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TRIBUNA

'Only one world' no es posible

Diana Plaza Martín
domingo 21 de octubre de 2018, 17:55h

En los últimos días estamos asistiendo a un hecho, no sin precedentes, pero sí que va a hacer cambiar la forma de ver, comprender y, por supuesto, atender, la migración. La ya conocida como “La caravana de migrantes centroamericanos” se encuentra en la frontera sur de México tratando de pasar a uno de los países más peligrosos del mundo, particularmente para los migrantes en su trayecto a Estados Unidos.

Decía que no sin precedentes, porque a lo que nos remite esta huida masiva de ciudadanos hondureños, a la que ya se han sumado nacionales de Guatemala y el Salvador, ese triángulo norte en el que la violencia y la pobreza no parecen tener remedio, es a la migración que John Steinbeck nos relata en la afama obra Las Uvas de la Ira. Es decir, al desplazamiento masivo de un pueblo que cambia de forma radical las estructuras sociales y formas de vida propias y de la sociedad a la que arriba.

Steinbeck nos relataba el éxodo rural de familias enteras en condiciones lamentables desde el Medio Oeste de Estados Unidos, asolado por la crisis del 29, la tecnificación del campo y el Dust Bowl (tormentas de polvo), hacia el paraíso de fruta de California, esto es, hacia la tierra prometida en la que la felicidad estaría asegurada. La historia de los migrantes de Steinbeck es conocida y, aunque la novela termine dando esperanzas sobre el género humano, la verdad es que el global de la misma entierra la mayoría de ellas.

No obstante, los migrantes de aquella época no tenían teléfono inteligente que les informara en tiempo real que era cierto que, los Donal Trump de la época no les iban a recibir con los brazos abiertos, ni tampoco presidentes que les advirtieran que se encuentran en la “ruta de la muerte” en la cual se encontrarán con “pandillas, maras, narcotraficantes, traficantes de órganos…” a pesar de que, un minuto antes, ese mismo presidente había dicho que la caravana es un acto político orquestado por grupos de interés que quieren afectar la “gobernabilidad, imagen y buen nombre, la estabilidad y la paz de Honduras y de los países que están en el camino”. Declaraciones que parecen decirnos que, si los miles de hondureños que huyen de la miseria y la violencia regresan a ella, los países del camino seguirán siendo remansos de paz y prosperidad, pero que si, por el contrario, éstos osan desafiar las leyes de las fronteras, en el camino se desatarán las uvas de la ira; paradójicas afirmaciones, cuanto menos, las de Juan Orlando Hernández.

Y, a pesar de todo, la caravana avanza sobre Guatemala sabiendo que el camino no será fácil y que la empresa puede fracasar y traerles crueles consecuencias. Continuan pensando, como lo hacían los migrantes del 30, que la condición humana, aquella que nos iguala como miembros de una misma especie prevalecerá, sin querer darse cuenta que en la actualidad, si hay algo que aún sigue revestido de un halo sagrado, es la frontera.

Regis Débray, celebre filósofo y escritor francés, publicaba en 2010 una conferencia pronunciada en la Casa Franco-Japonesa de Tokio el 23 de marzo de ese mimos año bajo el por entonces provocador título Elogio de las fronteras; Y es que, hace dieciocho años hacer apología del “regreso” del Estado-Nación, separarse de la Unión Europea, salirse de los tratados de libre comercio o construir muros no estaba bien visto. Lo que estaba de moda era esa “idea tonta de Occidente” de: “sin fronteras estamos mejor”.

En 2010 no se esperaba que la caja de Pandora abierta tras la bancarrota de Lehman Brothers diera paso a la hoy conocida como “la crisis de la globalización liberal occidental”, la cual tenía entre su caja de herramientas lo supra, lo borderless, lo trans y lo ínter como leitmotiv. Pero el año pasado Trump llega al poder, el Brexit se hace realidad y la extrema derecha comienza a alzarse en parlamentos y diferentes niveles de gobierno a lo largo de Europa. De pronto el movimiento anti globalización pasa de la izquierda a la derecha y, en lo que será un hito histórico si ningún milagro lo remedia (puede valer como milagro que el voto evangélico regrese a apoyar al Partido de los Trabajadores), la extrema derecha llegará al poder en América Latina a través de las urnas y no como era su tradición mediante golpes de estado.

Débray en su ensayo nos dice que lo que está en juego en la lucha por la frontera “no es lo que tienes sino lo que eres”, puesto que ésta se encuentra relacionada con lo sagrado, en tanto que como todo aquello que ordena y da sentido a la vida (un mito) tiene un carácter fundacional que a la vez que instituye agrede aquello que toca, puesto que en todo ejercicio de constitución lo primordial es dejar algo fuera. Por tanto, según el autor, la frontera es de las pocas cosas que en 2010 estaban sacralizadas, en un mundo en el que ni si quiera a la religión se le daba ya ese estatuto que permite mantenerte a salvo de las idas y venidas de la globalización tecno-capitalista que todo lo convierte en mercancía.

En 2010 en lugares como Europa las fronteras habían desaparecieron y la globalización dirigida desde aquella zona pensaba que esa era la solución, aunque paradójicamente lo que estaba sucediendo no era el paso a un mundo maravilloso, sino a un lugar en el que se globalizaba lo económico, las enfermedades, el cambio climático..y se provincializaba lo político. Paradoja que hacía que alguien en la otra punta del mundo fuera tu amigo, pero que en la cercanía las peleas fueran a cuchillo.

El filósofo francés en aquel momento era provocador con la idea de “elogiar a la frontera”, en el sentido de que no nos debíamos engañar como humanidad: “Deseamos un planeta liso, despojado del otro, sin enfrentamientos regresado a la inocencia y la paz de su primera aurora, igual que la túnica sin costuras de Cristo”. Bien, esto no es posible, la sociedad reconciliada no es posible, por eso, las fronteras como aquello que filtra son necesarias, no solo en el ámbito geográfico sino también en el de los valores, los ámbitos de lo público y lo privado, entre la técnica y la política y demás cosas que “no son lo mismo”, como la izquierda y la derecha. Son necesarias porque, a diferencia de los muros, éstas reconocen la diferencia del otro.

Finalmente, las fronteras han regresado y lo han hecho freudianamente, esto es, como “retorno de lo reprimido” o a lo cazafantasmas en forma de malvavisco gigante. Es decir, no importa que lo expulses de tu conciencia y que trates de hacer que no están; las fronteras son tan reales como en estos momentos lo es la caravana de migrantes de ciudadanos centroamericanos tratando de llegar en masa al país de Donald Trump, previo paso por el país de Peña Nieto, aunque a éste ya nada más le quede un poco menos de mes y medio, como bien decía él mismo en el transcurso de la semana.

La caravana de migrantes de Centroamérica nos recuerda de forma descarnada que las fronteras van a ser siempre un lugar de conflicto de la humanidad o, como recoge Débray en su ensayo “nunca terminaremos con ella porque es inherente a la regla del derecho e incluso cuando adopta la forma fúnebre de Estigia y del barquero Caronte que conduce a los muertos de un lado al otro del río, la frontera da de qué vivir”. Por el momento, esperemos que el paso por México de los migrantes no requiera los servicios de mencionado barquero y, en lo sucesivo, habrá que estar más atentos con aquellos pensamientos del mundo del wishful thinking.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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