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¿Y si gana McCain?

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 21 de julio de 2008, 22:37h
Son hoy pocos los que descartan la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales del próximo 4 de noviembre. Encuestas y análisis apuntan al senador por Illinois como el próximo inquilino de la Casa Blanca. Y sin embargo las oportunidades de un éxito republicano no son del todo imposibles.

Obama ya ha perdido la virginidad que cual halo le rodeó mientras el adversario era Hillary Clinton. El entusiasmo suscitado por la primarias demócratas, a medias hecho de admiración por el joven senador negro y de determinación para impedir que otro Clinton ocupara la Presidencia, ha cedido el paso a las prosaicas necesidades del realismo, cuando de lo que se trata es de llegar a regir los destinos de una buena parte del mundo. La retirada de las tropas de Irak, antes inminente, no tendrá lugar hasta que se evalúe exactamente la situación. La renegociación del acuerdo NAFTA con Méjico y Canadá, no era otra cosa que un calentamiento de boca electoral. Los amigos radicales de antaño han sido cuidadosamente depositados en la cuneta. Incluso las escuchas telefónicas en la lucha contra el terrorismo, que tantos demócratas consideraron ilegales, han sido convalidadas al exonerar el Congreso de responsabilidad a las compañías que las practicaron con el voto de, entre otros, Barack Obama. No dejaba de tener razón el pastor Wright, durante veinte años guía espiritual del senador por Illinois y de su familia, cuando, abandonado por el que otro fuera su discípulo, confesó con amargura no extrañarle porque, al fin y al cabo, se estaba comportando como lo que es, “como un político”. Claro que todo vale, y es moneda de buena y corriente circulación, para disipar temores y atraer votantes que de otra manera no hubieran osado acercarse al hasta ahora desconocido factor encarnado por el senador Obama. Pero el camino ya no es el pintado en technicolor por los dibujantes de “El Mago de Oz”.

Y el voto republicano en sus diversas y a veces contradictorias variantes, sigue atrayendo a una significativa parte del electorado americano. McCain no tiene evidentemente la juventud o el carisma de los que con justicia presume Obama pero sería un error descartar su capacidad de convencer a las mayoritarias clases medias americanas que, en el interior del país, fuera de la visibilidad de las fachadas oceánicas, esperan fórmulas que les permitan salir de la crisis sin por ello abandonar los valores tradicionales que conforman la columna vertebral del hoy un tanto zarandeado sueño americano. Claro que para ello el republicano deberá convencer a los electores que su propuesta no es simplemente la derivada de la desacreditada herencia de Bush hijo. Pero si el realismo se impone y la crisis demanda soluciones enérgicas y posibles, ¿no acabarán McCain y Obama por confluir en recetas similares? ¿No será ese el momento en que factores exógenos -el color de la piel del senador por Illinois o la edad del senador por Arizona- jueguen papeles insospechados e imprevistos? ¿Acaso no tendremos en ese momento un terreno de juego más igualado, en el que casi cualquier resultado es posible? Conviene no olvidar que las encuestas que actualmente dan ganador al de Illinois en dimensiones no siempre significativas no tienen en cuenta la existencia del colegio electoral y de las abstrusas reglas que rigen su funcionamiento. No siempre las mayorías populares se traducen en mayorías efectivas. Recordemos Florida en 2000.

Con todo, se equivocan los que, sobre todo en la orilla europea, esperan la victoria de Obama como agua de Mayo. En los últimos veinte años -Bush padre, Clinton, Bush hijo- la política exterior americana ha conocido una gran continuidad de fondo, solo alterada por dos acontecimientos interrelacionados: la destrucción de las Torres Gemelas y la invasión de Irak. Gane quien gane, Washington seguirá conduciendo una política condicionada por la dimensión imperial y alternativamente inspirada por el realismo y la idealidad. Bien harían los aliados de los Estados Unidos en comprenderlo e interiorizarlo, para no cometer errores de bulto o intentar convertir los sueños -antiamericanos- en realidades. Si hubiera que elaborar un decálogo de comportamiento en las relaciones con los USA el primer mandamiento debería decir: “Levántese del asiento cuando pasan banderas extranjeras, sobre todo si son americanas. Siempre se agradecerá la cortesía. Sea cual sea el color político del Presidente de turno”.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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