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AL PASO

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, releída

martes 05 de febrero de 2019, 20:16h

Habíamos quedado en una columna anterior en resaltar, cuando se habla de la Constitución, las ventajas de la interpretación genética, frente a la interpretación sincrónica, esto es, sistémica u ordinamental. La intelección diacrónica de la Constitución, tratando de hallar lo que sus autores habían querido significar, especialmente cuando queremos entender los valores o la parte principialista de la Carta Fundamental, significa convocar a tal tarea a otros sujetos que los constitucionalistas, hablemos de los historiadores, sociólogos, politólogos, literatos y tuttiquanti. Ello habría de redundar en un incremento de la legitimidad de la propia Constitución, renovando sus posibilidades de entendimiento, de acuerdo, también, con lo que la comunidad nacional, en su evolución, pudiese demandar.

Un poco este planteamiento es el que está detrás de la lectura que yo había hecho de la Constitución de 1978 como criatura de la Transición, en donde el constituyente había plasmado la idea de la política de quienes la hicieron, y que podía ser sintetizada en la categoría del consenso como base del juego político democrático; el pacto entre los nacionalismos como sustrato de la organización territorial; la admisión de la Corona como instancia suprapartes, aunque sin poder político propio, aceptada también por todos; y la atribución al poder público de un rol nivelador y garante de la cobertura mínima de las necesidades materiales del común de la gente, como exigencia indeclinable de la dignidad de la persona.

Pensaba que esta óptica originalista era también apropiada para hacer una evaluación general de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, que me parece que es el enfoque de algunos trabajos de conmemoración de su septuagésimo aniversario, como es el caso, sobre todo, del publicado en un reciente número del Times LiterarySupplement de la profesora de Derecho Internacional de Londres Geraldine Van Bueren. Este texto en primer lugar, trataría de hacer justicia a la contribución exacta de sus autores, principalmente de Eleanor Roosevelt, de René Coussin y John Humphrey. A la señora Roosevelt habríamos de reconocerle, además de una indudable capacidad de liderazgo en la consecución de su acogida política, un esfuerzo por lograr una redacción abierta y no legalista de la Declaración. Humphrey habría sido el responsable de la labor previa de acarreo documental, y el vasco francés Cassin habría aportado congruencia e integración al documento, iluminando el significado y las relaciones entre los derechos.

La profesora inglesa, asume la importancia de la dependencia personal de la Declaración, en la línea de Un mundo nuevo, un libro de Mary Ann Glendon de hace ya varios años, y que había dado lugar a una reseña de la New York Review of Books (2001). El trabajo de la internacionalista trata de relacionar la aportación de la Sra. Roosevelt con las ideas progresistas de su marido y ofrece unas notas sobre la personalidad de John Humphrey y René Cassin. Humphrey era un profesor de leyes canadiense de 40 años, proveniente de la Universidad de Mc Gill y trabajaba en Naciones Unidas. Había perdido un brazo en un accidente durante su infancia, y, puesto que había quedado exento del servicio militar, estaba decidido contribuir a la paz. El lector de este Cuaderno conoce las peripecias personales de René Cassin, pues le dediqué, no hace mucho, un recuadro (René Cassin y los derechos humanos, 20 Septiembre 2016). El judío de Bayona que había sido condenado a muerte por la Gestapo y cuya hermana y miembros familiares habían sido eliminados en Auschwitz fue asesor jurídico de De Gaulle, llegó a ser presidente de la Corte Europea de Derechos Humanos y presidente del Consejo de Estado francés.

Lo más interesante de este trabajo son los esfuerzos de su autora por subrayar la universalidad de la Declaración. Desde luego, en punto a su aceptación, sin ningún voto en contra en el seno de las Naciones Unidas. Ello era debido a la habilidad del documento para presentarse como la expresión de unos estándares absolutamente inevitables de decencia o ética generales, que nadie podía osar desafiar. Ni los países del bloque soviético, ni algunos regímenes islamistas ni Sudáfrica podían atreverse a rechazar el documento, guardándose por tanto las objeciones que pudiesen hacer a ciertos reconocimientos de derechos. Así que hubieron de contentarse con la abstención en la votación final del diez de diciembre de 1948.

Pero es que la participación de diversos contribuyentes y la misma base filosófica de la Declaración impedían que pudiese presentarse como una manifestación de centripetismo occidental. Así el Rapporteurde la Comisión que redactó la Declaración, era el Dr. Charles Malik, delegado libanés, que prefería la ayuda de “poetas, profetas y filósofos” antes que la de políticos, diplomáticos y juristas. De modo que hubo quienes, con diversa procedencia, colaboraron con la Comisión, desde bases ideológicas propias de la filosofía islámica, hinduista o la tradición confucionista.

Alexander Somek subraya la labor fundacional de la Declaración en el nuevo constitucionalismo, que el llama del reconocimiento frente al constitucionalismo anterior de la libertad. Pero Van Bueren reflexiona además sobre el tinte solidario y cordial de la Declaración de 1948. La Declaración Universal no se restringe al principio de la ilustración cartesiana, “pienso luego existo”. Antes bien, adopta el criterio más expansivo y relacional de “yo soy puesto que tú eres”, la filosofía de algunos pueblos africanos, según la cual cada uno es persona a través de los demás. Este modo de concebir los derechos implicaría la importancia de los derechos sociales, que, más allá de la cuestión de su correcta aplicación, seguramente sin alcance jurisdiccional, se habría tomado en la Declaración del constitucionalismo iberoamericano, en concreto de la Constitución mejicana, así como del pensamiento social católico.

Interesantes dos apuntes finales sobre la Declaración. Primero, su perfil feminista: hablemos de la intervención en su elaboración de Minerva Bernardino de la República Dominicana, Hansa Mehta de la India, y ShaistaIkramullah de Pakistán, mujeres provenientes de países en desarrollo. Precisamente Mehta corrigió la afirmación inicial del documento, “todos los hombres nacen libres e iguales” por la de “todos los seres humanos nacen libres e iguales”.

Segundo, es un acierto, resultado de la posición de la Sra. Roosevelt tanto como del jurista Cassin, el nivel propositivo, y en ese sentido, no vinculante inmediatamente, de la Declaración para los Estados, y desde luego independiente de los mismos, aunque como es obvio se desarrollará, en otras declaraciones de ámbito territorial, se trate de declaraciones nacionales de derechos, o de tratados internacionales correspondientes. Su estilo de redacción, en fin, es abierto y flexible, de modo que cada uno de los derechos contenidos en el Documento, pueda operar en diferente sitio, también bajo diferentes condiciones y circunstancias desafiantes.

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