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Mis años en sombra y El Algarrobo

martes 06 de noviembre de 2018, 20:02h

Llegabas en verano de provincias, como era mi caso, nadando en sudor, y allí estaban. Llegabas bajo las nevadas lechales del invierno, y allí estaban. Llegabas en el olor de las flores nuevas y vigorizantes de la primavera, atrás toda aspereza, y allí estaban. El Café Gijón era el ágora de Álvaro de Luna, Manuel Vicent, Gutiérrez Aragón… y toda la banda. Tertulias del cine, de la literatura, de la palabra escrita y hablada. En el Café del Espejo, también cerca, andaban otros, como Luis María Anson y Alberti, José María Merino y Luis Mateo Díez, Javier Marías y Gimferrer. Yo fui un ser de lejanías, a la manera de Heidegger, y durante mis años en sombra, los veía al fondo o al principio del balandro de Recoletos, sí, a veces con libros, apuntando cosas, en una hoguera dulce de la palabra encendida. Cierta tarde, a mi lado unos chicos muy marchosos del teatro, bonetes parisinos y fulares escandalosos, les pregunté si conocían a los contertulios de la mesa del fondo. “Ni puta idea”, fue la respuesta. La fama de la literatura y el cine, siempre calderilla.

El Algarrobo, Álvaro de Luna, fallecido e inmortal, encarna lo que un día me dijo María Luisa Merlo: “La literatura era un arma para nosotros. No solo para la profesión, sino tener una cultura para la vida, para el amor, para progresar y estar más despierto”. El Algarrobo montaba cada tarde en el Gijón el caballo del lenguaje, paseaba al trote por la serranía de los adjetivos luminosos, y allí calentaba su voz roqueña junto a Manuel Aleixandre, Manolito, a quien llevaba en coche, o Fernán-Gómez. 83 años, cáncer de hígado. Ni brusco ni tosco ni salvaje, como su personaje, licenciado en Medicina y buscador de libros; deportista de gimnasia, esgrima, atletismo e hípica; devoto del teatro y de sombras tutelares del tamaño de la de Antonio Vico. Pura defensa de la cultura y del compromiso social –como ha subrayado Montxo Armendáriz- en la bonhomía de ser mejor persona que actor, y ya es decir. Cinco décadas de cine español, se avista pronto. Rojo como Haro Tecglen, Emma Cohen y Diego Galán. Poeta secreto.

Se pierde los iconos: actores agarrados al libro como flotador en mitad del naufragio, única seguridad en el mar de todas las dentelladas. “Ni puta idea”, decían aquellos modernos de veinte años, repletos de pantallitas. La mesa del ventanal del Gijón vacía para siempre. Se mueren los intelectuales de tertulia y su civismo, tan lejos de borracheras y voceras. Se pierde la socarronería que algunas mesas de mármol, antes lápidas de cementerio, dejan atrás, en la oscura noche de los tiempos o su recuerdo. “La verdad es que entre Alberti y Ortega no hay color”, recuerda Javier Villán su frecuente apostilla. Lo que El Algarrobo olvidaba era la magia de la sinestesia; nada tiene que ver, efectivamente, el color de las palabras con la música de la inteligencia. Tantos jóvenes que hoy hacen metaliteratura, repleta de citas y más citas ajenas, deberían aprender cómo cita Ortega, apenas cita, en su maestría absoluta de cráneo privilegiado en el pensamiento europeo.

Cien títulos de películas le orlan y esa melancolía de su voz en pantalla a la que llevaba el café y todas las olas de la tertulia de los cómicos del Gijón (pintores, juristas, periodistas, bohemios, actores…). “El Gijón fue mi verdadera escuela de interpretación y vida, donde aprendí a conversar y a no llevar la contraria por sistema”, ahí queda eso. La tertulia, no como forma de perder el tiempo, sino de justo lo contrario, ganarlo sin devaluación. ¿Hay que ser un bicho para triunfar? No lo creo. Paciencia y barajar. Ora et labora. Café y buena compañía. Escritor en voz baja inmune a la fatiga. Desde mis lejanías deliberadas, soledades aceradas, chico de pueblo, veía ahí, junto al ventanal, una calva que era bombilla y resplandor, junto a la mejor forma de estar en el mundo, sin violencia y en el calor abrasador de las páginas más sabrosas, sobadas como la mejor posesión en esta tierra.

Se van los malabaristas de la palabra, abren sus baúles de olvido, se visten despacio para desaparecer. Se mueren las tertulias literarias, son barridas junto a gambas por el suelo y servilletas sucias, mientras las pantallitas ponen nuevas luces a la discoteca del trato social. “La O es la I después de comer”, decía Ramón. Se hacen solubles los lugares conspiratorios donde pulir lenguaje, futuro, amores, ruinas. “De la nieve caída en el lago nacen los cisnes”, decía Ramón. Tiempo de arena, copas de desierto que secan los labios, muerte con la melaza o sequedad del polvorón del que es imposible desasirse. Abandonaremos la brújula compartida de la intuición para ser todos domesticados por Google. La nostalgia es siempre un error pero aprender de nuestros mayores ni pasa ni pasará de moda.

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