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El cuchillo joven y afilado del miedo

miércoles 24 de octubre de 2018, 20:20h

Seguimos donde lo dejamos ayer, jóvenes prerrevolucionarios, jóvenes sin cielo abierto, jóvenes a punto de las armas y tomar el presente. El 65 por ciento de los estudiantes universitarios come de táper, se escudan que es por los horarios de Bolonia, pero son por los ritmos acuosos, náuticos, del monedero venido a menos, pecera de nada y billetes invisibles. Bajo el táper hay un cuchillo de inquina, de rencor social, contra todo y todos; ese táper es reflejo de la crisis, el bocadillo del obrero envuelto en papel de periódico, algo más peligroso: la idea de prolongación del hogar por medio de la dieta saludable, de tal forma que el cordón umbilical jamás se rompe. Estudiantes eternos. 65 % de táper, 25 % optan por cafetería y un 10 % compran algún alimento en supermercado. El hambre propicia colmillos largos entre nuestros universitarios, el cuchillo bajo el táper partirá algo más que el filete, estamos seguros, porque la capacidad de aguante no es eterna.

Acaban los estudios universitarios y, como no es posible trabajar de lo estudiado, se meten en las ONG. Miles de licenciados (abogados, médicos, etc) en el voluntariado, tal vez, para no pensar. 700.000 personas en las 30.000 ONG que componen el llamado tercer sector en nuestro país. Los ángeles custodios de gente en riesgo de exclusión social, los militantes de la injusticia en sus mil y una caras, la preocupación por el medio ambiente, proyectos de cooperación, catástrofes y epidemias. Tal vez, algo más profundo, el trato con el que está mucho peor que tú para, de algún modo, subir ánimo y fuerza. Emocionalmente comprometidos pero sin el sueldo o la pasividad/libertad de quien pone cafés en un garito, y cobra todos los meses, y con ese poco o mucho que gana tiene una vida, y no le anda limpiando el culo a los leprosos porque no tiene otra cosa que hacer, aunque todo es bienvenido con tal de no estar desocupados. Titulados universitarios en la acción social, sí, para integrarse e insertarse ellos mismos en sociedad, porque los primeros ajenos al sistemas son ellos. Algo inaudito, insólito.

Otros tantos en un trabalenguas mucho más literario: emancipados pero no independientes, lo que parece un cuento o novela. Hablando en plata, a calzón quitado: viven en casas ajenas pero que no pueden mantener, solicitando la ayuda de sus progenitores, una especie de propina mensual para tener un techo. Lo dicho: emancipados pero no independientes. El 24 % de los jóvenes emancipados (entre 15 y 29 años) dicen que sus ingresos mayoritarios vienen de sus padres o algún familiar. Una cifra que en el 2008 se situaba en el 14 %, según el Estudio de la Juventud del Ministerio de Sanidad. Emancipados pero dependiendo de la familia, con todos los títulos universitarios del mundo, triturados y hechos trizas por todos los dientes de acero del mercado laboral. El precio del alquiler, a comienzos de este año, había aumentado un treinta por ciento. Los jóvenes se van de casa a los 29 años, tres años más que en Europa, y se van a ninguna parte, porque necesitan el cheque de papá y mamá, a veces en estrategias de emancipacióncomunes como pisos compartidos. El sueldo no da para vivienda, ocio y necesidades; el sueldo da solo para pipas, pero papá y mamá no son eternos.

Jóvenes españoles con una renta anual de ocho mil euros, según el INE. Jóvenes españoles con un paro del cuarenta por ciento, según Eurostat. Temporalidad en el trabajo casi de un ochenta por ciento. Solo un veinte por ciento de los jóvenes, según el Consejo de la Juventud, están emancipados. La edad de emancipación casi a los 30 años, según Eurostat, cuando las barbas encanecen, no tienen pelo y las arrugas o patas de gallo hace de una cara, justo eso, el peor mapa de la supervivencia civil. Todavía se ven pancartas por las calles en manifestaciones imprevistas: ¡Violencia es cobrar 600 euros! ¡Abajo el régimen, juventud sin futuro, viva la lucha del pueblo sin miedo! ¡No pagamos, no debemos! ¡Sin casa, sin curro, sin pensión! ¡Privatizan para robar más! El titular que en The Independent, a comienzos de octubre del 2016, dio la vuelta al mundo: “Los niños de la era Thatcher (1979-1990) tienen la mitad de la riqueza que la generación anterior”. Información basada en el estudio del Instituto de Estudios Fiscales. Tal estudio se extendía a Europa: “Las personas nacidas en las décadas de los ochenta (millennials) son la primera generación desde la posguerra que llega a los 30 años con ingresos menores que los nacidos en la década anterior”.

Jóvenes no dispuestos a la marcha atrás, mancillados por la desaparición del empleo estable, ausentes a los ingresos afianzados de toda una vida trabajando, dejados de la mano de la pensiones públicas, en la quiebra de los negocios familiares, sin valor sus casas o posesiones porque nadie las compra, el cartelito de la cualificación profesionalcomo nota de romance de ciego o reclamo vivo para la caridad pública. El futuro ya está aquí y no hay seguridad vital; la caída del bienestar es anomalía histórica. Un historiador, NiallFerguson, dice lo mismo por medio mundo: “El mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones”. Se hablan de unos años casi iguales a los previos de la II Guerra Mundial (Richard J. Overy) donde la transición caótica sucede entre un tiempo que no acaba de nacer y otro que no muere.

El mundo va mal, la globalización se relame como perro sarnoso, el Estado de bienestar suena a chiste malo. Emigración para sobrevivir, paro, apartheid salarial (Joaquín Estefanía dixit), quiebra de las expectativas de futuro, menosprecio por la juventud a la que solo le queda, bajo el táper, el cuchillo afilado de su miedo contra todo y todos, otra medida para tornar la desproporción en justica social, la seguridad de tomar las armas para evitar seguir con la estafa. ¿Cuánto aguantarán? ¿Y cuando no haya padres ni ayudas públicas? ¿Van a sedarlos entonces las redes sociales o cogerán la bayoneta?¿Y si papá enferma, o los hijos que no esperaban, o el cónyuge o pareja y no hay dinero para salir del bache? No, por supuesto, no aguantarán, y cambiar de vida será entonces construir otro mundo.

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