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Soy el más pobre del clan de los mendigos

viernes 26 de octubre de 2018, 20:29h

Leo y releo a Trapiello (El Rastro. Historia, teoría y práctica) mientras veo a Rodrigo Rato entrar en prisión, empujar el carrito, pedir perdón entre dientes con restos de chorizo o caviar. Vuelven las dos Españas: una del encierro cartujo, la del trabajo en la sombra, la del esfuerzo ajeno a la bulla y el trepar impune por la cucaña (Trapiello); otra la del hurto, la del champán francés pagado con el dinero de todos, la de la muy cara dura, la de la impasibilidad ante los medios (Rato). Trapiello distingue, lo dijo en innumerables ocasiones, dos tipos de literatura: Quevedo y Cervantes. La definición es precisa y preciosa: “Quevedo se ríe de un cojo y Cervantes se ríe con un cojo”. Todo esto viene de Torrente Ballester, que distinguía el iberismo (Cela, Umbral, Valle, Quevedo…) de otro tipo de literatura de lirismo interior y menos carga en la forma (Cervantes, El Lazarillo, etc).

Trapiello viene de Cervantes –no hay duda- y Rato de las tabernas de Quevedo con el ojo morado en el azumbre de hostias frescas con Lope o Góngora. Curiosamente, para rizar más el rizo, Cervantes, mientras recauda impuestos, es el primero en España en meter la mano en la caja y poner cara de tonto diciendo que él no fue. Una sería la literatura de la mala leche (Quevedo) y otra la del buen humor (Cervantes). Hablando de Concha Piquer, que tenía muy mala uva, se lo dice un limpiabotas del Café Varela a Ramón Gaya, y viene en el libro de Trapiello: “Desengáñese usted, don Ramón, sin mala leche no hay arte”. Soy ese lector que Trapiello llama “el más pobre del clan de los mendigos”, al que dedica el libro, y creo en sus palabras de oro en mi visita a los bajos fondos de la pobretería: “ (…) Al Rastro solo se va buscando lo que hemos perdido o nos han robado, normalmente en la infancia; pero solo encontramos lo que ya teníamos y a menudo se viene con nosotros únicamente lo que no necesitábamos”. González-Ruano, golfo eterno, periodista clásico, lo explica en el libro mucho mejor: “Al Rastro no se debe ir por nada determinado, ni siquiera por clavos o por una gabardina usada, sino a la buena de Dios, porque el día que buscáis un ventilador sale una armadura, y el día que buscáis una armadura, sale un biombo chino”.

Miseria de Madrid, vinos negros en Lavapiés y el Rastro, lujo efímero de Malacatín, Fortunata y Jacinta por estas calles, grecos y picassos a precio de saldo, botellines de cerveza con caracoles en Cascorro, uñas sucias de la Ribera de Curtidores, aroma fantasmal y vida en abandono, los llamados encierres: sótanos donde se guarda el género, lóbregos y húmedos, para no venir con ellos a cuestas desde el extrarradio infernal. Frutos de fatigas, bibliotecas al montón, regateo operístico, subasta de lonja sin el mar cerca, putas aparecidas desde calles como el Desengaño o de la Cruz también a vender el coño, flacas y demacradas, enfermas y desahuciadas, mientras toman aguardiente o vino por él, para refrescar garrapatas, chinches y tarántulas. Había un chiste antiguo al respecto: “¿Tiene usted piojos, oiga? No, porque me los comen todos las garrapatas”.

Vuelven, ya están aquí, nuevos pordioseros envueltos en harapos, lisiados, lacrosos, churumbeles de pelo negro y ojos grandes, entre cuadros falsos, cromos nuevos, muñecas rotas, abalorios inútiles y desportillados, bazar con holgura de espejo roto, baraúnda turbadora de voces, gritos, aullidos, desgarros, amputaciones, lamentos, lágrimas del tamaño de rojas sandías como los labios primeros de la vulva en laceración extrema. Cárcel para la España enriquecida de modo fraudulento (Rato) y más ruina para aquella que no ha dejado de trabajar y aplicarse a la labor (Trapiello). Se lo dijo un día Cela, ya instalado en Puerta de Hierro, a Umbral: “No te juntes a los escritores, Paco, que lo único que vas a ver es hambre”.

Rato, Rato, Rato: enseña tu Rastro en la celda, tus fetiches de la mucha pólvora gastada con el dinero ajeno: tienes para botellas vacías, relojes que no funcionen, corbatas con alguna mancha, gabardinas rotas por alguna puerta, zapatos que el tiempo ha arrugado como los ceños más exhausto de los camareros cuando sacabas el fajo, maletines que ya no necesitas, más artículos de piel de vacuno, prendedores y anillos de oro, plumas de seiscientos euros, gemelos con rubíes y amatistas, candelabros de plata buena, bastones de marfil, cubertería que ya no necesitarás y es una tontería, hombre, que esté ahí acumulando polvo. Rato, Rato, Rato: la belleza está en las cosas, y eso puede hacerte el dueño del talego.

¿Y la Tercera España? Claro que también existe en este caso, como decíamos en otro artículo pasado. Es la de la cárcel, donde también estuvieron Quevedo y Cervantes, en la unión mística de sus dos ramas literarias en un solo tronco, duro y grueso como el cipote de cualquier ladrón de oro y fuego. Desde San Marcos, León, con el agua llegándole a la rodilla, lo que le provocaría la cojera de por vida, escribiría Quevedo a un amigo, interesado por su estado: “Aquí sigo como siempre precedido por el rebaño pálido de todas mis enfermedades”. Precioso. Las enfermedades van en la cárcel por delante y en el Rastro, oh Trapiello, haciendo escolta por atrás y a vista de todos por el suelo. ¡Qué bien lo pasamos en esta España nuestra!

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