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TRIBUNA

México y Venezuela

Diana Plaza Martín
domingo 27 de enero de 2019, 19:24h

Tal vez, el único que no habla de Venezuela en el mundo político en este momento es el presidente de México. Me refiero a que no habla de forma literal ya que, ante este tema, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) cede siempre la palabra al especialista en la materia, el canciller Marcelo Ebrard.

Este acto, tal vez pueda parecer a los lectores no relacionados con la forma de dirigir la política del AMLO algo lógico, pero en el país en el que de lunes a viernes el presidente del ejecutivo da una rueda de prensa a las 7am, es algo que llama la atención. Es decir, el Presidente habla de cuanto valen las “pipas” (camiones cisternas) que se van a comprar en EEUU para garantizar al abasto de gasolina, dato técnico que bien podía dar cualquier otro, y no habla de la posición en materia de política exterior del país frente a lo sucedido en Venezuela el pasado 23 de enero.

A mí, en lo particular, también me llama la atención que muchos se indignen ante esta delegación de poder del Presidente, cuando durante toda la campaña electoral las preocupaciones de una gran parte de estas mismas personas era que AMLO concentrara todo el poder. Pero contradicciones aparte, la política exterior nunca fue tema central del proyecto de AMLO y, en ese sentido, seguimos igual.

El ejecutivo actual piensa que “la mejor política exterior, es una buena política interior”. Traducido al cotidiano, si quieres que vengan inversiones, turismo y ser un referente para otras naciones, lo primero es hacer bien las cosas en casa. Por ello, AMLO no viajó a Davos y prefirió quedarse en casa arreglando el tema del huachicoleo (esta ya no la subtitulo).

En todo caso, la postura mexicana ante este hecho era por todos conocida. Desde que la administración asumió el primero de diciembre del año pasado dijeron varias veces que en este rubro la doctrina a seguir era la recogida en la Constitución desde 1930. Esta doctrina, conocida por el nombre de Estrada en honor al Secretario de Relaciones Exteriores de ese momento, establece que México observará los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos; lo que en la literatura se llama una visión cerrada de la soberanía por la que nada justifica la intervención de un gobierno en los asuntos internos de otra nación.

Aplicado de forma directa a Venezuela del 23 de enero, no es que México no reconozca a Juan Guaidó y defienda a Maduro, como sería claramente el caso de Rusia y Erdogan, quién al parecer llamó a su homólogo para transmitirle sus sentimiento de empatía como víctimas de golpes de estado, sino que considera a cualquiera de las acciones un injerencia en los asuntos internos de Venezuela y, por ende, algo que siguiendo sus lineamientos constitucionales en la materia no va a realizar.

Obviamente, algunos lectores pensarán que esta doctrina pareciera la del justo medio, o la de mirar para otro lado, pero puede que no lo sea tanto. Si nos remitimos al momento en el que fue generada, la doctrina es hasta revolucionaria. De hecho, podríamos decir que lo es literalmente, ya que emana de los primeros gobiernos posrevolucionarios que trataban de colocar a México en el concierto internacional a pesar de EEUU.

La historia detrás es muy vieja y muy actual a su vez. Con la victoria de la revolución en el país muchos “inversionistas” vieron sus beneficios mermados ante las nuevas políticas. Por ende, EEUU trató durante un largo tiempo de que su vecino restableciera el “orden” y garantizara sus “inversiones” presionando el plano internacional desde la Sociedad de Naciones. La respuesta mexicana ante estas maniobras, fue un cambio de paradigma en la política exterior que impidiera este tipo de acciones.

Con este doctrina protagonizó momentos claves para su orgullo internacional como la condena ante la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos orquestada por EEUU tras la victoria de la Revolución en la isla y, por supuesto, el recibimiento de los exiliados de la República Española tras la victoria del dictador en la península al que nunca reconoció. En este - no reconocimiento- es en que la comunidad española exiliada se sintió amparada, cuando los años del franquismo continuaban y las democracias europeas y EEUU normalizaban las relaciones con el gobierno nacido de un golpe de estado. Así mismo, en los años 70 tampoco reconoció a los gobiernos emanados de los golpes de estado empujados por la CIA a lo largo de la región, sino que se limitó a retirar su presencia diplomática y dar asilo a los perseguidos políticos.

La crítica que se le hizo en su momento, y que se reitera ahora, es sobre la supuesta moralidad de la neutralidad de México ante situaciones que requieren la atención del mundo. No obstante, creo que históricamente este país ha hecho mucho más por los perseguidos del fascismo y otros asesinos, que la gran mayoría del orbe.

En conclusión, tal vez AMLO no vaya a Davos a hablar seis minutos como Bolsonaro, pero, por ejemplo, está tratando dignamente a las personas que están cruzando su frontera sur por primera vez en muchos años. Cierto es que Venezuela vive una situación muy compleja en la que mucha gente lo está pasando muy mal, pero tensar la cuerda desde un despacho de la Casa Blanca tal vez no sea la mejor opción. Al menos no lo ha sido históricamente.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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