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Jóvenes hartos a punto de la revolución invisible

martes 23 de octubre de 2018, 20:18h

La revolución invisible, silenciosa y silabeante como ofidio, de piel reptiliana y escurridiza, sucederá a partir de los jóvenes cansados, hartos de precariedad y nubes negras en el horizonte. La revolución invisible correrá a cargo de los trabajadores precarios de la economía digital, sin derechos, con la caja al hombro de los envíos postales, pedaleando por nuestras calles bajo el impermeable de sudor que tornará en odio imprevisto y rápido. Revolución de bicis, motos, jóvenes en vinculación mercantil fraudulenta con las empresas para tratar de esconder una relación de naturaleza puramente laboral, sin flexibilidad ni remuneración, esclavos de dos patas y mil pedales, ciclomensajeros enmascarados como falsos autónomos, sin turno de libranza, vacaciones o protestas, repartidores de Glovo, Amazon y Uberats, conductores de Uber, limpiadoras del hogar de Wayook o Clintu, relación clientelar a base de las aplicaciones móviles (WhatsApp o Telegram) con guadaña fina al final del trámite, sin luz al final del túnel, casi 10,4 millones de usuarios en España y la muerte lenta, a dos pedales, invierno y verano.

La revolución invisible correrá a cargo de los profesores universitarios, asociados para sus patrones, que cobran 300 euros. Sin plaza fija, sin proceso de selección, ajenos a investigaciones o méritos, lo ya dicho, asociados, sin que se sepa muy bien qué es eso, negados a la acreditación que sustentan artículos publicados y demás zarandajas para los que carecen de coto, al ser eso, puro relleno. Complementan su sueldo con clases particulares, limpian casas para llegar a final de mes, son el treinta por ciento de la Universidad Pública, los nuevos esclavos, leídos y estudiados, pero sin posible medro. Los asociados (casi treinta mil en España) son llamados por sus catedráticos los “profesores pobres” y se quedan tan anchos. Claro, la universidad ha perdido inversión pública, durante cinco años no pudieron jubilar a nadie, por mandato rectoral, y es lo que hay. Se toma más rápido una escopeta que una escoba o un boli Bic, están hartos, la demagogia dice a los asociados que están legalizados, sí, fichados de forma temporal para contar con su experiencia, y todos niegan su condición: mano de obra barata para cubrir vacantes durante años, lustros, siglos. El Parlamento Europeo llama la atención a España por este motivo, la nómina de estos señores casi parece la cuenta de una noche con borrachera y putas caras detrás, da miedo y la necesidad estructural, vestida de permanente, pronto acabará también en escopeta con importes entre 480 y 500 euros, la excusa es que sigan impartiendo una asignatura de forma temporal que dura toda la vida. El cuento llegará a su fin pronto, con las primeras tumbas, bajo tierra todos esos multimillonarios del chollo universitario.

La revolución invisible llegará con las manos en alto y puños cerrados de los millennials (nacidos a partir de los 80) sin empleo estable, sin empleo bien pagado, sin emancipación posible, sin vivienda, recreándose en un ocio sin tóxicos (gimnasios, pantallitas, etc). Acostumbrarse a vivir con poco dinero, metidos de bruces en la compra de objetos de segunda mano por el móvil o en ropa de plástico en grades cadenas a precio de risa, en la mala calidad para siempre del empleo juvenil, ausentes a perspectivas, con una vida mucho peor que la de sus padres, en casa para siempre sin poder volar, al día de la corrupción diaria y quienes se lo llevan calentito, en las lentas feromonas del odio cerval, sin entender cómo en este país solo se habla de jubilados y no de ellos. Jóvenes menos de 37 años, millennials, curándose de sí mismos por medio de la digitalización o el Buen Rollo de las tazas de café con eslóganes gilipollas, sin optimismo de veras, jamás ganarán nada razonable y eso les corroe por dentro, en las catacumbas del revólver.

La revolución invisible está entre lo que no acaba de morir y lo que todavía no ha nacido, como el papel y el bipartidismo,esos chicos que compran las entradas de cine por el ordenador y luego las imprime, sin poder pagar la tinta en la mayoría de los casos. Maravilloso. El ejército de transición, las hormigas del sueldo ínfimo, sin contratos fijos ni ascenso, resignados a la precariedad, en la cultura del compartir que es otra pobreza, drogados de redes sociales y aplicaciones móviles, sin televisión ni periódicos, entre el compromiso social y la colaboración ciudadana… ¡Pronto estallarán! ¡Se llevarán por delante la sociedad cuyo mercado laboral les ofrece mucho menos para los que están preparados! ¡Quemarán contratos temporales en plazas públicas junto a las cabezas guillotinadas de sus negreros y patrones! ¡Les meterán por el culo el autoempleo y el emprendimiento a todos los políticos atildados y sarasas en el lujo de la alfombra roja! ¡Convertirán en sangre fresca su formación donde el esfuerzo de haberla conseguido hará las veces de razón y cerebro!

¿Abstención juvenil? No tienen ni idea. Están en las sombras, armándose y preparándose para la batalla. ¡Volverán grandiosas marchas de protesta, la bayoneta en alto, concentraciones al paso alegre de la paz, la reconquista de los derechos de los trabajadores hoy dilapidados! ¡La revolución invisible, silenciosa, está aquí y no quiere más excusas, más promesas, más carga de gomina y sonrisas Profidén! ¡Vienen a por lo suyo!

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