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TRIBUNA

Roma

Diana Plaza Martín
sábado 15 de diciembre de 2018, 19:10h

Hoy, día de publicación de este artículo, es la tercera jornada de Roma en el sitio web Netflix. Si es lector español probablemente no sepa que es Roma, en México, sin embargo, es todo un hito, tanto que el jueves 13 se proyectó en Los Pinos, antigua residencia presidencial, hoy museo testimonial de la vida que tenían los jefes de gobierno y sus familias. Yendo al punto, Roma es una película dirigida por Alfonso Cuarón que narra la vida de una familia, la propia del director, en el México de principios de los años 70. De la película se podrían comentar muchas cosas, y de manera general les recomiendo que vayan a verla (por eso les indico lo de Netflix), está muy bien hecha, aunque, es cierto, que no sé cómo este tipo de películas tan mexicanas pueden conmover a público externo. Por ejemplo, y sin ánimo de spoilear, yo, que llevo diez años viviendo en México, y sin saber que la película trataba ese tema, sentí cuando iba a llegar el momento de El Halconazo o la matanza del jueves del Corpus Christi. No sé realmente por qué tuve esa sensación, pero efectivamente, a los minutos de haberla tenido aparecieron los miembros del ejército, expresidiarios, veteranos del 68 y otros jóvenes entrenados en las artes marciales y paramilitares, para masacrar a los jóvenes manifestantes a plena luz del día, en medio de la calle y sin ninguna repercusión posterior. Es más, en este caso, el responsable, el presidente Luis Echeverria, Secretario de Gobernación durante la matanza de Tlatelolco, a diferencia de su predecesor en el cargo, Díaz Ordaz, nunca asumió la responsabilidad de los hechos. En todo caso, pareciera que da igual reconocer o no, ya que hasta el momento ningún presidente ha sido encontrado culpable (ni enjuiciado en términos generales) de ninguna de las matanzas llevadas a cabo durante sus mandatos.

Pero, como les decía, de Roma se pueden comentar varias cosas y a mí me llamó profundamente la atención la familia de clase media que aparece en la pantalla. Una familia en la que el padre es un médico del Instituto Mexicano del Seguro Social, es decir, de la seguridad social pública y una madre que es profesora; trabajos normales con los que la familia tiene una casa en la colonia Roma, de ahí el nombre de la película, un coche, 4 hijos y dos jóvenes indígenas que les “ayudan” con las tareas del hogar y el cuidado de los hijos, el perro y la abuela.

Cualquiera que lea esto, sin importar si es mexicano, creo que puede saber que, en la actualidad, es muy difícil poder mantener todo eso, además de irse de vacaciones a la playa, con dos trabajos como los señalados. Es decir, yo veo Roma y lo que veo es una clase media que ya no existe, que dejó de existir en la década de los 80.

En algún momento fui a casa de un amigo y conocí a su madre y a su tía, al salir de la cena le dije, me han encantado, son señoras alemanistas, es decir, del período al que da nombre la presidencia de Miguel Alemán tras la II Guerra Mundial. Mi amigo no sabía a qué me refería, ante lo que aclaré, son señoras de clase media, es decir, personas que con su trabajo y el acceso a la educación superior pública pudieron prosperar y vivir bien, sin grandes lujos, pero adecuadamente. En ese instante, mi mente también se fue al libro de José Emilio Pacheco, Las Batallas en el desierto, y pensé a esas dos estupendas mujeres con las que había quedado a escuchar el segundo debate para las presidenciales, alegrándose porque en sus cocinas entraban electrodomésticos que les hacían más sencilla la vida en casa, ya combinada con su incorporación al mercado laboral. Desconozco si algo de esto tiene que ver con la realidad, pero esa fue mi anterior experiencia - Roma-.

Pero esto no es una columna de crítica de cine y, por ende, lo que yo quería decir con todo esto, es que esa clase media que vivía bien, compraba su casa, su coche, tenía dos o tres hijos y sentía que si trabajaba y mandaba a sus hijos a estudiar a las mejores universidades a estos les iría bien, ya no existe.

Hace poco me reuní a cenar con varios amigos, todos ellos licenciados, y nos dimos cuenta que la mayoría en la mesa trabajaba como profesional de lo suyo para empresas de renombre sin goce de ninguna prestación social. Por el momento, repito, todos jóvenes, vivimos bien, pero sin la posibilidad de hacernos con un patrimonio, ahorrar y, por supuesto, teniendo que pagar tu propio seguro médico y, aunque creo que nadie lo hace, aportando a un plan de pensiones privado. En resumen, todos respiramos porque pensamos que, en algún momento, ganaremos lo suficiente para poder tener una vejez digna y, si no, al menos nos quedará la casa de nuestros padres (esperando que a los demás hermanos les vaya mejor, claro).

La película, y creo que es lo central, también recoge la dura existencia de las mujeres que sufren diferentes tipos de violencia a manos de sus parejas sentimentales o sexuales. En este caso, es obvio la distancia que hay entre la pobre y la rica, pero, al final de cuentas, ambas son violentadas, dejadas a cargo de los hijos y con la necesidad de salir adelante a través del apoyo mutuo. En eso, fíjense, que tampoco hemos tenido ningún cambio, tal vez incluso hemos ido a peor con las facilidades que da la globalización para el tráfico y abuso de personas.

Hoy día Roma es una buena colonia de la Ciudad de México, yo, sin ir más lejos, he vivido ahí y me gusta la vibra clasemediera que respira. Obviamente, teniendo en cuenta que en México hay 50 millones de pobres, para muchos la colonia no es clase media sino alta o altísima, y tienen razón.

América Latina siempre se destacó por ser la región más desigual del mundo, algunos países de la región con los gobiernos del ya casi olvidado “giro a la izquierda” consiguieron revertir un poco la situación, al sacar a una parte de la población de la pobreza extrema, pero la realidad es que la desigualdad social racializada es una constante que uno puede respirar diariamente. Yo creo que una gran parte de las personas vivirían muy felices teniendo una casa, un coche, unas vacaciones al año en la playa más cercana y cada 4 o 5 años un poco más lejos, un par de hijos y un perro; sabiendo que si se enferman pueden ir al hospital sin tarjeta de crédito mediante y que sus hijos van a poder estudiar con calidad sin necesidad de endeudarse. Por ello, cuando se habla de la necesidad de reducir algunos salarios, quitar ciertas prestaciones, como el pago de seguro médicos privados a los trabajadores del estado, creo que se tiene razón. Construir un sistema público de calidad en educación y sanidad cuesta mucho dinero y ha costado muchos años de lucha social en diferentes partes del mundo. Acá, en México, esa lucha por unos servicios de calidad públicos no se ha dado. La desaparecida clase media reencarnada en jóvenes que viven el aquí y el ahora, con esa sensación de que cada uno con sus super poderes podrá ser exitoso y no se verá en la necesidad de tener que usar los servicios públicos masificados y con mediana calidad, no lucha por ellos. Por ello, considero que, si los millones de trabajadores del Estado se ven abocados a utilizar los servicios públicos, tal vez, trabajaran en serio porque estos sean de calidad digna para todos y no solo alcancen la calidad digna, según ellos, para que lo usen los que no pueden pagar otra cosa mejor. Es sencillo, es insoslayable luchar por la construcción de un Estado del Bienestar inclusivo, de lo contrario, no esperen que bajen las cifras de violencia, ni tampoco que las personas dejen de querer migrar hacia países en los que la gente disfruta de forma mayoritaria de lo mismo que la familia de Roma.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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