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AL PASO

Castilla-La Mancha, adentro

martes 16 de octubre de 2018, 20:10h

Este hotel no es el que habitualmente ocupaba en la ciudad, situado en su centro, donde era fama había sido la sede de las Brigadas Internacionales durante la guerra civil. El Gran Hotel tenía al lado un cine, al que podías acudir algún día de la semana, tras la jornada académica. Una vez fui con Luis Ortega a ver Amanece que no es poco. A la salida había doce grados bajo cero. En la primavera, en cambio, durante la tarde, legiones de ruidosos gorriones poblaban la alameda que desde la misma plaza enfila, con el bello palacete de la Diputación a un lado, hacia la estación. Imposible no sentir en el estruendoso, y desafinado concierto un empujón optimista a la vida que se abría paso.

Por las mañanas me gustaba sacar tiempo para, de camino a la Facultad, atravesar la ciudad. Se llegaba, traspasando la carretera de la circunvalación, al límite mismo de la urbe: era un paisaje hosco, de desmontes y caminos embarrados. Atisbabas, muchas veces en la niebla matinal, alguna sombra barojiana o algún habitante suburbial sacado de la imaginación de Luis Martin Santos en su Tiempo de silencio. Hoy, desde el hotel cambiado, he repetido el trayecto: y me encuentro con un panorama notablemente modificado: lo que contemplo no es una ciudad aletargada sino viva, (desde que yo la dejé hace treinta años ha conseguido un Clínico Universitario y un Corte Inglés, además de una gran ampliación de su Polígono Industrial) que acude a sus puestos de trabajo, y también muy dinámica, con mucha gente haciendo deporte y abordando con energía la jornada. Como el hotel en el que ahora resido está frente al parque, lo he recorrido, y he tropezado con el busto, escueto como la dedicatoria de su base, del maestro Azorín. La ciudad debe, en efecto, homenaje al escritor levantino: le llamaron la atención, en la Mancha de los años sesenta del pasado siglo, los edificios altos de la villa, que pronosticaban el dinamismo que la ciudad desarrollaría.

Al fin llego a la Facultad donde impartiré una conferencia en el aula que lleva el nombre de don Juan Prat, que el rector, a quien tanto debe la Universidad, Luis Arroyo, quiso dedicar al socialista albacetense. Yo prologué una tesis que le dedicó una muchacha historiadora, que desapareció prematuramente, que así realizó una contribución de interés al estudio del socialismo moderado de la Segunda República. Se trata de esas monografías minuciosas, hechas a partir del estudio de la prensa y otras fuentes locales, que permiten establecer un fondo sólido que dejan paso a síntesis o visiones más generales, pero que ofrecerían, como digo, una construcción más deficiente sin contar con el asidero mencionado.

Mi intervención versará sobre algunas cuestiones de la Teoría General de los derechos fundamentales. Me dirijo a un público mayormente integrado por jueces procedentes de la República Dominicana, que siguen un programa al efecto de la Universidad de Castilla-La Mancha en colaboración con el Poder Judicial de ese país americano. Tengo que disculparme por el nivel abstracto de mi disertación, y lo hago en clave cervantina, contrariando precisamente a don Quijote que recomendaba a Sancho evitar, decía, los “dibujos y contrapuntos”. Proceden creo, en esta tierra, las referencias cervantinas. Como después de todo los derechos fundamentales no se pueden explicar sin su sustrato ético, pues como decía Habermas presentan una cara jónica: son derechos positivos pero con una base moral, paso un momento comentándola síntesis perfecta del pensamiento ético cervantino que a mi juicio reside en la respuesta que da Teresa Panza a su marido cuando este le encarecía el cuidado que había que excitar en sus hijos, antes de convertirse en personajes principales de la Insula Barataria: “No te preocupes, Sancho, que irán como tienen que ir y parecerán lo que no son”. Máxima que ha de interpretarse, creo, no en clave jesuítica, como si aconsejase la hipocresía en el mundo social, sino aristotélica, como propuesta de conducta de acuerdo con nuestras posibilidades más altas, es decir de lo que no somos, pero podemos esforzarnos en ser.

A la tarde regreso en el tren a Madrid. Es un tren más rápido del que acostumbrábamos a utilizar nosotros cuando los jueves volvíamos a casa y podíamos coincidir con algún político o con alguna compañía de teatro, con sus actrices, que actuaba en la capital. Voy rumiando dos ideas. Primero, lo que la Universidad ha contribuido al desarrollo de la región. Desde este punto de vista ha sido una colaboradora muy eficaz en la realización de la faz no identitaria de la España Autonómica. Siempre he reconocido el mérito a Ortega por destacar este aspecto de la descentralización: estimular la modernización de España. Y creo que fue un acierto la extensión de las Universidades por toda la geografía española, como una dimensión imprescindible de la autonomía política.

Segundo, la experiencia de la Universidad de Castilla-La Mancha en el campus de Albacete nos brindó a algunos una oportunidad inmejorable para conocer de verdad un aspecto de la realidad española, que el centralismo impide muchas veces: España son sus provincias, y en el espacio limitado de las mismas se ofrece un concentrado del universo espiritual y político patrio que en tantas ocasiones se desconoce, mutilando nuestra verdadera idiosincrasia…

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