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TRIBUNA

Cataluña en perspectiva británica

martes 04 de septiembre de 2018, 20:11h

No debió de gustar mucho al gobierno de la Generalitat el especial sobre España, en realidad lo era sobre Cataluña, de principio de verano de The Economist, aunque nadie propusiera, que se sepa, como es fama ocurrió en parecida ocasión con el gobierno tripartito de Maragall, agotar los números disponibles a la venta en Barcelona. El reputado semanario no lo expresa abiertamente, pero el mensaje que deja inequívoco es que el separatismo no tiene causa y que el expediente que abusivamente implora, la realización de un referéndum, sobre no estar justificado internacionalmente y pretender ampararse en el paralelismo de Escocia, lo que constitucionalmente no es mantenible, repele esencialmente a los países europeos y además tiene consecuencias divisivas nocivas para los propios catalanes.

Frente al imaginario independentista que pinta una España de los horrores en donde no hay democracia ni se aprecia la libertad, el Special report ingles, sostiene que “ España se trata de un país que respeta los derechos humanos, cree en la separación de poderes y ocupa una alta posición en la lista de las democracias avanzadas. Cada vez es más feminista y tolerante con la inmigración, apoyando los derechos de los homosexuales. Decididamente hay pocos lugares mejores en los que vivir”. Aun constatando sus fallos, especialmente con referencia a un sistema territorial de financiación injusto y oscuro, se reconoce el intento del Estado autonómico de encontrar un equilibrio entre la pluralidad territorial y la unión. Aunque los separatistas aciertan al decir que el impulso para la independencia ha sido ampliamente pacífico, se constata que, en su seno, “hay un tono de intimidación e intolerancia”.

En un número anterior del semanario ingles ( 14 de Julio) leía una excelente recensión del libro del profesor Elliott sobre las historias modernas de Cataluña y Escocia, Scots and Catalans : Union and Disunion (Yale University Press) que el ilustre hispanista acaba de publicar y cuya aparición está próxima en su versión castellana y catalana. Me parece interesante tener en cuenta la posición firmemente catalanista de Elliott que para nada acoge aspiraciones independentistas, que ni la historia ni el derecho constitucional justificarían y que están en falta sobre todo en el caso de Cataluña, donde ni se dio la independencia en ningún momento -“ Cataluña nunca ha sido un estado soberano según la moderna definición del término”- ni hay hueco para la reclamación de un referéndum, sin reformar previamente la Constitución. Pero Elliott sí que apunta a lo que podríamos llamar un déficit de integración que en el caso catalán se ha dado en mayor grado que en el supuesto de Escocia. Escocia siempre aceptó- reconocidos su sistema jurídico y sus universidades propias- la preponderancia muy clara de Inglaterra, jugando un papel pleno en la vida política del Reino Unido. En Cataluña tras la guerra de sucesión, en la que los catalanes, al revés que los vascos, añado yo, se equivocaron de bando apoyando a los austrias, los borbones impusieron una monarquía “absoluta y unitaria”. Por contraste con Escocia la fuerza catalana en la economía española generó mayores tensiones con Madrid que lo que sucedió con el menor peso de Escocia en el sistema británico, y nunca fue acompañada por la influencia política . Así, señala Sir John H. Elliott, los gobiernos españoles entre 1875 y 1931 incluyeron solo 18 ministros catalanes. Quizás ocurrió que los gobiernos británicos, como los españoles, desestimaron o no tomaron en serio cuestiones que eran sentidas profundamente por muchos escoceses y catalanes pero que parecían insignificantes cuando se veían desde Londres o Madrid. En Cataluña, en cualquier caso, la situación ahora es muy difícil, concluye Elliott, “una sociedad prospera, amigable y abierta, totalmente comprometida con el resto de España y el mundo ha abierto el paso al ensimismamiento y al desgarro interno” .

Creo que la cuestión catalana ha de plantearse al lado del plano institucional en el plano de la integración, si se quiere decir así, espiritual. La voz del Economist no es sospechosa (acaba de afirmar que “España hoy es el país europeo más descentralizado”) y sugiere que se corresponde mejor con su idiosincrasia el modelo (federal) alemán que el centralista francés. Más allá de la descentralización, la reforma territorial española, apunta el observador británico, debería pensar en un reconocimiento más firme de la personalidad nacional catalana y una aceptación más cálida (wholhearted) de la diversidad cultural del país.

Claro que estas consideraciones quedan como demasiado académicas en una situación en que desafortunadamente la cuestión catalana como problema nacional ha rebasado el plano teórico, o sea, el plano de la discusión ideológica, y se presenta con toda crudeza como un desafío a las bases del Estado, al que no se le puede negar legitimidad para defender su existencia y continuidad. Que es lo que está haciendo.

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