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JOSÉ CABALLERO ENTRE FEDERICO GARCÍA LORCA Y PABLO NERUDA

sábado 23 de febrero de 2019, 18:11h
Llegamos juntos a la casa madrileña de José Caballero en la Avenida de América para cenar allí y hablar de letras y pintura...

El Cultural es la revista de referencia en la vida intelectual española. Se vende y distribuye con el diario El Mundo. Luis María Anson publicó en El Cultural un artículo sobre el éxito de la exposición antológica del gran pintor José Caballero en el Espacio Cultural Mira, en Pozuelo. Las redes sociales han multiplicado el artículo. Lo reproducimos a continuación.

Llegamos juntos a la casa madrileña de José Caballero en la Avenida de América para cenar allí y hablar de letras y pintura. En el ascensor, Rafael Alberti, mi inolvidado Rafael Alberti, me expresó su admiración, también su estupefacción, por la calidad de los once sonetos del amor oscuro de García Lorca, publicados aquel sábado, 17 de marzo de 1984, en ABC, tal vez la más importante exclusiva, y sin duda la más significativa, de toda mi dilatada vida profesional. Había cumplido yo un encargo que me hizo en su casa de Isla Negra Pablo Neruda, en septiembre de 1964, y todavía me temblaba la emoción por la belleza que envolvió las páginas del ABC verdadero cuando María Fernanda Thomas de Carranza nos abrió la puerta para comenzar una velada que recuerdo con especial precisión.

El siglo XX disparó la pintura española en el mundo con Pablo Picasso, Joan Miró, Josep María Sert, Salvador Dalí, Joaquín Sorolla, Antoni Tàpies y otros artistas cimeros entre los que se encuentra José Caballero. Entrañable amigo de García Lorca, permanente compañero de Neruda, incluso en la distancia, discípulo de Vázquez Díaz, pintor de fuerte originalidad y profundo estudioso del arte pictórico, Caballero es una de las personas más nobles y más generosas que he conocido a lo largo de mi vida. Quería y admiraba a Alberti y había entre ellos una comunicación que electrizaba. Una carta de Pepe Caballero y un obsequio dedicado del pintor me acompañaron cuando visité a la Hormiga, a Delia del Carril, en la casa de Neruda en Santiago de Chile. Aquella mujer, ya con 101 años, parecía una pavesa elegante que se apagaba como un candil. María Angélica Bulnes me hizo unas fotografías con la compañera de Neruda que había sobrevivido a Matilde Urrutia, mi amiga, la viuda de Pablo que murió relativamente joven.

Así es que acudí al Espacio Cultural Mira, en Pozuelo, para recorrer en compañía de María Fernanda la espléndida exposición de José Caballero que allí se exhibe. La alcaldesa Susana Pérez Quislant subraya en la presentación la amistad del pintor no solo con Lorca y Neruda, también con Luis Buñuel, Maruja Mallo, Miguel Hernández o Rafael Alberti. Y Mónica García Molina, la concejala de Cultura, llama a Caballero “genial creador onubense” y “uno de los referentes de las vanguardias culturales del siglo XX”. No se arrepentirá el espectador si acude a esta gran muestra artística, donde de forma ordenada se recoge desde la primera producción del pintor, años de adolescencia y juventud, pasando por el esplendor del surrealismo hasta el abstractismo profundo. Las ilustraciones que hizo para la Océana de Neruda estremecen por su fuerza y calidad.

Como Vicente Aleixandre, José Caballero vivió durante la dictadura de Franco un exilio interior. Muchos de sus compañeros estaban en el extranjero. Él, anclado en España, permaneció leal a sus ideas y mantuvo una admirable coherencia. Fue ninguneado de forma miserable por algunos sectores del franquismo, pero supo imponer su calidad artística, su sentido de la vanguardia, su experiencia constructiva y su natural humilde y generoso. No olvidaré nunca las lecciones que recibí de su sabiduría pictórica y la amabilidad de su trato personal.

Tiembla, en fin, en la exposición un bellísimo retrato de su amada, todavía viva, que acaricia al perro Hukako. En palabras del poeta, se pierde José Caballero en el cabello y la languidez de su amada. Bajo la piel de ella arde una amapola amarilla. La desnudez de sus ojos pone ceniza en el pincel y las manos del amado. Hay cales vivas en la mirada abrasada, piedra trabajada por los gemidos, hervor germinal, saliva con yodo y polución de alheña, ebriedad azul y cansancio lleno de pétalos y rosas. Está serena ella en el silencio, vacía en la oquedad de Dios, corporal en los abismos, exacta en su limitación. En la amada inmóvil de José Caballero acaba la noche. De su ribera mana el agua amante y la pasión mordida, mientras la rosa mortal desciende a la humedad sagrada y sobre el pincel del pintor enamorado hierven las lágrimas.