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POR LIBRE

Guerra y paz

domingo 24 de febrero de 2019, 19:44h

Estremece el amago de guerra en Venezuela. El Ejército chavista ya ha asesinado a una decena de personas y herido a más de trescientas al bloquear en la frontera la entrada de la ayuda humanitaria en el país. Los escuadrones de Maduro han disparado a matar y han rociado con gases lacrimógenos a los miles de voluntarios que arriesgaban la vida para que llegara a manos de sus compatriotas las toneladas de medicinas y alimentos cargadas en camiones. La guerra asoma su negro hocico mientras la gente se muere de hambre y el país se resquebraja. A su lado, los insultos de nuestros políticos, ahora todos candidatos a algo, resultan hasta enternecedores.

En la frontera entre Venezuela y Colombia empiezan a saltar las primeras chispas de la guerra. El pulso entre el valiente Juan Guaidó y Maduro solo puede terminar con la rendición del dictador chavista o la intervención militar de Estados Unidos con el apoyo de un conglomerado de comandos colombianos, brasileños y de donde vengan. Los servicios secretos de todas las siglas han ido moviendo los peones hasta llegar a este punto. Han puesto al ilegítimo presidente contra la pared. Está atrapado. O se escabulle y desaparece o, pronto, será derrotado. Este mismo lunes, el Grupo de Lima, formado por todas las democracias iberoamericanas, puede tomar la decisión de apoyar una intervención militar. Y Donald Trump se relame de gusto. Solo le falta una guerra de verdad.

Mientras, este mismo domingo, los habitantes de El Retiro pasean en paz ajenos al fuego que incendia los periódicos. No hay un palmo de hierba sin ocupar por los amantes del sol, por los niños que lanzan balonazos a las narices de cualquier incauto, por los holgazanes que se amodorran espatarrados. Tampoco hay hueco en las incontables terrazas que sirven cañas frescas, jamón barato a precio de Jabugo y paellas que parecen potajes de garbanzos. Pero la gente habla por los codos, se ríe. Hasta parece feliz. Unos pasean por los mil senderos entre castaños de indias, cipreses, chopos, abedules, pinos, cedros, majestuosos magnolios, pinos y robles centenarios, álamos... Otros corren como si huyeran de algo. Algunos reman por el estanque con parsimonia. Unos pocos se paran a contemplar el monumento a Alfonso XII, recién remozado, o los geométricos jardines de El Parterre o se cuelan en la Casita del Pescador. Y todos respiran paz en este domingo de primavera que se ha colado en pleno invierno. Allá, allá lejos suenan los disparos asesinos de los escuadrones de la muerte en Venezuela; más cerca, la algarabía de esta campaña electoral sin fin. Y aquí, sentado en un banco frente a La Rosaleda, se ha parado el mundo y hace calor.

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