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El escupitajo: no hay respeto porque falta autoridad

miércoles 21 de noviembre de 2018, 20:14h

Insultos, broncas, matonismo, las acusaciones sempiternas de fascismo y, para terminar, de la que se marchan expulsados, el célebre escupitajo de premio al ministro Borrell. ¿Es lo anterior el buen tono debido a una de nuestras cámaras altas, el Congreso de los Diputados, casi con modos de arrabal o patio de monipodio? Se ha llegado demasiado lejos con el conflicto catalán, todo han sido paños calientes y arrechuchos, la situación final es la presente. Nunca ha habido autoridad y, por tanto, el respeto brilla por su ausencia. La desvergüenza humilla a todos los españoles.

El comportamiento soez, la mofa patibularia, las formas desmedidas, los andares bravucones, la befa y gallofa, son gestos propios de quienes son ignorantes de su posición, no saben dónde están y, lo peor de todo, no se les ha explicado ni exigido el protocolo mínimo a cumplir sin decesos. Convertir el Congreso de los Diputados en un bar de carretera, en una casa de putas, mancha a Ley y Orden, también a todos los españoles, porque mucho nos ha costado llegar aquí, tener una Constitución y unas Cámaras que nos defiendan y velen por nosotros. El espectáculo de ERC al completo, por mucho que se esmere Tardá en dar explicaciones, ha sido repugnante. El jefe de la cuadrilla, Rufián, merece una sanción. Y el autor del escupitajo, cuyo nombre evito, algo todavía más costoso. Nos veja, mancilla y ofende a todos.

Hace casi un lustro (2009) escribía el académico de la Española, novelista de éxito y periodista veterano Arturo Pérez- Reverte: “Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Solo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre”.

Ahora no solo gallean, pavonean, chulean… también escupen. Esto no es de recibo. La desvergüenza llega a sus cotas más altas, y el pueblo sigue mordiéndose los dientes, aguantando, soportando a esta banda de trileros (los nacionalistas de toda laya y condición) que piensan el país como propio, las cámaras altas como sus retretes privados, las leyes como un albañal más del Estado y no conocen más orden que el apetito, el antojo, lo que se les pone en la punta de la lengua y de la polla, en una macarrada insolente donde nadie, absolutamente nadie les explica cualquier principio mínimo de autoridad, pura morralla mientras los altos cargos condescienden y toleran. Ana Pastor los echó del hemiciclo. No nos equivoquemos: siguen mandando desde el bar de la esquina, abajo en la calle, el de los montaditos tan mono de todo un euro, donde muchos de ellos toman bacinillas de cerveza o güisqui. ¿Y qué hará ahora Pedro Sánchez? ¿Escupen a su ministro y aprueba con el gesto o se entera ya que sin ruptura no habrá salud?

Tiene mucha razón en sus letras Pérez-Reverte: esto lo que ha sido –desde el Procés a la entrada en las cámaras altas democráticas- es un negocio para muchos. “Estamos en política para forrarnos”, dijo el clásico. Tal vez no pueda evitarse, los votos se cuentan y no se interpretan, de acuerdo, pero para lo que no pueden estar en política es para vejar a nadie. Hay mecanismos, sanciones, patadas más o menos fuertes en el trasero, y vete a tu casa, muchachote, porque no tienes ni idea de la cámara en la que te encuentras. Fanfarrones, bravucones, matasietes, valentones, perdonavidas, balandrones, pendencieros, esbirros… eso son nuestros diputados catalanes, ERC, en este bochorno de lo ya dicho, no poder hacer nada y seguir mordiéndonos la lengua mientras todo lo sagrado se pisotea, vapulea y ensucia. Hubo gente que murió para que ese Congreso de los Diputados fuera algo. Resulta indignante que la bula no se acabe con tal de seguir gobernando a cualquier precio, por encima de lo que o quien sea.

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