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TRIBUNA

Cinismo institucionalizado

sábado 02 de marzo de 2019, 19:29h

En mayo de 2016 Montserrat Boix escribía una carta a un periódico de tirada nacional. Madre de un enfermo mental, Joan, suplicaba que la administración desplegase medios e iniciativas para ayudar a familias como la suya “¿Qué tenemos que hacer? Esperar a que lo vuelvan a encerrar en la cárcel para que reciba tratamiento, aguardar hasta que lo maten en una pelea o esperar a que se suicide cuando tenga un momento de lucidez y vea que su vida no va a ningún sitio".

En marzo de 2017 Joan se arrojó a las vías del metro. Era la cuarta vez que intentaba quitarse la vida. La madre pidió que retirasen la orden de alejamiento que la amparaba tras la última agresión para poder cuidar de su hijo en el hospital. Años antes y tras un procedimiento para modificar su capacidad de obrar se vieron obligados a delegar la tutela a la administración. Con el consumo de drogas el comportamiento de Joan era cada vez más agresivo y violento. Todo fue inútil, ni la propia administración supo cuidar de él “las administraciones no están preparadas para ayudar a familias que pasan por estos infiernos”.

María Soledad Gómez, viuda, pretendía llevar una vida normal. Seguramente era simpática y de trato más que agradable. Un jueves de febrero su hijo es detenido por la policía. En el domicilio, el cuerpo de su madre descuartizado y varios recipientes de plástico con restos de la difunta.

No sé mucho de este asunto, no tengo estómago, ni tiempo para sumergirme en el barrizal mediático que ha surgido en torno a este tema. Además, no me interesa.

Más monstruoso me resulta conocer un único dato y es que María Soledad había denunciado más de una decena de veces el infierno en el que vivía, que la policía había acudido al domicilio en múltiples ocasiones, y el SAMUR y que un sistema cuadriculado, gélido e indiferente fue incapaz de ayudarla en vida. Ahora toca llorar y estremecerse. Cinismo institucionalizado.

Difícil dar encaje a una situación así antes del fatal desenlace ¿verdad? Palos de ciego, ojos en blanco, miradas cansinas, condescendientes o impertérritas, parches, sonrisas vacías, lenguajes y formularios indescifrables.

Después, todo es más sencillo, sólo hay que recoger un cadáver, la autopsia, llevar a cabo la correspondiente detención, tomar testimonios y que un juez decida. El camino ya está trazado, sólo hay que seguirlo y los medios a contarlo. Antes no era noticia.

Marta y Pedro están divorciados. Estoy con ellos en la barra de un bar típico madrileño, tan terapéutico y castizo como los que visitaría María Soledad en su barrio de Ventas. El tiempo vuela delante de un café humeante y unos churros.

Empleados jubilados de banca, tienen dos hijas, Sara y Carmina. Sara, la mayor, está casada y tiene un hijo. Carmina, de 34 años, es soltera y está diagnosticada de esquizofrenia paranoide en el año 2009.

Carmina carece de conciencia de su enfermedad, abandona los tratamientos sistemáticamente y el consumo de estupefacientes no hace más que empeorar la situación. Ha sufrido múltiples ingresos por clínica psicótica.

A lo largo de dos décadas los padres han invertido importantes sumas en tratamientos de desintoxicación, en terapias y terapeutas. Luchando por informarse, por comprender. Son humanos, imperfectos y la sociedad acomodaticia del recetario y del qué dirán les exige ser héroes y sabios sin explicarles cómo. El matrimonio se rompe. Pedro se jubila anticipadamente y viaja con su hija a Valencia. Marta se queda en Madrid.

Pedro recibe frecuentes agresiones por parte de su hija: golpes, bofetadas “siempre con la mano abierta, nunca con el puño”, lanzamiento de objetos. En una ocasión, le arroja café hirviendo al rostro, en otra, prende fuego a la vivienda “No es en absoluto consciente de lo que hace, se mete un calefactor o un secador de pelo dentro de la colcha porque tiene frío, siempre tiene frío, incluso en verano”.

Hace ya bastantes meses tomaron la decisión de iniciar los trámites para que, a través de la fiscalía, se proceda a “determinar la capacidad de obrar” de Carmina, así como también “medios de apoyo y salvaguardias, adecuados y efectivos para su ejercicio”. Las peleas siguen. La situación descontrolada y como Montserrat, la familia ha decidido delegar la tutela en la administración. Mientras, el tiempo pasa, es lo único.

Tras el último ingreso, madre e hija están juntas en Madrid. Las denuncias son constantes. Las visitas de la policía también. Marta ya no habla con los vecinos. Saluda sin levantar la mirada. Siente vergüenza, pena ... qué sé yo. Recientemente y tras una fuerte discusión, Marta tiene que salir escopetada, sin móvil, sin cartera, a refugiarse con su otra hija. No se atreve a volver. Cuando Pedro y Marta acuden por las noches para comprobar el estado de la vivienda, se la encuentran vacía con la puerta totalmente abierta y pegada a la misma, una nota manuscrita que pone: “voy a ver si consigo dinero y me voy”.

Nadie llama para preguntar cómo están las cosas, nadie hace un seguimiento, de hecho, la única persona preocupada por esta familia es Carmina. Madre e hija se encuentran de repente: “¿qué tal estás?” pregunta la hija “estaba preocupada por si te había hecho daño”.

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