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Jaume Plensa: regreso a casa del hijo pródigo

viernes 16 de noviembre de 2018, 20:16h

Lo que pasa o está pasando con Jaume Plensa es algo español, muy español. Tras ser el artista internacional más cotizado, tras rifarse sus piezas los grandes museos del mundo, tras verse sus esculturas de Japón a Dubai, de Venecia a Jerusalén, de Nueva York a Singapur, de Shanghai a Canadá, nos damos cuenta en casa, siempre de sopetón, y se le hace exposiciones en el Reina Sofía y el Macba, además de ser investido doctor “honoris causa” en la Ciudad Condal. Nunca Plensa ha sido profeta en su tierra, nunca nos hemos enterado aquí quién era Plensa, jamás Plensa ha querido ser otra cosa que nómada y extranjero, pero tras brillar en el Millennium Park de Chicago, en la plaza Masséna de Niza, en el Meadows Museum de Dallas, en la sede BBC de Londres o en el Pérez Art Museum de Miami, por citar a cinco de los más incontrovertibles, nos damos cuenta y reparamos el desaguisado.

El puro cainismo español (“¡Ese que va a ser bueno si lo conozco yo!”) junto a este paletismo castizo de triunfar fuera para ser admirado en casa, de deslumbramiento por lo foráneo y desprecio de lo nativo, sí, nos damos cuenta de quién es Plensa y le dedicamos nuestro otoño más fantástico, cuyo punto inicial es la actual inauguración en el Palacio de Cristal del Retiro (sede expositiva del Reina Sofía). ¿Pero ustedes saben que ganó el Premio Velázquez? Vaya, pues no. El Palacio de Cristal es otro tras la intervención del internacional: mallas de acero que dibujan en el espacio los rostros inacabados de figuras suspendidas en el aire, atravesadas por la luz y detenidas en el tiempo. Su aliento es poético, su respiración espiritual. Algunos todavía recuerdan su entrada en la basílica de Santa María de Maggiore (Venecia, 2015) y allí, suspendida bajo la cúpula, una mano compuesta por ocho alfabetos (hebrero, árabe, chino, japonés, cirílico, griego, hindi y latín) mientras a la entrada de la nave, mirando al altar, una de sus cabezas a gran escala, realizada en rejilla de acero inoxidable, translúcida, parece desvanecerse ante la llegada del ser anónimo y común.

A partir del 20 de diciembre, durante un año, se instalará en la Plaza de Colón de Barcelona Julia, otra monumental cabeza de doce metros de altura, colocada bajo un pedestal donde se erigía la estatua del descubridor de América. Obra, creada ex profeso, que ya formará parte de la colección María Cristina Masaveu Peterson, mecenas de la idea y con puntos en común con el programa del Trafalgar Square de Londres (exponer obras, siempre temporalmente, de la mejor vanguardia). El agasajo finaliza con la exposición (del 1 de diciembre al 22 de abril del 2019) en el Macba: retrospectiva de las grandes donde se repasa toda su trayectoria creativa desde los años 80 a la actualidad. ¿Su última muestra en la ciudad? Hace veintidós años en la Fundación Miró, da hasta vergüenza confesarlo. Y justo antes de esto último, ya a toro pasado, doctor “honoris causa” por la Universidad Autónoma de Barcelona (6 de noviembre pasado) como uno de los cinco doctorados fundamentales en el cincuenta aniversario de la institución. Muy bien, los deberes están hechos, podemos dormir tranquilos, se han hecho las cuentas con Plensa, para nosotros es ya el mejor. Deprimente. Emblema de la desastrosa política cultural de estos pagos.

El creador no se altera y sabe del mapa de sus esculturas públicas: de Seattle a Tokyo, de México a Israel, con exposiciones en Dallas, Chicago, Francia o Suecia. ¿Lo más gracioso? Vive y trabaja cerca del aeropuerto de Barcelona. Es de lo que nos que no se ha ido, sí. Sus tres cabezas en posición de silencio no solo enfatizan la transparencia del Palacio de Cristal sino también la de su tierra. Plensa: el poeta de los rostros a gran escala, el hechizador de las cabezas, el brujo de lo conceptual, siempre en pacífico mundo interior, de lo pequeño a lo general, de lo particular a lo universal. Ciudadano del mundo y reivindicador o agitador público: “Un museo es un espacio público, y una galería, un teatro también. Lo olvidamos con frecuencia. A veces los museos parecen más fortalezas que se protegen que lugares que se expanden hacia la sociedad”; “La gente asocia esculturas en el espacio público con algo grande y yo he hecho piezas muy pequeñas; pequeñas de medida pero necesarias para el lugar. Detesto la palabra monumental, que no se asocia a lo grande sino a la conmemoración y la escultura debe hacer lo contrario, debe fijar el perfume que cada comunidad emana”. Un perfumista, sí, de viaje eterno por medio mundo, con el aliento en la nuca de la vomitona pestilente y eterna de su tierra para consigo.

Fue la viuda de Alighiero Boetti quien vio detrás de cada uno de sus trabajos una ofrenda literaria y así se lo dijo: “Jaume, cuando en los 60 trabajábamos la idea de texto no lográbamos encontrar una forma plástica, tú le has dado fisicidad”. A partir de ahí, en voz baja, él supo encontrar su poética: “Soy mediterráneo y todo lo tengo que tocar y acariciar, tengo los ojos en los dedos; hasta las ideas han de ser físicas, la luz es física para mí, la vibración también. Sería un conceptual físico”. Los ojos en los dedos y ahora, como analfabetos, te entregamos la patria en la mano, sí, porque nos hemos enterado de quién eres y lo que vales. Plensa, lector interminable de Shakesperare y Blake, de Baudelaire y Dante, en los libros rotos que le compraba su padre en el mercado de San Antonio. El retorno de la belleza en el día a día, cada vez más mugriento, de la gente común que ya no pasea por un parque cabizbaja. Cabeza blanca cerca de Liverpool y las lágrimas de los mineros al ver esa obra donde hace veinte años latía una mina. Cabeza Wonderland, en Calgary, Canadá, desde donde se ve el “skyline” de la ciudad. Cabeza de Ogijima, minúscula isla al sur de Japón. La primera de todas, hecha con un címbalo y una gota de agua que lo percutía, como si fuera un cuento, porque tocaba hablar del silencio y de la vibración de la materia. ¿Más silencio? No, por favor. ¡Ya somos listos! ¡Ya controlamos! ¡Ya pilotamos! ¡Estamos en la onda! Ahora toca la segunda parte del insulto, que es presumir de ello mientras seguimos siendo, a nuestro modo, absolutos voceras de nuestra ignominia. Pueblo español: ¡Dios te conserve la vista!

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