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Prosigo con mi oficio de difuntos y fantasmas

viernes 02 de noviembre de 2018, 20:06h
Desde Bilbao pongo rumbo a París. Llevo a Giacometti dentro, medio Guggenheim en el telón del paladar. Soy el hombre que camina bajo la lluvia hacia ninguna parte. La salida al laberinto es muy fácil: Bilbao/Barcelona, siempre en tren, y luego Barcelona/París. Tengo mala suerte y en la primera parte del trayecto me vuelve a tocar un espectro enfrente: perilla revolucionaria, delgadez extrema, ojos azules de tigre en reposo, gafas redondas de montura gruesa, diminuto y redicho. Al poco de movernos empiezan las preguntas: “¿Tenían las brujas pactos con el Diablo? ¿Sabe que en Escocia fueron ajusticiadas unas diecisiete mil brujas en el período de treinta y dos años, en Inglaterra unas cuarenta mil en ochenta años, y en Alemania unas cien mil en dos siglos? ¿Se puede fotografiar a los espíritus? ¿Qué diferencia hay entre los fenómenos espiritistas y los metapsíquicos, también llamados parapsíquicos? ¿Es posible producir, fraudulentamente, materializaciones a pesar de una estricta vigilancia? ¿Está comprobada la existencia de la telepatía, la telequinesis o la clarividencia? ¿Qué es el mnemoarqueion?”. Harto de interrogantes, empiezo con los míos, mareado con su prosodia y facundia: “¿Cuándo meas, pestañeas? ¿En invierno, cagas tierno? ¿Tu madrina, cómo orina? ¿Haces caca en la petaca? ¿En agosto, meas mosto? ¿En abril, cagas por mil? ¿En otoño, catas coño?”.

Viaje apacible, sin monstruos, no hay nada tan dulce como el tratamiento de choque contra las injerencias activas. Lecturas, cafés a casi cuatro euros en un vagón art-decó y pronto Barcelona, y sin espera pronto París. La Fundación Louis Vuitton (hasta el 14 de enero) pone a dialogar a dos gigantes malogrados de la pintura: Jean Michel Basquiat y Egon Schiele (si sientes el erizado de piel al pronunciar sus nombres es que tienes el veneno de la cultura dentro). Amalgama donde el arquitecto Frank Gehry se ocupa del atrezzo, de la escenografía, de la atmósfera o clima (Mauriac decía que la novela moderna debía producir climas) en el Bois de Boulogne. Schiele en cien obras y Basquiat en ciento veinte. Ninguno de ambos llegó a los treinta años: uno muerto de gripe española, el otro de sobredosis de speedball (heroína y cocaína unidos). Schiele fue un bicho solitario, de esquina húmeda, maestro a ratos (Klimt) y mucho indigente apoyado en la pared con indiferencia digna, mucho pobre hierático y grave, movedizo en ocasiones, envuelto en trajes raídos, remendados o zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una pulgada sin costura. Mendigos de caras hinchadas, narices inflamadas, bocas torcidas, drogadictos de su tiempo esqueléticos de boca hundida y nariz de ave rapaz, a los que pinta por igual del mismo modo, intentando construir una voz, mucha cara y poco cuerpo, mucha mirada como brocal de pozo y pelos desordenados, mucho hueso y pómulo, a la manera de Giacometti, quitándole grasa a espacio y realidad.

Schiele se ve otro con chaleco, por eso es un dandy, y le gustan las nenas de diecisiete años (Walburga Neuzil, Wally) y dice de sí mismo, faltaría más, que es un “Klimt de plata”. Es el Rimbaud vienés. Wally es modelo, él la lleva a un pueblo, alquilan una granja, y va cosechando éxitos en exposiciones de Viena a Budapest, de Colonia a Múnich. El dibujo erótico es su reto, pinta a los niños cercanos a la granja en tales temperaturas y pronto no tarda en llegar la policía para confiscar un centón de dibujos y enseñarle las nuevas instalaciones del calabozo. Es acusado de abuso de menores, sí, de violación e inmoralidad pública, del primero se libra pero el segundo es el motivo de su condena. Su mundo es psíquico y no real: los personajes entran en su asfixia, a su vez deformados ex profeso, y todo, sospechamos, viene de su descubrimiento de la Viena de Klimt, de sus paseos por la gran ciudad sin un duro y esos flashes que durarán toda su vida. Los estados febriles, también ambulatorios, a la manera de Rayuela.

Basquiat, tal vez, sea justo lo contrario. Una vomitona de interior, sin exterior alguno, donde lo único que le interesa de Nueva York es el camello de la esquina y la peluca de Warhol. Barrio negro, Queens, mucha droga, sótanos de galerías que pagan al contado, búsqueda desesperada de lo tribal, desde el grafiti al expresionismo. Mucho colocón, paseo de puntillas por el eterno tanteo, vanguardia sin certeza, lo cual siempre es nada o marketing. Pronto, gracias al de la peluca, coloca su merca entre dealers y brokers. Manhattan, años 80, lo que sobra es dinero. Lo que mola es el underground y la fama. Ciertos flashes, no anónimos a la manera Schiele, sino de Cassius Clay, Charlie Parker, etc. Delirio sobre tabla, sobre tela, sobre lienzo. Veo en Schiele a un clásico y en Basquiat a un moderno siempre con el ojo en la máquina de hacer billetes, que muchas veces llevaba peluca o conocía a otras pelucas.

La sexualidad en Schiele es hoguera que alimenta todo lo demás; en Basquiat tantas veces la mitad de nada, la oscuridad como coartada, el galimatías como forma de acabar rápido porque igual el camello parte hacia Belén y me deja tirado sin burro y a mitad del bisni. Expresionismo abstracto, sí, pero menor que Pollock, De Kooning, Cy Twombly y toda la banda. Art brut, vale, pero nada que ver con Dubuffet; combine paintings, estupendo, pero no era Rauschenberg. Jeffrey Deitch, que era amigo y no sospechoso, definió muy bien lo suyo: “Es De Kooning y los grabados pintados con aerosol del metro neoyorkino”. Sin peluca cerca, nada.

Soy un fantasma en Pigalle, bajo la lluvia francesa, y mojarse sin arrobo es mi oficio de difuntos de Giacometti y Schiele. Soy una sombra orante todas las noches para que mañana no salga el sol. “Ser parisino no es haber nacido en París sino renacer allí” (Sacha Guitry). Ruiz Zafón lo dijo de otra manera: “La única ciudad del mundo donde morir de hambre es considerado todavía un arte”. Quien no venga a París nunca será elegante –como quería Balzac- y así el paseo de difuntos se hace onírico, legendario, pura fábula donde todo el entorno, absolutamente todo, es cuestión de gramática y vocabulario. Las palabras, esos insectos incandescentes.
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