www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Andrés Trapiello: conocimiento ilustrado del despojo

jueves 25 de octubre de 2018, 20:32h

Buhoneros, rastristas, almonedistas, chamarileros, prenderos, chatarreros, traperos, barateros, aljabibes, zarracatines, regatones, ganguistas, poquiteros, gandules, trapalones, manguis, songuillas, baratijeros, saldistas, gitanos, payos, chalanes… todos son espejos fugaces, imágenes furtivas, en el calor y sopor de los vinos negros del domingo. Andrés Trapiello publica su obra magna El Rastro. Historia, teoría y práctica (Destino). Dedica el libro: “A los que nunca encuentran nada. A Juan Manuel Bonet, que lo ha encontrado casi todo. Y a quienes de vosotros os sentís el más pobre del clan de los mendigos”. La busca de Baroja, detrás de todo el conjunto, arrabal y pobretería, fluir y tráfico de cosas u objetos, esa gran dicotomía: las primeras repletas de vida y pasado, los segundos inermes, inertes, imposibles. Podría decirse del presente texto lo que Borges añadió sobre Quevedo: “No es éste libro u otro sino toda una literatura”. Trapiello cuenta sus cuarenta años de almoneda, en un fotolibro, en un álbum, en veinticinco euros de gloria, que pueden leerse en La Bobia, aromados de polvo y epifanía, ese lugar de las resurrecciones privilegiadas, en el tesoro abrasador de la mercancía insignificante, poesía del rescate y la liberación, conmoción y desgarro.

Trapiello cuenta sus inicios, cómo empieza a ir al Rastro con dos mil pesetas de entonces, tampoco mucho, no tenía más para mantenerse en Madrid, y sus primeras compras son los libros que entonces no estaban de nuevo en la estela completa de su producción: Baroja y Ramón, Galdós y Rosalía, Azorín y Juan Ramón, Clarín y Machado, Corpus Barga y Chacel, Zambrano y Unamuno, etc. Libros pobres, buenos y baratos, en la maña del regateo, como forma también de salir de la madriguera y socializar. Libros de la fatiga y la ilusión arrebatadora, del fulgor del lenguaje y el destrozo del tiempo, libros donde Trapiello se hace todavía más escritor y empasta con toda una tradición que mejora, enaltece, pone en circulación y limpia. Javier Marías dijo de él que “olía a zapatillas de cuadros de casino de pueblo”, no lo creo, todos los tomos de su diario tienen una misión que nadie ha entendido en España: la educación del gusto estético, una poética, caldo puro de gourmet, fuera de animadversiones y odios de ocasión. Siempre ha seguido la máxima juanramoniana: “Los libros en edición diferente dicen cosa distinta”. Su viaje es el de la pasión literaria, el orgullo libresco, la furia lectura, la sintaxis como facultad del alma, a la manera de Valèry. Lo que se dice obseso textual, tal vez más conservador que vanguardista, pero siempre manantial de agua fresca y pura en mitad del otoño y su hojarasca.

Pregoneros, horchateros, perreros, mieleros, tramperos, verduleros, areneros, lañadores, paragüeros, traperos, choriceros, veloneros, calceteros, dulceros, cerilleros, cajeros, silleros, prenseros, estanqueros, adivinadores, vaciadores, saludadores, arroperos… puro chiflo de flauta mágica. Todo Trapiello es oral (“Todas las cosas a ratos/ tienen remedio cierto:/ para pulgas el desierto,/ para ratones los gatos,/ y para pelar patatas/ estamos Los Maragatos”). Su caza, su busca, es carbón de bohemia, combustible de buhardilla trágica, pero también mucho Madrid, Répide y Arniches, Mesón de Pareces y taberna taurina Antonio Sánchez, con Gloria Fuertes al final liquidando su media frasca de blanco. Su tinglado, su tenderete, su buhonería y ropavejería, es lirismo, verdad y bondad, le joda a quien le joda. El botín real es el de haber hecho mucho por su pasado y su país, hoy que Rodrigo Rato entra en prisión, y todo de forma desinteresada, con mucho sudor de escritorio y esa prosa lírica, renacentista más que barroca, ventarrón cervantino en la deformidad ajena de todos los egos revueltos.

El Rastro es la eternización a través de un pulso regular de cata y acoso. Industria de indigencia, muñecas rotas, botellas sucias, fotos quemadas, páginas resucitadas, paseo tumultuario y siempre promiscuo. Ribera de Curtidores donde las palabras son ratas por el suelo, el libro yace muerto, jamás hay que regatear con él en la mano, el desdén debe priorizar el trato: “¿Cuánto vale eso, oiga?”. Solana, Blasco Ibáñez, Baroja… todos aromados con las fotografías de Eduardo Dea, a quien Trapiello adora en su golfemia de retrato sobre trileros y otras sombras. Buscar libros hasta agotarse, estados ambulatorios y churros, fulgor del adjetivo cazado al vuelo, álbum de prodigios y destellos, meter toda una vida en unas páginas sin dejarse nada. Calle de Mira al Río, zapatos de muerto, muebles de golfas, utillaje viudo, ropa de albañal, chapoteo de lodazal, la charca no termina y las ganas de más mierda, de alguna forma, iluminan nuestra vida de capitalistas sin barro en las ruedas. Gallos en el Rastro y óxido gratis, caras serias, ceños desarrugados al tacto con el billete nuevo, libreros de viejo en pleno aduar moro, toldillas de zoco persa, Alcaná toledano. Se entra en Trapiello para no salir, seguir muriendo del mismo veneno, mágico y lento.

Oh Plaza de Cascorro, sombrajos y toldos, Quijotes a ojos de buen cubero, cachivaches de bazar, malas artes de marrulleros y zascandiles, la palabra dicha como único trato y valor supremo a toda ley escrita. Región y religión de los analfabetos luminosos, regateo bruñido y raro, precisión y evanescencia, extravagancia azul del coleccionista, galloferos de lo abollado y tierno como pan lechal. Súbitas apreturas, en las peores calles, que aparecen y desaparecen con igual celeridad, cuestión de segundos, donde el corrillo disuelve o hace soluble unos pocos títulos, insospechadas bizarrías, a título de milagro inmediato. Repito, quede claro, se entra para no salir, no son naturalezas muertas sino pura vida, alegría del taller de Andrés Trapiello, cuarenta años de tesoros, reunido en unas pocas páginas a precio de antidepresivo contra todos los males. Maravillas del mundo, luces privilegiadas, organizarse en el Museo del Prado y desorganizarse en el Rastro, como quería Umbral: “El Rastro como un Prado al revés”. Glorioso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.