www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MINGOTE, CIEN AÑOS

jueves 17 de enero de 2019, 09:47h
Publicamos anteayer el artículo que Luis María Anson dedicó a Antonio Mingote en la tercera...

Publicamos anteayer el artículo que Luis María Anson dedicó a Antonio Mingote en la tercera del ABC verdadero cuando el genial humorista fue elegido académico de la Real Academia Española. Reproducimos a continuación el artículo que Anson escribió sobre Mingote en el diario El Mundo, a la muerte de aquel personaje excepcional.

“Tengo que esforzarme muchas veces para no regalarle mi lápiz a un pobre y echarme a llorar”. A lo largo de mi dilatada vida profesional no he conocido a nadie tan firmemente instalado en el progresismo profundo como Antonio Mingote. El genial dibujante estuvo siempre a favor del pobre y en contra del rico, a favor del débil y en contra del fuerte, a favor del negro y en contra del blanco, a favor de la mujer y en contra del hombre, a favor del niño y en contra del adulto, a favor del subalterno y en contra del jefe, a favor de las pequeñas naciones marionetas frente a las grandes que manejan los hilos de la farsa.

Durante setenta años, Antonio Mingote ha sabido vendar con su lápiz las heridas del pueblo. Ha sido capaz de resumir en una viñeta el subconsciente colectivo, lo que piensan centenares de miles de ciudadanos sobre el último acontecimiento de actualidad. Con su trazo independiente y libre ha desembarazado a los lectores de las cadenas del convencionalismo, del agobio de las buenas costumbres falsas, del puritanismo hipócrita que seca la inteligencia y entumece el alma.

Antonio Mingote, he dicho alguna vez, pintó los muros cárdenos de la España de Franco, desmontó la falacia del Movimiento Nacional con Gundisalvo y su bigotito falangista, impulsó la España de las libertades que defendía su gran amigo Juan III desde el exilio en Estoril, denunció la superficialidad corrupta de una parte de nuestros políticos mediocres, descarnó la esterilidad de los nacionalismos discriminatorios que despedazan a la nación española. “Cinco por cuatro son veinte en mi Comunidad Autónoma. ¿Y en la tuya?”, le pregunta un niño a otro en una viñeta del genio del lápiz.

Durante los últimos setenta años, Mingote colocó un espejo delante de la sociedad española para reflejarla como es, para explicarnos, con humor y ternura, cómo somos. El asombroso dibujante no ocultó nunca su admiración por el ácrata, por el pasota, por el vagabundo al borde del camino, por el escritor que luchaba por escapar de la cripta de la dictadura, por el periodista que denuncia el dogmatismo estéril, por el ciudadano que combate el inmovilismo, por los hijos de la ira, cobijados apenas bajo los harapos de la Historia.

Denunció Antonio Mingote en una viñeta inconmensurable a aquel guardia civil que con riesgo de su vida salvó a una niña de las inundaciones en Vizcaya y fue asesinado después por un etarra bestial. Dibujó las mejores portadas que engrandecieron el ABC verdadero. Y con los noventa años cumplidos, presentaba en unas viñetas a un etarra que yacía encapuchado en el suelo, con el hacha y la serpiente sobre el pecho, y llegaba Zapatero, le sonreía y le decía: “Levántate y anda”. Y el etarra resucitado escapaba pistolón en ristre.

Entre los diez mejores libros del siglo XX español figura Hombre solo, de Antonio Mingote, junto a La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset; Sonetos del amor oscuro, de García Lorca; Sobre la esencia, de Xavier Zubiri; La agonía del cristianismo, de Unamuno; El príncipe destronado, de Miguel Delibes; Jardines lejanos, de Juan Ramón Jiménez; Poemas de la consumación, de Vicente Aleixandre; Tirano Banderas, de Valle-Inclán, y la Historia de los heterodoxos españoles, de Menéndez Pelayo.

He tenido la suerte de que mi vida profesional haya transcurrido en gran parte junto a Antonio Mingote. Desde hace quince años, compañeros en la Real Academia Española, nos hemos sentado todos los jueves uno al lado del otro, en los plenos. Nunca le escuché una palabra de rencor, jamás una invectiva. Mingote era sustancialmente un hombre bueno, al estilo de Machado, incapaz de hacer daño a nadie, generoso en el juicio, dispuesto siempre a sufrir las flaquezas del prójimo. Le ayudó, sin un desfallecimiento, esa mujer excepcional que es Isabel Vigiola. Le ennobleció y se ennobleció Juan Carlos I al otorgarle un título. España ha perdido con Antonio Mingote a uno de los nombres verdaderamente grandes del siglo XX. Deja el genio una gigantesca obra torrencial que se agavillará pronto en el Museo Mingote. Pero su persona estará siempre por encima de su obra. De Mingote se podría decir, como en el verso náhuatl: “Era un hombre ciertamente sabio. Solía dialogar con su propio corazón”.