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JOAQUÍN TORRA, ENTRE LA DESGRACIA Y LA CALAMIDAD

lunes 15 de octubre de 2018, 12:12h
Si Benjamin Disraeli viviera para contemplar la situación en Cataluña, diría, con el...

Si Benjamin Disraeli viviera para contemplar la situación en Cataluña, diría, con el humor británico que siempre le acompañó y que destaca André Maurois en su espléndida biografía: “La diferencia entre una desgracia y una calamidad es que si Quim Torra cayera al Ebro sería una desgracia, pero si alguien lo sacara del río eso sería una calamidad”.

Presidente títere de la Generalidad, el racista Torra, de hinojos siempre ante Puigdemont, se permite reprobar al Rey, ciscarse en España, cachondearse del Gobierno de la nación, insultar a los españoles, mentir hasta la náusea, manipularlo todo, ofender a la gran mayoría de los catalanes y vender su plato de escaños a cambio de la unidad de España a un Pedro Sánchez, dispuesto a todo con tal de permanecer con el rabel pegado a la silla curul de Moncloa.

Joaquín Torra es carne de presidio. En cualquier nación democrática estaría en la cárcel. Ha ido más allá, y de forma más descarada y cínica que Oriol Junqueras, más incluso que su dios Carlos Puigdemont, el expresidente trilero. La inmensa mayoría de los catalanes y la casi totalidad de los españoles querrían verle entre rejas, humillada su insufrible altivez y silenciada su insultante verborrea.

Los historiadores del futuro no podrán explicarse cómo un Estado de Derecho ha podido consentir tantos desprecios, tantas vejaciones, tantas agresividades por parte de un político de tercera división regional que no pasa de ser un activista de preuniversitario, alardeando de utopías y balandronadas. España, en fin, es una nación demasiado seria como para soportar a un personajillo de la calaña de este insultante racista que calificó a los españoles de “carroñeros, víboras, hienas, bestias con forma humana y una tara en el ADN”.