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TRIBUNA

Ya ves que no es lo mismo plagiar que ser plagiado...

miércoles 19 de septiembre de 2018, 20:21h

Escribo esta página escueta de un plumazo desde la Ciudad de México, a ver si me desintoxico un poco de esta marea estúpida –tan “viral” como corresponde a un país tan lleno de miasmas. Con independencia de los vivales, que los hay dentro y fuera de la política, tengo que confesar que me pasado la vida plagiando. Si hubiera tenido que citar cada frase o cada párrafo de los libros que he leído hubiera resultado imposible escribir. Y no es que no haya citado –he citado más de lo que he leído, pues si todo lo que en mis estudios aparece a pie de página hubiese sido leído concienzudamente, habría necesitado milenios. También he sido plagiado, pues son gajes del oficio, y no solamente bien citado, sino tergiversado, todavía no ha mucho se me acusaba en la prensa argentina contraria al Papa Francisco de haber sido inspirador de su Encíclica ecológica. Pero también he sido desplagiado cuando se me ha mantenido exquisitamente fuera de los círculos académicos en los cuales es el negocio de la cita la moneda de circulación más corriente y envilecida, hoy por ti mañana por mí, pues no hay negocio más lucrativo que este del citeo, verdadero paraíso en la tierra de cuantos aspirantes a profesores numerarios (y no tan sólo numerarios) han sido. Comprendo mejor a los vanidosos y que mienten sobre lo que han citado o dejado de citar, que a los mamones que hacen millares de kilómetros de moqueta llevando la cartera y citando bodrios intelectualmente correctos infumables, tan oscuros, aporéticos que al final ni sabes qué citan, ni siquiera si citan o no.

¿Y qué decir del famoso autoplagio? Yo, la verdad sea dicha, hasta la presente no había oído hablar de tal palabro, que al parecer ya figura en la embolismática jerga de los doctos. Y hablando de esto, al que fuera padre Aguirre y luego duque de Alba no se le ocurrió nada mejor que tildarme de “doctor pero no docto”, un tropo semántico de brillante factura a la altura de la nobleza intelectual de su entorno. Menos mal que tal pedante respetó mi título de doctor con premio extraordinario en la Universidad Complutense. Claro que a fin de cuentas ¿cómo fiarse de ninguna Universidad, si al parecerse valen lo mismo los títulos expedidos y “expeditados” por esta o aquella Universidad, la Camilo José de Cela o la Complutense? En el fondo, amados colegas que tituláis, sois intitulables, y mejor no hablar del proceso que os elevó a la condición de jueces. Pero allá va la cita, por si acaso: “¿Permitiríais vosotros que un catedrático en la Universidad explicase la astronomía de Aristóteles y que dijese que el cielo se impone de varias estrellas a las cuales están atornilladas las estrella? Pues yo digo que, en el orden de las ciencias morales y políticas, la obligación de las órdenes religiosas católicas en virtud de su dogma es enseñar todo lo que es contrario a los principios en que se funda el Estado moderno”[1]. Yo doy fe de ello aunque me duela mucho, pues he enseñado en decenas de universidades católicas o de supuesta “inspiración cristiana” de no pocos países, y son la antítesis de todo lo exigible científica, social y moralmente. Sinceramente, no he encontrado ninguna excepción al respecto, habiendo padecido además, como no podía ser de otro modo, las invectivas de esas instituciones católicas, y por si ello fuera poco también las de la izquierda estúpida, no sé qué es más malo: no tengo sino palabras de desprecio para las dos Españas[2], aunque el negocio más sucio de todos los privados que conozco es el de la universidad “de excelencia” de los Legionarios de Cristo, o millonarios de Cristo, de este pobre país que es México…

Lo que también tiene su risa es la acusación de plagio a quienes no han plagiado porque no han escrito porque ni plagiar han sabido. ¡Si ellos hubieran sabido plagiar!, ¡si no podemos y ya citamos, que será cuando podamos! Y, cuando al fin logran cual montes parturientos editar algo, ponen sus huevitos en un sitio y gritan desde otro. No es mi caso. Mejores o peores o regulares, he publicado por mi parte doscientos setenta y seis libros, cada uno de ellos de más de cien páginas sin haber podido superar la condición de plagiario, confiteor, me acuso de leso plagicidio. Plaga y plagicidio carecen de la misma identidad semántica, pero poseen la misma teleología inmanente. Seguramente no hubiera debido hablar de mí mismo en esta columna, pues ¿no estaré pecando de autoplagio?

Y allá va la dolorosa: cuando era yo mismo el investido o embestido doctor honoris causa de algunas universidades patito, o mientras se me ha tributaba algún homenaje sectario, ¿a quién buscaba yo sino a ese Yo odioso, verdadero sujeto –al propio tiempo plagiador y plagiado- que no escapa a la luz de la linterna de la patología espiritual?


[1] Azaña, M: Sesión de Cortes del 13 de octubre de 1931.En “Azaña imprescindible. Sus grandes discursos. Ed. Diario Público, 2010, pp. 51-52.

[2] “En el terreno ocupado por los nacionalistas fusilaban a los francmasones, a los profesores de universidad y a los maestros de escuela tildados de izquierdismo, a una docena de generales que se habían negado a secundar el alzamiento, a los diputados y exdiputados republicanos o socialistas, a gobernadores, alcaldes y una cantidad difícilmente numerable de personas desconocidas; en el territorio dependiente del gobierno de la República caían curas, frailes, patronos, militares sospechosos de ‘fascismo’, políticos de significación derechista”. Esta es una cita de Azaña, que naturalmente resulta intolerable para los del otro bando, como lo sería a la inversa. Y, para dar trabajo a los cazadores de citas, no quiero ahorrarles el olfateo: la cita ¿es de Azaña o de mi abuela, dónde se publicó, en papel biblia, en papel couché, o en rollo de excusado? Sabuesos de todos los países, uníos.

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