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POR LIBRE

Los políticos que quieren quemar las urnas

domingo 09 de diciembre de 2018, 19:04h

La violencia como herramienta política se ha convertido en la artillería de los indignados, de los neocomunistas trasnochados, de los desesperados, de los delincuentes de la estelada. Y de los políticos que pretenden ganar en la calle lo que han perdido en las urnas.

En Francia, los “chalecos amarillos” llevan un mes manifestándose contra la subida del precio de los carburantes anunciado por el gobierno. Una reivindicación tan lógica como legítima. Pero a la protesta de los transportistas se han unido los colectivos más radicales, azuzados por los dirigentes de los partidos populistas tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha. Y los alborotadores se han hecho los dueños de la situación. Las algaradas, los actos vandálicos han arrasado el centro de París y de otras ciudades francesas. Los manifestantes han pasado de protestar por el coste de los carburantes a pretender derribar el Gobierno de Macron, el presidente francés que ganó ampliamente las elecciones con un ambicioso programa de reformas tan centrista como iluso. Y que llegó al Palacio del Elíseo por el temor de los electores a que Le Pen se hiciera con el poder. Y ahora quieren echarle los comunistas y los ultras mediante la violencia callejera, su mejor (o única) herramienta política.

En España, la responsabilidad de los dirigentes políticos es aún mayor. La fuerte irrupción de Vox en las elecciones andaluzas, tan legítima como democrática, ha desquiciado a los líderes del PSOE, de la extrema izquierda y a los separatistas catalanes. No digieren que hayan logrado limpiamente 12 escaños. Y lo peor: no quieren reconocer que el éxito del partido de Santiago Abascal se debe en buena parte a la torpe campaña de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias que, para perjudicar al PP y a Ciudadanos, han convertido a Vox en el auténtico protagonista de las elecciones andaluzas con el apoyo inestimable y permanente de sus televisiones amigas.

Pero ya nadie se escandaliza de estas maniobras políticas por torpes que sean. Lo grave, ahora, es la reacción de esa progresía ridícula que intenta presionar al PP y a Ciudadanos para que no se les ocurra pactar con Vox cuando ellos gobiernan con los proetarras, los golpistas y los ultracomunistas. O lo que es lo mismo: con los partidos más destructivos y antidemocráticos. Santiago Abascal a su lado parece socialdemócrata. Y lo que es peor, la ultraizquierda de Podemos, que se ha llevado un doloroso revolcón en las urnas, pretende huir hacia delante alentando a sus cada vez menos seguidores a tomar la calle para combatir a los “fascistas” de Vox. Y los escuadrones comunistas han hecho lo que más les gusta: extender la violencia por las ciudades andaluzas, incendiar contenedores, destruir el mobiliario urbano. Quieren combatir las urnas con sus desquiciadas batallas campales. La democracia en estado puro.

Cataluña no podía quedarse al margen. A unos grupitos de defensores de la unidad de España liderados por Vox se les ocurrió celebrar el 40 aniversario de la Constitución manifestándose en Tarrasa y Barcelona. Tamaña “provocación fascista” no podía quedarse sin respuesta, como así comentaron célebres tertulianos de las televisiones amigas de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias y, naturalmente, de TV3. Los terroristas de los CDR tomaron buena nota de las consignas y se dispusieron a reventar las concentraciones, a agredir a los incautos que ondeaban banderas españolas con palos, cócteles molotov y demás artillería. A los Mossos se les ocurrió, cumpliendo con su obligación de preservar el orden público, impedir que los radicales independentistas se abalanzaran con sus armas contra los manifestantes. Y gracias a la impecable actuación de la policía autonómica, los concentrados salvaron el pellejo.

El presidente marioneta Quim Torra que andaba por Eslovenia en busca de la República perdida entró en cólera contra los jefes de los Mossos por haber frenado a sus amigos terroristas que solo querían aplastar a unos cuantos “fascistas” que habían osado mancillar el suelo catalán con su mera presencia. Pero las purgas ya están en marcha. El presidente de la Generalidad va a destituir a los policías que preservaron la seguridad ciudadana, que impidieron que unos ciudadanos catalanes fueran agredidos por otros. Ahora, los Mossos serán meros espectadores de las algaradas de los CDR como ya ocurrió este domingo cuando las hordas independentistas cortaron la autopista AP7. En los monumentales atascos quedaron atrapados decenas de miles de catalanes que salían a pasar el día y cientos de camioneros que se encontraban trabajando. La policía autonómica, como no podía ser de otro modo, ni se inmutó.

Quim Torra resulta el mejor ejemplo de la violencia como herramienta política. Para él, como para Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, son demócratas los que les votan a ellos. Los demás son unos fascistas a los que hay que echar del tablero político. En un caso, con los escuadrones terroristas de los CDR; en otro, con los radicales de extrema izquierda, y para el presidente del Gobierno, intentando que el PP y Ciudadanos no pacten con Vox, por ser un partido autoritario y antieuropeo. A fin de cuentas, él gobierna con el apoyo de reconocidos demócratas y defensores de la ley como Bildu, ERC, el PDcAT y Podemos. Que no es lo mismo.

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