www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

Visito a un muerto bajo la lluvia

jueves 01 de noviembre de 2018, 19:07h

Viajo con mi pelliza y mi petate (qué palabras, las mastico y me gustan más: oh pelliza, oh petate…) a Bilbao. El viaje empieza en contencioso: frente a mí, en el vagón de tren, un chimpancé de cabeza ancha, nariz roma, labios abultados, piel pecosa y pelo rojo y duro, todo él grande y obtuso. Al poco de arrancar me dispara: “Tu artículo de ayer de EL IMPARCIAL supo a poco. No entras a saco, aunque hables de Rivera, sobre Casado. Aprobó media carrera de Derecho en un solo curso y alguno de sus profesores reconocieron haber recibido presiones para aprobarlo. Lo publicó El Mundo y tú callas”. Sin dejarme despegar los labios vuelve a apuntarme: “No, no son calumnias. Ni es revancha de su propio partido por su exceso de protagonismo. Son hechos incontestables. El ex director del Centro de Estudios Cardenal Cisneros, adscrito a la Universidad Complutense, donde Casado terminó la carrera, dice que Esperanza Aguirre llamaba con periodicidad regular para que cuidaran a Casado. No son venganzas y, te repito, lo ha publicado El Mundo”. Intento interrumpirle pero sube el tono de voz: “Génova es un nido vacío, por culpa de la corrupción, y éste es un cuco, que viene aquí a poner sus huevos, pero así no se construye líder alguno y el electorado escapa en estampida, con Aznarín o sin él, que era como lo llamaba tu querido Umbral. En otro orden de cosas, todos los colaboradores de Rajoy consideran muy feo que Casado se haya acercado a Aznarín, eso es jugar muy sucio”.

Me cambio de vagón. Bilbao me espera. Dentro de mi petate saco los libros sobre Giacometti que tanto aprecio: el de James Lord que Antonio López recomienda en sus talleres (Retrato de Giacometti), el de Michael Peppiatt sobre su cochambre heroica (En el taller de Giacometti), el de Franck Maubert y sus últimas putas (La última modelo), el excelente álbum sobre sus objetos poéticos antes y después del surrealismo que le dedicó la Fundación Mapfre y el Kunsthalle de Hamburgo en el Paseo de Recoletos y publicó Tf Editores (Terrenos de juego). Llegamos a Bilbao antes de lo previsto, nadie me echa del sitio ni pregunta. Busco hostería barata, en plan Giacometti o Modigliani, viajo con apenas dos mudas y un gabán enorme con el que podría robar una televisión de plasma. Me gustan las hosterías de no más de veinte euros; escuchar fornicar a los de la habitación de al lado, sacudida de muelles y sudor, como en la versión no expurgada de La colmena. Hoy es fiesta pero mañana visitaré a Giacometti en el Museo Guggenheim, la mayor exposición conocida hasta la fecha, doscientas piezas inéditas y muchas insólitas. Mañana visitaré bajo la lluvia a un muerto de la delgadez y hoy visito al muerto que yo soy en la ciudad industrial poblada de holandeses, guiris, parisinos, vinos baratos y negros, rubias de ojos azules cercanos al acero, antisistemas y perroflautas líricos sin monólogo.

Ingravidez y delgadez van de la mano en Giacometti. Genet lo dijo con fervor de disparo: “Esculpir, para Giacometti, es quitarle la grasa al espacio”. Todos se fijaron en él: surrealistas, existencialistas, bohemios, locos, consagrados y odaliscas de burdel junto a mujeronas famosas de mucho parné (Marlene Dietrich). Ceno como él, dos o tres huevos cocidos junto a dos tazones inmensos de café, su menú diario en el café de siempre durante tantos años. Le gustaban las putas y no demasiado la ebriedad. “¿Quiere algo con el café y los huevos?”, me preguntan. “Sí, dos pezones duros como antenas de televisión”, contestó, ante la fuga inminente del ujier. Oh Giacometti, igual que Picasso, siempre viviendo como un bohemio, aun en plena y deslumbrante riqueza. Escultor de lo mínimo: la persona o el objeto siempre cercano a la desaparición, a la invisibilidad, escultor de mujeres-cucarachas y cubismos dramáticos, de mujeres-insecto por las que Dalí se derrite y muchos periódicos viejos, de mundos rotos o podridos bajo la lluvia y ninguna esperanza, de la misma chaqueta dura de paño gris y el estudio miserable de veintitrés metros con chorretones de mierda o porquería formando estalactitas, clavos vivos de la pasión del mártir ajusticiado.

Oh Giacometti, a su manera, siempre obsesionado con Beckett (“Ser artista es fracasar”) o tal vez fue al revés. Nadie como él une refugio y herida: “La belleza no tiene otro origen que la herida, singular y distinta para cada uno de nosotros, visible o escondida, que todo hombre guarda dentro de sí, que todo hombre preserva y en la que se refugia cuando quiere retirarse del mundo para hallar una soledad temporal pero profunda”. Quitarle grasa al espacio, sí, comprimir el espacio para drenarlo de su exterioridad. Agujeros por el techo en mitad de la covacha por los que entra la lluvia, cubos también agujereados que la recogen, quince horas de trabajo sin descanso y en temperatura nocturna, siempre la misma ropa, manos y pelo sepultados en yeso, sonrisa rota, hermano y mujer como ángeles custodios, dos huevos duros y una loncha con jamón y pan bañados en un vino tinto escaso. Varios cafés solos acompañados de interminables cigarrillos en mitad de todo, al final de nada, risa sin motivo, música fea.

Me sé el libro de Peppiatt de memoria. Llueve y llueve en mi recuerdo, lo cantó Gimferrer: “Si perdiésemos la memoria, qué pureza”. Desnudez, esperanza, juego, drama… todo Giacometti en Bilbao, mientras llueve y llueve este día glorioso de los muertos, y en mitad del vacío, en su justo centro, como quería Roberto Juarroz, hay otra fiesta. “Algunas personas caminan bajo la lluvia, otras simplemente se mojan” (Roger Miller). Ven a Bilbao, lector, Giacometti es el mejor pellizco para este otoño. Verás las gotas de lluvia de este otoño atravesadas por los rayos de sol de tu entusiasmo iracundo e insostenible. El mejor antidepresivo: Giacometti. La fantasmagoría es caminar por Bilbao próximo a la desaparición mientras suena el teléfono, te metes en un portal, y es Emilio Arnao con voz entre chalán y gachó, descuidero y randa, matón y estafador: “¡Medrano de la medranía, el día que tú naciste, grandes señales había! ¡Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida, moro que en tal signo nace, no debe decir mentira! ¡Medrano de la medranía, mi madre me lo decía, que mentira no dijese, que era muy grande la villanía!”.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.