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TRIBUNA

Aprender a vivir

martes 07 de agosto de 2018, 20:04h

Hemos nacido para vivir. La vida, con sus turbadoras contradicciones y sus ilimitadas posibilidades, está por encima de los asuntos nimios de la política y de otros devaneos de nuestra débil naturaleza. La mejor elección que podemos tomar es la de vivir en mayúscula. Así lo procuró el gran escritor Blaise Cendrars, cuya vida fue todo un poema. Su existencia no tiene desperdicio alguno. Vivió grandes aventuras y ejerció las más variadas actividades: Estudió medicina en Suiza, trabajó como joyero en Rusia, se alistó en la Legión francesa durante la Primera Guerra Mundial en la que perdió el brazo derecho; lo que le impidió poder seguir tocando el piano, pero no el arte de escribir. Tal desgraciado suceso le dio todavía más ánimos para superarse en la vida. Luego actuó de corresponsal para el ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, y se casó en 1949 con el amor de toda su vida. Publicó su última obra “¡Llévame al fin del mundo!”, pocos años antes de morir tras una existencia plena.

Con esa descripción he pretendido tan sólo rendir tributo a esas personas que, aun habiendo pasado calamidades e infortunios personales, han sabido superar las mayores dificultades agarrándose a la vida como a un clavo ardiendo. Ello me recuerda también a nuestro genio Cervantes, quien, -como todos saben-, tras una vida llena de aventuras y quedar inválido de un brazo en la batalla de Lepanto siendo preso de los sarracenos, no desfalleció hasta conseguir su libertad y escribir la mayor obra de las letras españolas; pues lo más importante que tiene el hombre no son sus extremidades sino su imaginación e inteligencia. Así también lo demostró Stephen Hawking, que, tullido y en una silla de ruedas, llegó a escrutar los secretos del Universo, siendo enterrado con todos los honores en la Abadía de Westminster junto a otros genios como Newton, Darwin o Haendel. Precisamente, Haendel fue otro personaje digno de mencionar por sus ansias de superación para vivir, pues, tras sufrir una apoplejía que le dejó temporalmente inválido, escribió luego su mayor obra, “El Mesías”, en señal de gratitud a Dios por su milagrosa curación, dedicando todas las recaudaciones obtenidas en las representaciones de dicha obra para beneficencia de los enfermos y presos, por haberse encontrado el mismo preso de su grave enfermedad durante mucho tiempo.

Stefan Zweig, en su obra “Momentos estelares de la Humanidad”, describió magistralmente la biografía de ciertos personajes que vivieron con intensidad sus años de existencia. Entre otros, cabe destacar a Goethe que llegó hasta la locura por un amor imposible, al enamorarse a sus 74 años de una linda joven de 19, habiendo incluso pedido su mano para casarse con ella. No obstante, ello le proporcionó imaginación suficiente en su madurez para escribir sus mejores obras, como “La elegía de Marienbad” y “Fausto”; lo cual no está nada mal, a pesar de su fracaso amoroso.

Siguiendo con los relatos de Zweig, resulta difícil igualar la descripción que hizo en relación a la línea divisoria entre la vida y la muerte, tan sólo en dos páginas, sobre la ejecución de Dostoyevski en 1849, de la que se libró por cuestión de segundos, al estar ya en el patíbulo a punto de ser fusilado, tras oírse el grito de “alto” que dio un oficial que llegó en el último instante con la orden del indulto firmado por el Zar. Fue tan grande la suerte de Dostoyevski, que sintió de nuevo bullir la sangre en sus venas continuando la gloria de vivir y escribir sus mejores obras.

De los relatos anteriores me quedo con dos cosas: La importancia de saber vivir sin miedo a las adversidades y la satisfacción al final, cuando llegue el último suspiro, de ver que has aprovechado y saboreado los años que te han sido dados en tu existencia, formando parte de una cadena cuyo engranaje otros seguirán pedaleando, aunque el misterio de aquella semilla inicial siga sin desvelarse y desaparezca en el olvido como una chispa insignificante en nuestro destino final que los hados nos tienen preparado. Vivir y ser feliz. Esa es la mayor dicha que podemos obtener.

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