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Aroma dandy del último sucio y solitario de la noche

jueves 15 de noviembre de 2018, 20:05h

Merece la pena acercarse lento –la prisa es hortera- y muy abrigado –gabán hasta los tobillos- al Museo Thyseen-Bornemisza para ver la gran exposición de Max Beckmann en España: Figuras del exilio (hasta el 27 de enero). Fue hermético, inaccesible, sobre todo para Grosz, exiliado como él en Nueva York. Fue bebedor solitario. Su “pintura mala” (bad painting) no fue entendida por deliberadamente torpe, sucia, un poco como él, y generó envidias a raudales todo el dinero que ganó en Alemania hasta la subida al poder del nazismo. ¿Expresionismo alemán? Mucho más. Lo dice la crítica de medio mundo: fue más francófilo que germánico. Es un peldaño más, un eslabón extraño, a la estela de Grosz, Macke, Baumeister, Kirchner, Pechstein y Kokoschka, todos con sus debidas orlas y homenajes en tiempo vario aquí en el Thyseen. La I Guerra Mundial le parte en dos, a él y a su cartera, y la exposición también puede comprenderse con el par de mitades.

Posimpresionista, en la ola del otro cielo alemán (Liebermann/Corinth/Munch), expresionista, siempre brutal, según Elena Vozmediano. Me gusta como pintor de caras (“Máscaras”) y de ciudades vaginales (“Babilonia eléctrica”). Lo cantó Jean Lorrain: “Nuestros vicios volverán máscaras nuestros rostros”. Beckmann es un sabroso decadente, flor de arrabal, detritus bajo el asfalto, cazador de miradas con una copa en alto y tan largas como perdidas. La grandeza de los márgenes, que luego ampliaría Otto Dix, el propio Grosz, y quien sabe quién se lo inventó primero, en esa mezcla de caricatura y lienzo rotundo, pintura/pintura, que a todos atemoriza y pone de buen humor. Líneas gruesas, ángulos extraños, retrato psicológico en cortes o aristas duras, extraño cubismo de planos. No es presencia sino trascendencia del monstruario. Simbolismo, psicoanálisis, cábala, gnosticismo, mucha materia, erótica del desconocido. Escribe Vozmediano: “Hay una violencia física, a menudo sexual, y psicológica, en estas obras, y violencia estilística que se traduce en un innegable feísmo: nos dejó muchos cuadros calamitosos. Los perfiles negros, que usaron también pintores como Lèger, Matisse, Rouault o Kirchner, carbonizan en su caso las formas, sacrificadas en la liturgia artística”. Degenerado, lejos del prestigio, cercano al cabaret, suicida de embarcaderos en Nueva York, sol negro de la melancolía nervaliana, noche en ascuas hasta el hallazgo, que es siempre el encuentro con el otro, ese flash por el que comienza la intimidad.

Llama la atención, con los ojos fijos de la noche, la hostilidad de compatriotas y contemporáneos. Polemizó con Franz Marc, quien solo quería abstracción después del Impresionismo, hizo sabrosas catas en Durero, en Grünelwald, en Cranach. Si la pintura abandona la representación de las cosas –le dijo a Marc- es entonces artesanía. Era cosero o cosista, y sabía cómo la mejor cosa es siempre una nariz, unos labios gordos como hoja o espiral de libreta, las manos sucias de un crimen o tocamiento. La expresión del alma humana es siempre a través de las cosas, de las personas, y no del patchwork de estampitas y garabatos que pueden ser cualquier narración. Fue expresionista, no tenemos dudas, y lo es a partir de la Guerra del 14, porque trabaja de enfermero. Fija las miserias de la sociedad decadente por medio de su mirada de cuchillo profundo. Claustrofobia, personajes encerrados en sí mismos, asfixia nocturna y luces eléctricas, mundo nazi, pintura medieval, trípticos monumentales del final de su vida, claridad del aire criminal de toda una época, todo visto a través del catalejo burgués de su oficio de profesor en la Escuela de Artes y Oficios. Siempre, sí, explorador de cercanías, tampoco sin gastar mucho dinero en la labor, poeta anónimo.

Siguen sonando los violines y trombones –como ha escrito Manuel Vicent- de burgueses alegres en un mundo a punto de saltar en pedazos. Siguen los expresionistas alemanes –como apunta Vicent- descuartizando cuerpos según la máxima de Picasso: “Cuando una figura no cabe en el cuadro se le cortan las piernas y se colocan a uno y otro lado de la cabeza”. Continúa su erotismo violento por encima de toda política, obra radical y vitalista, metafórica de lo peor de Alemania y lo más oculto o desconocido de América. El tercero de los individualistas mágicos frente a toda comparsa o chirigota: Van Gogh, Cézanne y Beckmann. Bebedor, mujeriego, afable, secreto. Tomás Llorens, comisario de la muestra, lo supo el primero: “Es un gran pintor que se vale de las metáforas para narrar lo malo que le tocó vivir en el siglo XX”. Lo malo sale de la noche pero lo bueno siempre del prójimo.

Muñoz Molina lo ha dicho con su suavidad habitual, música del buen tono en las mejores señas: “La normalidad laboriosa del día era más valiosa para Beckmann porque contrastaba con las angustias, las incertidumbres, las amenazas que habían sobresaltado su vida desde 1933, cuando el Gobierno nazi lo expulsó de su puesto de profesor de Arte en Fráncfort poco antes de hacer invisible su carrera como pintor, al incluirlo en la categoría infame del arte degenerado”. Cuando no quedaba nada, sí, quedaba lo más importante, que era seguir trabajando ajeno a todos y en completo rapto.

Proscrito para el mundo, siempre él mismo para sí mismo, sin pleonasmo alguno, salvado gracias al pincel en una mano y los colores en otra. Indeseable para todos y fuego vivo del oficio –la normalidad laboriosa del día- porque, como dijo Claudio Rodríguez aquí en España, te lo pueden quitar todo menos eso mismo, el oficio, por el que con paciencia franciscana se llega a las más altas torres, méritos y merecimientos. Beckmann: rabia y entusiasmo, vocación e inspiración, calma y tórrido desdén. No se lo pierdan. Vayan abrigados. El frío es otro visitante entre las caras feas y divertidas, donde la mueca o mohín del cuadro es la más fructífera supervivencia. La suciedad, a veces, limpia, fija y da esplendor.

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