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POR LIBRE

¡Que la República no existe, idiota!

domingo 23 de diciembre de 2018, 19:42h
Mientras Barcelona ardía por los cuatro costados, Pedro Sánchez, embutido en un ajustado traje azulón, paseaba a grandes zancadas, sonriente y ufano, desde el hotel donde había desayunado con Ada Colau hasta el edificio de la Lonja del Mar para celebrar el Consejo de Ministros. A lo lejos, muy lejos, y no en TVE, podía escucharse algún grito de protesta, alguna carga policial. Pero se respiraba tranquilidad en un hermoso día soleado.

Rodeado por su ejército de asesores, escoltas, secretarios y quizás el piloto del Falcon, el presidente del Gobierno se mostraba satisfecho del éxito de su visita a Barcelona. Como repitieron cual papagayos Carmen Calvo y varios ministros, todo había funcionado con normalidad. En realidad, Pedro Sánchez estaba convencido del grandioso éxito que había logrado tras reunirse con Quim Torra, como podía escucharse en las televisiones amigas, que ya son todas. Se había impuesto el diálogo y la policía había evitado que uno pocos gamberros arruinaran la glamorosa presencia del Gobierno bonito.

Se desconoce si el presidente y su séquito lo sabían, o lo han querido saber. Pero las crónicas y las imágenes recogen lo que en realidad estaba pasando alrededor de esa burbuja de paz que construyeron los policías para el paseíllo de Sánchez, cual torero atravesando el albero de Las Ventas en San Isidro. Los cachorros de su amigo Quim Torra habían cortado las autovías de acceso a Barcelona, impidiendo que los transportistas llevaran su carga a buen puerto y los trabajadores llegaran a sus empresas. En 50 carreteras se produjeron atascos kilométricos de varias horas a lo largo y ancho de Cataluña. Los mossos contemplaban tranquilamente la bucólica escena fumándose un puro mientras los terroristas de los CDR apilaban neumáticos y desmontaban los raíles de las autovías para cortar el tráfico. Algunos automovilistas se enfrentaron a los alborotadores, pero los policías de Torra no estaban para líos. Eran meros espectadores. Cientos de miles de catalanes sufrieron desesperados las interminables retenciones. En esos momentos, Pedro Sánchez y Ada Colau desayunaban tranquilamente sendos zumos de naranja y un par de cafés con leche, mientras intercambiaban regalitos. En efecto, la paz se respiraba en el ambiente. “¡Qué bonita es Barcelona!”, le comentaba emocionado el presidente del Gobierno a la alcaldesa.

También el edificio de la Lonja del Mar fue un remanso de paz. Entre tapices granates y hermosas obras de arte, sentados alrededor de una enorme mesa bruñida, los ministros aprobaban la subida del salario mínimo, el incremento del sueldo de los funcionarios (que hay elecciones a la vista) y lanzaban un guiño a sus cariñosos anfitriones bautizando al aeropuerto de El Prat con el nombre de Josep Tarradellas, regalando unos cientos de miles de euros para infraestructuras (se desconoce si para obras en Bruselas o en Cataluña) y, sobre todo, anulando el juicio a Companys de hace 80 años. Toda una proeza. La valentía del Gobierno socialista rechazando ahora el veredicto de los tribunales franquistas ha recibido una calurosa ovación en todo el orbe progresista. En España, las televisiones todas y los muchos periódicos en manos de progres del 68 lo celebraban como un acontecimiento histórico.

Durante estas decisivas deliberaciones del Gabinete del doctor Sánchez, Barcelona ardía. Los cachorros de Quim Torra se enfrentaban a la policía con cargas tan bien coordinadas que parecían marines americanos. Naturalmente, muy pocos barceloneses pudieron acudir a su puesto de trabajo, se blindaron los comercios y se cerraron los colegios. Se paralizó la vida ciudadana. Solo había violencia, humo, ruido y miedo. Pese al colapso de la ciudad, los ministros del Gobierno se felicitaban por la normalidad con que había transcurrido la excursión. Un éxito redondo. Total: más de 70 heridos, la mitad mossos, y 13 detenidos o retenidos, porque ese día durmieron en su casa. Y es que hay que respetar el derecho de manifestación, aunque sea con cócteles molotov.

Pero lo mejor ocurrió esa misma tarde. Después de que Pedro Sánchez aceptara las exigencias de Quim Torra para celebrar por todo lo alto la reunión de “los dos Gobiernos” de igual a igual y de omitir cualquier referencia a la Constitución en ese documento escrito por algún analfabeto. Después de compadrear con quien hace ya mucho llamó el Le Pen español, varios dirigentes de la Generalidad insultaban al Ejecutivo por haber provocado los incidentes al celebrar el Consejo de Ministros en Barcelona y aprobar medidas que nada tenían que ver con Cataluña. Que esos gestos no sirven de nada. Ni Tarradellas, ni Companys ni los euracos para el palacete de Waterloo les parecen suficiente. Y es que, en realidad, ellos solo quieren el referéndum de autodeterminación para proclamar la República. Aunque como le dijo un mosso a un manifestante en medio de la revuelta, “la República no existe, idiota”.

Pero todo es cuestión de tiempo. Porque si Pedro Sánchez sigue necesitando en el futuro el apoyo de los escaños de Torra y sus secuaces para permanecer en La Moncloa puede aplicar un decretazo para contentar a sus simpáticos socios. Un decretazo democrático, eso sí. De momento, los leguleyos del Gobierno ya elaboran los documentos para conceder el indulto a los políticos separatistas encarcelados cuando los fascistas del Tribunal Supremo se atrevan a condenarles. El presidente marioneta de la Generalidad sabe que con Pedro Sánchez amarrado a la poltrona de La Moncloa todo es posible. Incluso, la República. Habrá que esperar para saber quién es, al final, el idiota.
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