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TRIBUNA

Una apuesta por la paz

sábado 15 de septiembre de 2018, 19:29h

Ante el cariz de beligerancia política que van adquiriendo últimamente los discursos y posturas enfrentadas de los dirigentes políticos en España que defienden a toda costa reivindicaciones de sus respectivos partidos, no he podido menos de dirigir la mirada a nuestra reciente historia al ver las semejanzas que se dan entre la situación política de los años 1931 a 1936, desde la instauración de la segunda República con las trifulcas políticas que condujeron a la guerra civil, tras los asesinatos de José Castillo y de Calvo Sotelo.

En noviembre de 1933 España presentaba el siguiente cuadro de partidos políticos con representación parlamentaria: el PSOE, la Izquierda Republicana (IR), la Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el Partido Republicano Radical (PRR), los partidos republicanos de centro, los partidos nacionalistas de derechas (PNV y Lliga Regionalista), la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), Renovación Española (RE), y algunos otros más. O sea, prácticamente resultaba un panorama de división parlamentaria como el que se da en la actualidad, si bien en un sistema parlamentario republicano en lugar de la monarquía parlamentaria. En aquellos años de la segunda República, la polarización de la política española entre una izquierda revolucionaria y una extrema derecha, de una parte, y una izquierda moderada y una derecha republicana, de otra, condujo a una rivalidad que parece renacer otra vez actualmente con los problemas añadidos, ya entonces vigentes, de los nacionalismos exacerbados y separatistas.

Parece que los actuales dirigentes políticos, que no vivieron aquella cruenta guerra civil fratricida, no son conscientes de las desafortunadas consecuencias a que pueden conducir los extremismos que conllevan divisiones y enfrentamientos con fatales desenlaces. Tan solo por nombrar a los principales dirigentes políticos actuales: Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno y máximo dirigente del PSOE, nació en 1972; Pablo Iglesias, líder de Podemos, nació en 1978; Albert Rivera, líder de Ciudadanos, nació en 1979; Pablo Casado, líder del PP, nació en 1981. Ninguno de ellos ha vivido experiencias personales directas de los efectos de la guerra civil española de 1936, sin perjuicio de que tengan familiares, en uno u otro bando, que pudieran haber sufrido sus consecuencias, como casi todos los españoles que vivieron aquella guerra fatal que ocasionó centenares de miles de de muertos. Muchos tuvieron que exiliarse a distintos países que les acogieron según sus ideales políticos: unos se fueron a la URSS, otros a México, Argentina, etc. Pero otros, los más desgraciados que no pudieron escapar por falta de medios o por haber sido presos, no pudieron salvarse de los fusilamientos o la prisión.

Visto lo cual, se hace preciso y urgente una ralentización con sosiego y enfriamiento de los postulados actuales de ciertas políticas que conducen otra vez a enfrentamientos muy parecidos a los ocurridos anteriormente en nuestra historia con amenazas incluidas, tales como “os vais a enterar”, “a por ellos”, etc. No podemos asistir impávidos a la guerra de símbolos y de ideas excluyentes que conducen a enfrentamientos verbales, y hasta físicos y morales, que no pueden conllevar nada bueno.

Resulta, en cierta manera, lógico que los actuales dirigentes políticos se enzarcen en discusiones por conseguir alcanzar el poder con disputas un tanto absurdas y juveniles, debido a la edad que tienen de mayoría treintañera; pero no podemos convertir el Parlamento en un parvulario, como si fueran niños peleándose por los lápices de colorines para dar más lustre a sus trabajos en los pupitres. Algo parecido pasa en las discusiones de ciertos políticos que han regresado incluso a su época estudiantil, cuando se pelean por el máster de turno: que si el mío es mejor que el tuyo, que tú has copiado o plagiado, que el mío tiene más páginas, etc. Se agarran a cualquier discusión, como si no hubiera temas más importantes, con tal de poner en un brete al contrincante. No podemos seguir así. Recuerden nuestros representantes parlamentarios que existen muchos problemas más graves para resolver en España. No podemos continuar con el triste espectáculo de las afrentas, las amenazas, los ataques personalistas y, mucho menos, con las consignas de rebelión contra el Estado.

Repasemos nuestra historia antes de caer otra vez en la misma piedra. No sería descabellado que nuestros parlamentarios se apuntasen a un máster para que aprendan las consecuencias de la política que nos condujo a la guerra civil, así como de los alzamientos y golpes de Estado a lo largo de los siglos XIX y XX en España. ¡Pero que sea un máster de verdad, como Dios manda!

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