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TRIBUNA

El presidente de México no es macho

Diana Plaza Martín
sábado 09 de marzo de 2019, 19:31h

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un hombre elegido hace 100 días por una amplia mayoría para gobernar México, una país de 130 millones de habitantes. En esa cifra redonda, AMLO ha hecho muchas cosas, entre las que se encuentran decisiones controvertidas sobre cuestiones que afectan directamente a las mujeres, las cuales parecieran demostrar que no comprende la gravedad de la situación ni tampoco conoce como darle solución.

Los casos a los que me refiero son los referentes a la cancelación de recursos para las estancias infantiles (guarderías), así como a la suspensión de la convocatoria de subvenciones para los refugios de mujeres maltratadas. La primera cancelación se ampara sobre el argumento de que los recursos otorgados a estas estancias de gestión privada eran malversados, o no llegaban, así como acerca de la calidad de las mismas y, por ende, la seguridad para los menores; esto último anclado en el terrible caso de la guardería ABC, en la que murieron 49 menores. El segundo se enmarca en el paraguas de cortar la financiación para todas las asociaciones civiles que operan en el país, basándose en el mismo motivo del mal uso de recursos. No obstante, volvemos al punto cero, como escribía hace quince días, esto es: el problema, la corrupción, no puede ser la solución.

Si bien todos podemos estar de acuerdo en que acabar con la corrupción es una obligación del gobierno actual, también todos deberíamos estar de acuerdo en que cortar de raíz la financiación para actividades que permiten que las mujeres puedan ir a trabajar, así como salvar sus vidas y las de sus hijos, sin haber propuesto una solución real, efectiva y lista para ponerse en marcha desde ya, no es una buena decisión. Máxime cuando México tiene una de las cifras más altas de feminicidios en el mundo, a pesar del avance en la legislación en este aspecto, así como en otros que este año han permitido que el país tenga una paridad real en las Cámaras. Por último, en este sombrío panorama, no podemos dejar de mencionar que el pasado martes 6 uno de los estados más prósperos en materia económica, Nuevo León, gobernado por el que fuera candidato a presidir el país, Jaime Rodríguez, decidió criminalizar el aborto.

Dicho todo esto, el lector estará pensando por qué en el titular se recoge que AMLO no es un macho, cuando a todas luces los pasos del ejecutivo mexicano en estos 100 días no apuntan a lo contrario.

En el mundo de forma cada vez más alarmante está teniendo lugar algo que ya se conoce como “el regreso de la testosterona a la política”. Esto es, lo que en España encarna Santiago Abascal, líder de VOX (vean el siguiente spot) y mundialmente liderada a mi juicio por el presidente ruso Vladimir Putin, quien es el que más alarde hace de todos los componentes que debe tener un macho alfa o, si nos ponemos en términos de la literatura académica, el que cumple a cabalidad las características de la masculinidad hegemónica.

La antropóloga argentina Rita Segato tiene varias obras en las que nos explica este concepto de forma sencilla, de tal suerte que podríamos decir que el perfecto hombre masculino es aquel que detenta tres poderes, a saber: poder sexual —el famoso empotrador de 50 sombras de Grey o de un sinfín de novelas eróticas de mujeres—, poder físico —estar fuerte para poder imponerse o solucionar lo que sea con los músculos— y poder económico —el tradicional rol del pater familias proveedor—. Una vez dicho esto aclaremos rápido que poseer esas cualidades no tiene porque estar mal, sino que éstas excluyan el poseer otras, tales como el pacifismo, el ecologismo, el feminismo o la intelectualidad, que son aquellas que, según la columnista Peggy Noonan de The Wall Street Journal, han matado a machos como John Wayne; el tipo de hombres que “saben llevar la batuta” al tener “sus pistolas siempre cargadas y saber utilizarlas“.

El regreso de la testosterona implica que ante los escenarios de crisis y las violencias y tensiones detonadas y aumentadas por ellas, como los feminicidios, se proponga como solución un liderazgo fuerte, autoritario y vertical. Esto es, que no busque ante problemas globales soluciones globales que implican, entre otras cosas, negociar y, dado el caso, ceder (para muestra la retirada del tratado de no proliferación de armas de Trump y Putin.)

En esta lógica de poder, si bien la forma de mostrarse de AMLO poco o nada tiene que ver con Putin, Orbán, Abascal o Trump; ni desde el plano físico, salvo por el hecho de agarrar al bat cada vez que puede; ni verbal, el cual se situaría incluso en el lado opuesto con su propuesta de amor como resolución para la grave violencia que vive México —de ahí su hashtag #AMLOVE y decisiones como la de no juzgar a los anteriores presidentes—, al final del día todas las soluciones que propone se basan en que él mismo atienda el problema y, una vez que le haya dado el visto bueno, otorgarle financiación. En este sentido, tal vez no tengamos al frente del ejecutivo un macho que pesca lucios de 21 kg o que hace alarde de su potencia sexual al límite de hacer bromas con su hija, como el mandatario estadounidense, pero tras 100 días de gobierno tampoco creo que tengamos un presidente que haya entendido que la lucha contra la violencia de género y en favor de la equidad es unas de las claves para salir del agujero negro en el que nos encontramos como sociedad global.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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