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TRIBUNA

Política matriarcal

Diana Plaza Martín
sábado 17 de noviembre de 2018, 19:17h

Esta semana he tenido el privilegio de escuchar a tres mujeres hablando sobre lo que es para muchos la clave para hacer de este mundo un lugar mejor: frenar la violencia contra las mujeres en general, pero particularmente en América Latina y específicamente en México; un país que en 2018 detenta la escalofriante cifra de entre 8 y 9 feminicidios al día según la fuente. Es decir, donde la violencia feminicida, la más extrema de todos los tipos que se inflige a las mujeres, no solo no cede, sino que aumenta. Ante este dramático escenario la pregunta que nos hacemos muchos es ¿Por qué? Cuestionamiento ante el que la antropóloga argentina, Rita Laura Segato, autora de entre otras muchas obras de Estructuras elementales de la violencia y La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juarez, la ex fiscal especializada para delitos violentos contra las mujeres Alicia Pérez Duarte y la abogada Carla Humphrey tienen un punto de acuerdo: la política patriarcal.

El miércoles, en el Foro Debate del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset en México, Carla Humphrey dibujó un extenso panorama sobre la violencia política contra las mujeres en razón de género, espacio en el que no solo habló de un ingente número de casos acaecidos en las pasadas elecciones, así como de las numerosas trabas institucionales a las que las iniciativas de ley propuestas para combatir este delito se ven sometidas, sino que también hizo hincapié en algo clave: el espacio político es un espacio de hombres, no en el sentido del sexo, sino del género, es decir, conductas y roles definidos por ellos y para ellos en los que la mujer debe insertarse; inserción que es prácticamente imposible (habría que ver si deseable) cuando muchas negociaciones no se cierren en los espacios de trabajo, sino en las comidas o cenas entre amigos a las cuales las mujeres no suelen estar invitadas. Esto es, la política se hace bajo reglas patriarcales definidas por el poder y los amiguísmos, lugar en el que las mujeres no son bienvenidas y, mucho menos, si éstas ya están en igualdad de número, aunque, lamentablemente, sigan sin estar en los puestos de poder.

Por su lado, Rita Segato en una de sus intervenciones en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México que llevó a cabo esta semana dentro de Cátedra de Teología Feminista , explicó que su dedicación a investigar las causas de la violencia contra la mujer llegó de la mano de la demanda de un jefe de policía de la ciudad de Recife en Brasilia, quien en 1993 solicitó a la universidad ayuda para comprender por qué habían aumentado los casos de violación en “una entidad trazada a compás y bien diseñada, como es la ciudad de Brasilia, que además es una ciudad para gobierno, de gobierno, porque no existe la industria, no hay nada contaminante en el aire”. Es decir, en una ciudad moderna y diseñada para ser el centro de la política de una emergente potencia económica, en la cual no han descendido las agresiones a mujeres desde que mencionado jefe de policía pidiera ayuda.

En referencia a México, Segato habló del caso que más conoce, Ciudad Juárez, para el que afirmó que el feminicidio “no es un problema de impunidad, sino un espectáculo de impunidad, que es exactamente lo contrario, es la exhibición a la vista de todos de que existe impunidad”. Es decir, es algo obsceno, que nos muestra sin tapujos aquello que no deberíamos ver, y lo hace porque aunque digamos que no, queremos verlo. Obscenidad a la que debemos sumar el argumento de Segato para explicar las violaciones tras sus años de investigación y trabajo con estos criminales en las cárceles de Brasil, “el violador es un sujeto moralizador” en el sentido de que la gran mayoría siente que está en el derecho de hacerlo ya que su víctima no es tal, sino todo lo contrario, es alguien que ha cometido una falta a la moral pública y debe ser castigada por ello.

Y es aquí cuando ya podemos mencionar el reclamo - fue el Estado- y no en el sentido de un Estado al que “podemos ir a tocar la puerta para que nos resuelva los problemas” como diría Segato, sino un Estado que somos todos y que entre todos debemos despatriarcalizar, es decir, romper con las relaciones de poder que marcan la vida pública. No obstante, esta lucha debe darse de forma diferente a la de los años setenta, en la que la consigna feminista era “lo personal es político”, ya que como Segato y Alicia Pérez Duarte reconocieron partiendo de su propia experiencia como feministas y la terrible situación actual, esta fue una equivocación, la violencia machista no se frena ni combate entrando a la vida pública, sino cambiándola. Momento en el que la consigna - La revolución será feminista o no será- cobra su máximo sentido, máxime en un entorno mundial en el que la extrema derecha está regresando al poder y con ella el señalamiento del Otro como el culpable de mi malestar y, por ende, como indeseables. Un Otro en el que siempre están contemplados los negros, los homosexuales y las mujeres indisciplinadas, es decir, todo aquello que no está dentro de la definición de poder de hombre-blanco-letrado-paterfamilias (la declaración tradicional dice heterosexual, pero yo suscribo el disenso de Segato sobre esta cualidad, ya que “sobre su sexualidad no sabemos nada, pero si sabemos que son dueños de una familia”), y que también hasta la fecha sigue quedando por fuera de la “Razón de Estado”; ese concepto bajo el que se han cometido atrocidades e injusticias, como señaló Pérez Duarte y que alberga toda esa carga simbólica que históricamente ha dado el lugar del gobierno y la razón a los hombres y de la emoción y los cuidados a las mujeres.

Para concluir mencionaré una sentencia lapidaria de Segato en relación a la situación actual mundial y particularmente referida a la victoria de Bolsonaro en Brasil, “estamos viviendo la terrible paradoja de que en Estados democráticos, votan sociedades fascistas”. Es decir, si es el Estado, pero el problema es que el Estado somos todos y todas y que ese Estado está respondiendo de forma violenta a los efectos de la crisis del capitalismo global iniciada en 2008 y no a través de tejer redes comunitarias ni relaciones de solidaridad. Y sino están seguros de todo eso, podemos preguntarles a los ya más de 2500 migrantes centroamericanos que, escapando del hambre y la violencia, se encuentran en Tijuana esperando para tratar de pasar al país de Donald Trump.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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