www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Mayoría y política. Breve análisis del Congreso mexicano (1997-2018)

Diana Plaza Martín
domingo 23 de septiembre de 2018, 19:37h

Desde hace veinte años que la Cámara de Diputados de México no goza de una mayoría. Fue en el año 1997, como antesala al cambio de poder en el ejecutivo del año 2000, que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdía su hegemonía en la cámara baja. A esta hegemonía se le solía denominar “aplanadora priista”, haciendo alusión a la marginación en la que se mantenía a la oposición, al no necesitarla para aprobar ninguna ley.

Lo novedoso de 1997 no solo fue que los votantes decidieran quitarle el poder absoluto al PRI, sino que la oposición se organizó para hacer frente a la que por aquel entonces era la primera minoría del Congreso (el PRI), comenzando así con la democratización de la vida política desde las prácticas institucionales.

1997 también es el año en el que el órgano encargado de desarrollar las elecciones, el Instituto Federal Electoral (IFE), hoy llamado Instituto Nacional Electoral, deja de ser parte de la Secretaria de Gobernación para independizarse.
Veinte años no parece nada, pero en la actualidad dos décadas es un infinito, máxime para esas generaciones que ya han nacido a ritmo de click. Por eso, en México resulta casi inaudito pensar que las elecciones las podría volver a organizar el gobierno, como sucede en buena parte del mundo, y tampoco se ve con buenos ojos que haya regresado al Congreso una mayoría.

No obstante, el primero de julio, en esa macro elección mexicana en la que se eligieron más de 3000 cargos, los electores decidieron elegir un nuevo presidente y le otorgaron la mayoría en las dos cámaras. Ante ese escenario, denominado por muchos como “Tsunami Morena”, el pasado jueves 20 de septiembre, la que fuera Consejera Ciudadana del IFE desde su constitución autónoma hasta 2003, Jacqueline Peschard, defendía en la mesa de discusión en torno a la agenda del futuro gobierno organizada por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset en México, una posición que no ha sido bien vista por una buena parte de los analistas políticos; a saber, el grupo parlamentario de la coalición del electo presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), debe servir para poner en marcha la agenda de gobierno, ese fue el mandato de los ciudadanos.

Es decir, los mexicanos votaron de forma mayoritaria para sacar adelante un proyecto, a lo que hay que sumar, como argumenta Peschard, que el mexicano, a pesar de que en esos mencionados veinte años ha luchado por aminorar el peso del ejecutivo en pos de una democratización de la vida pública, sigue pensando que el presidente es todo poderoso; y es que seguimos teniendo resabios autoritarios que se demuestran al pensar que los cambios para ser efectivos deben venir desde arriba, añadió la ex consejera.

A esta cultura política de resabios autoritarios hay que sumarle que la oposición, no solo no cuenta con poder para ganar ninguna votación, sino que tampoco parece que se vaya a organizar para ejercerla. Por lo que, lo único que podemos esperar es que los diputados apelen a su entrenamiento en el ejercicio de la política de los últimos veinte años y dialoguen para llegar a los mejores acuerdos.

Pero aun hay un reto más, ya que no solo hay una mayoría, sino que ésta es política como recalcaba Peschard en su intervención. Esto es, no es tecnócrata, aquella visión de la política nacida tras el crack del 29 en EEUU y popularizada por la Primera Ministra del Reino Unido Margaret Thatcher con su celebre “There is no alternative” T.I.N.A., que creía que la ciencia y la técnica eran los motores del cambio y que ambas eran neutrales a cualquier ideología.

En México se podría decir que esta corriente llega al poder temprano, ya que lo hace en el sexenio del primer presidente no militar, Miguel Alemán en el año 1946 y finaliza, con sus altas y bajas, en un par de meses con la asunción del nuevo gobierno.

Francisco Javier Morales Camarena en su estudio sobre la tecnocracia en México señala que los tecnócratas mexicanos suelen ser personas con estudios de posgrado (en universidades extranjeras en su mayoría) y que han hecho la mayor parte de su formación en el sector financiero, lo cual en la cúspide de la política lo demuestran los posgrados de los presidentes Miguel de la Madrid (1982-1988) y Carlos Salinas de Gortari (1988-1944) en Harvard, en administración pública y economía política respectivamente, o de Ernesto Zedillo (1994-2000) en Yale, en económicas también.

Por tanto, dar soluciones técnicas a los problemas sociales ha sido también a lo que estábamos acostumbrados en el espacio político mexicano; práctica que también está en proceso de extinción con el discurso del nuevo gobierno cargado de moralidad. A este respecto, Peschard, experta en corrupción, apuntó que en las “50 medidas de austeridad y contra la corrupción” presentadas por AMLO, no cree que vayan a ser suficientes para erradicar el fenómeno, puesto que están volcadas en el plano del comportamiento del individuo como ser moral y no hay apenas medidas que ataquen a los entramados institucionales que permiten que ésta se de. Por ello, incluso la propuesta de disminuir los salarios a todos los cargos públicos hasta que nadie cobre más que el presidente, así como el recorte en el gasto de comunicación social al 50%, se considera que puede ser contraproducente sino se atacan los sistemas en los que la corrupción se permite y se deja la mayor carga al individuo. Es decir, que las medidas podrían tener como consecuencia un empeoramiento del problema al abocar a los individuos a recuperar ese ingreso por otro lado.

Eso estará por ver, lo que de momento sí podemos saber, es que las cámaras de representación mexicana están viviendo un nuevo hito como resultado del mandato popular. Son mayoría y política, lo cual supone un reto en un país en el que la tendencia al autoritarismo aún es muy patente, así como, en términos globales, al enfrentar el fenómeno de la tecnocracia como aquel saber superior e inofensivo en comparación con la política ideológica.

Como en casi todos lo aspectos de la vida un balance entre la política y la técnica, así como entre la mayoría y la oposición sería deseable, no obstante, no se puede olvidar que el ciudadano votó por la opción que le prometió cambiar las cosas, por eso un grupo orgullosamente político tiene hoy la mayoría en el Congreso de México.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(1)

+
0 comentarios