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TRIBUNA

Navidad: mensaje portentoso

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
martes 18 de diciembre de 2018, 20:11h

Aprestándonos a celebrar la nochebuena, amerita reflexionar sobre los elementos cardinales del misterio que ella encierra. Lo primero es advertir que esencialmente celebramos un acontecimiento; no una doctrina moral, ni una teoría teológica, sino el nacimiento de quien murió martirizado asegurando que su propósito de vida lo fue proclamar la verdad. El problema ha sido la escandalosa dimensión de esa verdad: afirmar que es Dios encarnado. De ahí que el erudito C.S. Lewis aseguraba que, frente a la persona de Jesucristo, no había manera de permanecer indiferente, pues a partir de quien Él afirmaba ser, solo habían dos caminos: o era el demente más grande de la historia, o en efecto, es quien dijo ser. En su favor, habla una vida coherente y sacrificada en función de su misión de vida y la realidad de una prueba testimonial implacable; en este punto la experiencia nos permite reconocer que una persona podría estar dispuesta a morir por ideas que cree ciertas aunque no lo sean, pero nunca por hechos que sabe falsos. Así pues, ¿qué sucedió en el itinerario de vida de quienes siendo testigos de sus obras y conducta, concluyeron de forma implacable con la frase “¡verdaderamente tú eres el hijo de Dios!” (S.Mateo14.33)? Me refiero a testigos que prefirieron morir martirizados todos, antes que negar que lo hubieran visto resucitado. Según los datos que nos proporcionan los evangelios, se convencieron gradualmente de acuerdo a lo que fueron observando. Por ello “ver” es el verbo más usado en los evangelios: 100 en el escrito por Mateo y 220 en el de Juan. En un contexto como el de la Palestina del Siglo I, ocupada por el brutal régimen de Tiberio César, aquello literalmente era un asunto de vida o muerte; no podía tratarse de una romántica disquisición de ideas, ni mucho menos de simples ensoñaciones y sugestiones, sino de“…lo que hemos visto con nuestros ojos…eso es lo que os comunicamos” (1Juan1:1-3).

Ahora valoremos el segundo aspecto, el inconmensurable milagro que implicó su mensaje, de cuyo impacto Él mismo dio fe al asegurar: “…mis palabras no pasarán” (S. Mateo 24:35). Pues bien, ciertamente el mensaje que la Navidad encierra, es esencialmente del porqué de la existencia y de la proclamación de la verdad, un concepto que el historiador Cesar Vidal resume en una expresión: Dios viene al encuentro del hombre, -y en tal aventura-, se entregó a la muerte de cruz pagando el precio del pecado, y como testimonio de vida coherente.

Por demás durante dos milenios, el mensaje de la navidad debió enfrentar cuatro grandes contrapoderes que representaron una inexorable amenaza a su existencia, prevaleciendo éste pese a las enormes oposiciones que enfrentó. La primera amenaza fue el imperio romano, que pretendió acabar con él desde su mismo nacimiento. Como civilización Roma se acercaba al dominio total de la cultura del siglo I, y a diferencia del concepto de dignidad humana que sembró la cultura cristiana, en todo el mundo antiguo el hombre valía por su poder y sus posesiones. Pero el mensaje de la Navidad prevaleció frente al paganismo, no por el uso de la fuerza, sino porque, pese a la violencia dirigida contra el cristianismo, respondió con caridad frente a un mundo antiguo que no la conocía, abriendo sus brazos a los humildes y débiles. Como perenne es la hierba en las praderas, se consideraba que Roma sería eterna; nadie entonces sospechaba que el imperio tendría final. Después de su desplome, arribó la larga noche del caos bárbaro, que acabó con la civilización de su tiempo. Cuando se desintegró la cultura grecolatina, el mundo fue azotado por bárbaros de diferentes procedencias; vándalos, eslavos, mongoles, bereberes, hunos y pictos devastaron las pocas ciudades que a duras penas subsistían tras la caída imperial. Los historiadores aún se asombran al testificar cómo el cristianismo pudo sobrevivir al cataclismo que los bárbaros representaron. De hecho, el descomunal desafío de reconstruir la cultura europea destruida por el caos vandálico, fue un esfuerzo de siglos y un logro monumental de la entonces incipiente cristiandad. Así, el mensaje navideño logró preservar el legado del mundo clásico y fundamentó la cultura occidental como no lo ha hecho ninguna otra cosmovisión.

El tercer reto que enfrentó la “cultura de la navidad” fue el poderío del imperio otomano. Este fue la más grande manifestación del poder musulmán en los siglos, que se prolongó desde inicios del siglo XIV y hasta comienzos del XX. Uno de los objetivos culturales de aquel imperio, fue la imposición del ideario musulmán, y con ello la abolición de la cultura de la navidad. En su punto de máxima expansión, llegó a abarcar una importante fracción del sureste europeo, el medio oriente asiático y el norte de África. Sin embargo, con el último cañonazo lanzado en la primera guerra mundial, acabó la amenaza del imperio otomano, y el mensaje de la navidad aún prevalecía. El cuarto gran contrapoder que amenazó a la cultura de la navidad, fue el laicismo materialista, que dio sus primeros pasos en la Europa del siglo XVIII y se consolida con la doctrina marxista y el poder de los soviets en Europa del este. El siglo XX vería la proscripción del mensaje de la navidad no solo en esos territorios, sino también en aquellos en donde el neopaganismo nazi azotaría. No obstante cuando el poderío fascista se derrumbaba a mediados del siglo XX, y el soviético al finalizar esa misma centuria, la intensa y cegadora luz de la estrella de Belén aún prevalecía vigorosa y destellante.

Los escépticos y bienpensantes, confrontan la idea de que el mensaje del pesebre no es otra cosa más que una simple ensoñación. Pero como bien lo plantea el filósofo español José Ramón Ayllon, si la fe en el misterio de la navidad es absurda, habría que preguntarse ¿qué encierra ésta que ha sido razonable para miles de hombres cultos a través de tantas y tantas generaciones, y tantos cataclismos históricos?, ¡¿Qué misterioso designio ha hecho que esa quimera permanezca erguida viendo derrumbarse, por el poder de su esperanza, a tantos contrapoderes, imperios, revoluciones y contrarrevoluciones que se le opusieron?! ¡¿Qué poderosa fuerza hace que, una vez que se da por muerta la esperanza en el pesebre como si fuese un fenómeno del ayer, ésta repentinamente se asoma firme y atrevida hacia el futuro?!

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Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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