donde hoy está Túnez), y conquistar todo el Norte de África, tras las guerras púnicas, para hacerse con lo que denominaron el Mare Nostrum. Pero, actualmente el Mediterráneo ya es más de los otros que nuestro; y, si no, que se lo pregunten a los italianos y a su nuevo Gobierno. Desde la costa africana, también llegaron los almohades y almorávides por el estrecho de Gibraltar, introduciendo el islam en España durante casi ochocientos años; e incluso Franco, con la ayuda de las tropas del norte de África, empezó la guerra civil española desde el Sur.

Actualmente, no sólo entran las toneladas de droga cada día, desde tales costas africanas, sino la invasión de inmigrantes, cuya anécdota del Aquarius representa tan sólo una gota de agua con respecto a todo lo que nos espera. Creo que para el Gobierno de Sánchez, que deberá solucionar muchos problemas en España, no será el de la inmigración uno de los menos costosos y difíciles, que le van a poner a prueba. Opino que, además de sus correrías por la Unión Europea, no estará de más que también empiece a dirigir su diplomacia para con nuestros vecinos del Sur. Pues, ya lo presintió Samaniego con su fábula: “A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron…”, millones y millones acudirán, hasta dejarnos sin panal.

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