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La realidad terca a ambos lados del burladero

lunes 05 de noviembre de 2018, 20:09h

Charlo con un rotulista. Gana entre diez y doce mil euros al mes, limpios. Tiene dos empleados, rumanos. Es consciente de su sueldo de ministro. Tiene la misma edad que yo, cuarenta. Me explica la situación en silogismos alejados de borrascas y oscuridades: “La realidad es muy simple. Lo que hoy es una peluquería mañana es un bar y pasado una zapatería. Todos los meses dejo clientes fuera, no doy abasto. El pequeño comercio, te lo digo a este lado del burladero, jamás saldrá del hoyo”. Conoce bien el toro, aunque no lo trabaje, se limita a poner el rótulo del entusiasmo pero sabe lo que hay más allá. Sus ecuaciones, sencillas pero no simples, me llenan del oro de una vida digna: “Los enemigos del pequeño comercio o autónomo son dos. Uno, los alquileres, el centro se paga. Dos, internet. Mira los contenedores de la que vas hacia casa por la noche: todo son envíos. La gente compra por internet y en ocasiones saca fotos a ese producto en la misma tienda del barrio. Les cuesta gastar en la calle y el sector no deja de contraerse”.

¿Se limitan los políticos también a poner el rótulo y quedarse en el burladero? Ralentización de la economía, incertidumbre política, desaceleración, sí, pero el personal comprando por internet con todos los dedos de la mano. Ni las rebajas, caso de los minoristas textiles, son ya reclamo de nada. ¿Mejora del poder adquisitivo? Da igual, los viejos hábitos de compra no volverán. Subida de los precios, por las dos razones que exponía mi amigo (alquileres, competencia) pero sin nadie al otro lado del naufragio que recoja la botella. Cierre, y nuevo rótulo. La Comisión Nacional del Mercado de Valores y la Competencia (CNMC) está cansada de decirlo: datos negativos para el comercio físico y auge de internet; la facturación de las transacciones por la red en 2017, treinta mil millones de euros, veinticinco por ciento más que el año anterior y sigue subiendo. Mi amigo no cuenta ahora con otro demonio: impuestos (solo al gasoil, por poner el ejemplo más fácil, afectará al resto de la cadena de suministro).

Merma del poder adquisitivo, más pobres porque con el mismo billete cada vez se podrá acceder a menos. Pedro Sánchez nos dice que el alza del salario mínimo no va a afectar a autónomos. Nuestro rotulista nos lo explica en su brevedad de acero: “Será para el autónomo que no tenga empleados. Yo, a los míos, les pago mil quinientos. Pero sé de muchos que son seiscientos o quinientos, por menos horas, y esa gente no cobrará nada porque los echarán”. Dos de cada diez autónomos, según encuestas recientes, prefieren trabajar de asalariados. Al terminar el 2017, por poner el ejemplo del año pasado, había en España 15, 7 de trabajadores por cuenta ajena y cerca de tres millones de trabajadores por cuenta propia. En este segundo grupo se mezclan los autónomos que trabajan solos y aquellos que se han dado de alta a su vez asalariados. Según la Encuesta de Población Activa (EPA) se trata de un colectivo heterogéneo en el que no están todos por decisión propia: el 22 % que trabaja por cuenta propia preferiría hacerlo por cuenta ajena. Nadie hace nada por ellos (siendo ese substrato del I+D+I o de las Pymes de donde iba a salir oro a raudales) pero no se callan.

El rótulo, señores, sale cada vez más caro. El 13, 49 % habla todavía más claro: “La angustia más grande son los periodos sin clientes, sin tener ningún pedido o proyecto en el que trabajar”. El 11.68 % habla de otro infierno: “El retraso o falta de pago de los clientes”. Falta por nombrar los periodos de precariedad financiera (7.6 %) y la falta de ingresos cuando se ponen enfermos (7,2 %). Lo tengo claro: España va hacia ciudades dormitorio, todos comprando por la red, miles de bicicletas y motos por la calle con los pedidos, y nada, absolutamente nada, erial de trigo o basural, junto a los bajos de los portales. Los demagogos hablan de: “Freelance. La salida es el freelance. Colaboradores que presten servicios a varias empresas. El auge de la gig economy o la economía de los pequeños encargos está incrementado el número de profesionales independientes que trabajan por colaboración o proyectos. Uberización del empleo. Y al final, sí, lo más gracioso: robots para sustituir a los trabajadores dedicados a las tareas más rutinarias”. Produce mucha más tristeza que abatimiento. Es absurdo.

¿Era ésta la España gloriosa de la Globalización y el sabroso Euro? Prefiero cerrar los ojos para ver la anterior. En la que crecimos, no sé si más pobres pero mucho más felices. Somos ovejas, cabizbajas, de camino al matadero y ninguna canta. Cuando todo cierre, y nuestro amigo el rotulista ya no gane esos dos kilos al mes, la cosa se pondrá definitivamente mucho peor. Será el infierno, la era de los metales nocturnos por la calle a todas horas y el delito. Algo que Latinoamérica conoce a la perfección: la libertad conseguida gracias o por medio de eso mismo, el delito. Empiecen a temblar.

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