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TRIBUNA

Podemos, la droga y los niños

domingo 18 de noviembre de 2018, 19:30h

Cada ciudad tiene un lugar donde suelen acudir los que han perdido toda esperanza para poner fin a su vida. En el caso de Madrid es el viaducto de la calle Segovia, un sitio elevado en el que tuvieron que poner mamparas de cristal para disuadir a los suicidas. Lo hicieron tras arrojarse por él uno de tantos, que para mí no lo era. Se trataba de un buen amigo mío que, incapaz de superar su adicción a las drogas, decidió poner fin a todo.

“Manuel” era alguien normal que tomó decisiones equivocadas. Provenía de una familia estructurada, que había proporcionado a él y a sus tres hermanos una educación esmerada. No es que algo saliera mal en su caso; simplemente, la droga se cruzó en su camino. La maldita droga. Y todo empezó fumando un peta -resina de hachís u hojas de marihuana; no se, tanto da-. En un determinado momento aquello se quedó corto, y hubo que pasar a cosas más fuertes. Intentó dejarlo, pero no pudo. Su muerte dejó tocada a su familia, y un vacío que sus amigos no hemos podido llenar.

A raíz de aquello, tuve la suerte de tratar con enfermos de SIDA que aún se aferran a la vida. Es la última generación de la heroína que, abandonados por famita y amigos, han encontrado un último refugio al lado de las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta. La Iglesia -esa que Rita Maestre tan bien profana-, una vez más, acoge a quien más lo necesita. He visto morir a varios a lo largo de los años, fruto de un pasado cargado de excesos. Y tanto ellos como los que todavía sobreviven tienen un denominador común. Todos, sin excepción, comenzaron fumando un porro. Todos. Y todos coinciden en que esa primera decisión arruinó su existencia y la de sus seres queridos. Su experiencia, pues, es sumamente esclarecedora. Y bastante más valiosa, sin duda, de la de los “expertos” paniaguados al servicio del consumo libre.

“Los hombres intrínsecamente no confían en nuevas cosas que no han probado por sí mismos”. “La política no tiene relación con la moral”. Monedero, Pablo Iglesias y Errejón conocen a Maquiavelo de sus tiempos en Políticas, y bien que lo muestran. También su consejera en RTVE, Cristina Fallarás, quién se ha jactado más de una vez de haberse drogado y robar en supermercados. En consonancia, Podemos aboga ahora por despenalizar el consumo de cannabis porque “es beneficioso”.

Hay muchos frentes por donde atacar a una institución tan bonita e importante como la familia. Impedir que personas con bebés y mayores dependientes a su cargo puedan moverse libremente en coche -doy fe; ir con un carrito o con una persona con problemas de movilidad en transporte público es inviable muchísimas veces- por medio Madrid. Jugar con la moral de niños de 0 a 6 años -esto es cosa de la filial morada en Navarra, aunque la correa de transmisión no tardará en activarse- e incitarles a la homosexualidad. Y ahora, además, ponerles en bandeja que empiecen a drogarse cuanto antes. Créanme, no hay drogas duras o blandas; hay simplemente drogas. Unas llevan inexorablemente a otras. Y el resultado es de sobra conocido.

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