www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

En la muerte de Francisco Calvo Serraller

lunes 19 de noviembre de 2018, 20:12h

Americanas duras, de paño inglés. Jerséis de lana fina, en pico, con corbata. Sombreros en invierno y verano. Francisco Calvo Serraller (1948-2018) fue el crítico absoluto de arte en España. Yo le vi en la distancia, al menos en dos ocasiones, siempre solo, en el Museo del Prado, tomando notas en libretones de piel con estilográfica dorada y cara. Hay dos libros fundamentales en su haber (Los géneros de la pintura, El arte contemporáneo), hay dos divertimentos de pocas páginas y magia rotunda (El Greco, Breve historia del Museo del Prado), hay el humo y fuego dorado del articulismo sacrificado cada día en el periódico (Columnario, Extravíos), hay los muchos libros colectivos (El arte del siglo de las luces, El Bosco, La senda española de los artistas flamencos, El bodegón, Los tesoros ocultos del Museo del Prado, El arte de la era romántica, etc), hay la delicia estricta de la amistad (Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo, además del estudio dedicado bajo Eduardo Arroyo), hay el libro de la despedida (La invención del arte español), el capricho de ochocientas páginas (Teoría de la pintura del Siglo de Oro) y dos híbridos centrales en su trayectoria (Paisajes de luz y muerte: la pintura del 98, La senda extraviada del arte) junto a los manuales de estricta enseñanza universitaria (Del futuro al pasado: vanguardia y tradición del arte español contemporáneo, La imagen romántica de España: arte y arquitectura del siglo XIX, Enciclopedia del arte español, etc) y miles de catálogos.

Director del Museo del Prado, que conocía en exceso, miembro de la Real Academia de San Fernando, catedrático de la Universidad Complutense, honores a barullo, jamás la oscuridad fue en él una coartada. Todo lo escrito se le entendía, todo a las mil maravillas, y más didáctico no pudo ser. Jamás fue un crítico del “sí pero no”, de los acomodaticios y sin criterio. Ejemplifica –sin pedantería alguna, como ha reseñado Castro Flórez- una crítica de arte similar a Baudelaire. Vende una idea en cada artículo, acompañada de su perfil dandy y escritura tan lenta como sabrosa. Argumenta Fernando Castro: “En su escritura destacaba siempre el afán por evitar la acritud, la voluntad de ponderar desde el respeto, la intención de contextualizar históricamente”. Un tío elegante, vamos. Sin evitar polémicas –la mercantilización del arte, los juegos malabares de tantos galeristas- que no era más que distancia con el mercado y sus miserias sobre el vil metal.

He aquí lo fundamental: no fue un crítico académico, teniendo todas las academias, sino que sus rastreos y análisis están repletos de factores exógenos a la creación, sociedad y vida, tradición y presente/futuro, alrededores y carreteras secundarias. Su gran obsesión –es mi atrevimiento- fue la vanguardia. Así, en todos sus escritos, coletea por algún rincón, saca la cabeza por la ventana menos sospechada. Hablo de la vanguardia/vanguardia, aquella que dicta lo moderno/actual, siempre a la greña o destilada –he ahí su misterio y milagro- de una tradición específica. Es algo hoy en desuso: una escritura pensada, idea brillante antes que letra predecible. Terreno de la iluminación imprevista y el relámpago repentino.

Compré muchos de sus libros solo por la firma, solo por él, y me la traía al pairo el tema que tratase. ¿Deja un importante vacío? Sin duda. Muchos esperábamos de él un auténtico texto sobre teoría museística, sobre el museo del siglo XXI, sobre la miseria (¿política?) de los museos que tanto conoció, empezando por el del Prado, donde está un año, 150 días, y ni un minuto más. Manuela Mena, jefa de Conservación de Pintura del siglo XVIII y Goya, pinta el flash de ese final: “Su salida silenciosa, sin agarrarse al sillón, fue trágica, como tantos aspectos de su vida, pero fue de los pocos que se fue sin más, sin querer honores y otras dignidades, aunque siguió siendo desde la sombra de su amistad por algunos y de su dedicación a la Fundación de Amigos del Museo del Prado, uno de esos entes tutelares”.

Su periodismo era una cuestión civil, pronto se entiende al leer de golpe todos sus artículos, absoluto lujo para quien sabía lo complejo de meter la cultura tanto en la casa del pobre como del rico. Juan Cruz ha dado en otra diana: “La pintura era para él un correlato de la belleza que intentaba descifrar”. De los críticos ajenos a las maledicencias, francés por entero, humanista; su costura –sospecho- pretendía unir arte y vida sin vacíos de clase alguna. Antonio Gamoneda y José Hierro, tan premiados como austeros, dijeron lo mismo y muchas veces: que habían dejado la crítica de arte –objeto de sus primeros escritos en periódicos- porque “nadie podía decir lo que era el azul”. Serraller sí podía. Lo tengo muy claro: su luz era la del entusiasmo, con la que se construyen los mejores mimbres, ajeno a la España de la carroña –tuvo siempre pagados los garbanzos- y con otro pie subido a un estribo más peligroso, el de la esperanza por otro mundo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.