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POR LIBRE

La tortura de las campañas

domingo 17 de febrero de 2019, 19:16h

Si muchos españoles se han alegrado de la rendición de Pedro Sánchez, nadie como el piloto del Falcon. Por fin, va a pasar un fin de semana en su casa. El hombre no ha parado de dar saltos de alegría. Ni Albert Rivera lo ha festejado tanto. Pero después de celebrar por todo lo alto la caída del presidente, España se enfrenta a un aluvión de elecciones y a una larga, áspera y aburrida campaña electoral. Tres meses interminables de tortura. Cuando tras el 28-A, los diputados del Congreso anden intercambiando escaños para gobernar, irrumpirá la campaña de las municipales, autonómicas y europeas. Un batiburrillo de declaraciones, negociaciones y cambalaches que no cesará hasta que los políticos se hayan repartido las poltronas. Los trileros ya sacan brillo a los dados.

Habrá que sufrir el bombardeo sistemático de las bandadas de candidatos repitiendo eslóganes como papagayos. Candidatos a alcaldes, a concejales, a presidentes autonómicos, a consejeros, a eurodiputados, a presidente del Gobierno, a ministros…Todos con banda y música, confetis, banderitas, banderolas, trompetillas y gorras. Todos por todas partes. Todos gritando, todos comiendo a dos carrillos sin rascarse el bolsillo, todos quemando mares de gasolina en Falcon, helicóptero, avión de Iberia, tren, ave, o autobús. Y, como es habitual, todo a cargo del partido; esto es, de los presupuestos. De los españoles todos.

Esa larga y estruendosa caravana desembocará en auditorios o tugurios para que el candidato de turno defienda con uñas y dientes su argumento. Unos, el de las bondades del diálogo; otros, el de la aplicación inmediata de un 155 como un bisturí. Pero esa larga y estruendosa caravana no va a parar en tres meses. No va a parar de dar la murga y de quemar dinero para nada. Porque los innumerables, insoportables y ruidosos actos electorales no cambian una papeleta ¿O acaso el que va a aplaudir como un loco al mitin de cualquier partido no tiene ya decidido su voto? La única razón de que los candidatos suelten aquí o allá sus peroratas es salir en los medios de comunicación; por eso, a menudo hacen coincidir el horario de los mítines con el de los telediarios.

El candidato que proponga limitar al máximo los actos electorales y, sobre todo, el gasto de las caravanas, se lleva un saco de votos. Los ciudadanos quieren paz. Vivir sin estar cercados por ejércitos de políticos, amiguetes y demás tropa intentando llevarnos al huerto.

Los partidos podrían construir un gran plató en mitad del campo. Allí, ante los medios de comunicación, aparecerían todos los candidatos: de uno en uno o en grupo. A su gusto. Serían entrevistados y fotografiados desde sus mejores ángulos. Podrían largar sin límite de tiempo. A espaldas del protagonista, se colocarían unas tribunas para llenarlas de militantes jóvenes, sonrientes y entusiastas que no pararían de aplaudir, ondear banderitas y rugir de pasión. No hace falta llenar estadios, recorrer ciudades, besar niños y beber en bota en la plaza del pueblo para pedir el voto. Ya les conocemos a todos. Y no queremos que nos cuenten más cuentos. Ni que nos den la tabarra.

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