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LA PRINCESA DE ASTURIAS LEE EN PÚBLICO LA CONSTITUCIÓN

miércoles 31 de octubre de 2018, 12:40h
Me invitó muy amablemente Luis García Montero a participar hoy en la lectura de la Constitución...

Me invitó muy amablemente Luis García Montero a participar hoy en la lectura de la Constitución en el Instituto Cervantes. Obligaciones contraídas con anterioridad me impidieron aceptar su ofrecimiento que he agradecido profundamente. Así es que no he asistido en persona a la lectura de la Constitución por parte de la princesa Leonor. Estuve en Asturias, en el teatro Campoamor, cuando Felipe de Borbón, príncipe de Asturias, hijo de Juan Carlos I, nieto de Juan III, hizo su inicial intervención pública con 13 años. Fue el primero de una interminable serie de discursos que, desde entonces hasta ahora, ha pronunciado en los principales foros nacionales e internacionales.

Por supuesto que me ha parecido bien la elección para la primera intervención pública de la princesa de Asturias la lectura de la Constitución. Leyó como corresponde a una niña el artículo de la Carta Magna que le encargaron, poniendo en marcha, así, la larga caravana de intervenciones públicas que le exigirá el lugar que ocupa como heredera de la Corona. Cuando pronunció las palabras “Monarquía parlamentaria”, recordé que Suecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Inglaterra, Japón, Australia o Canadá son Monarquías parlamentarias. Todas ellas, en naciones de democracia plena, se encuentran entre las primeras naciones del mundo, políticamente libres, socialmente justas, económicamente desarrolladas, culturalmente progresistas.

En medio de las tensiones políticas, acentuadas por la ambición de poder de Pedro Sánchez, derrotado en dos elecciones y encaramando en Moncloa a través de una moción de censura, en medio, sí, de tantas incertidumbres, vale la pena hacer un paréntesis y subrayar lo que aporta a la unidad y la continuidad de España la Monarquía parlamentaria, defendida contra Franco por Juan III durante su largo exilio, encarnada ejemplarmente por Juan Carlos I durante casi cuatro décadas, representada hoy con seriedad y eficacia por Felipe VI y con el horizonte de una mujer como Jefa de Estado en la persona de esta niña Leonor que aprenderá día a día la dureza de la vida que le espera, “que el reinar es tarea -escribió Francisco de Quevedo- que los cetros piden más sudor que los arados y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombres del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.