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TRIBUNA

Módulo 10: Soto del Real o la granja política

sábado 09 de marzo de 2019, 19:33h

Dicen que al final esta política de España y sus naciones o reinos o regiones o Villa y Corte o fronteras o repúblicas o parlamentos o ministerios o consellerias o palacios o despachos o suites nupciales al final acaba todo como en un western de Almería, esto es, con 800 balas y Bo Dereck enseñando el escote. Esto es en este mes febril y marceño lo que está sucediendo en la prisión de Soto del Real exactamente en el Módulo 10 del Centro Penitenciario Madrid V. Parece una broma de Martes y 13 con sus empanadillas o de José Mota con ese frase celebérrima “las gallinas que entran por las que salen”. España tiene estos bocatas de tebeo de Ibáñez, esta viñeta de Forges, este baile de San Vito Corleone que a todos nos entretiene como esas señoritas y esos caballeros que salen en el programa de Sálvame de Luxe. España es un Sálvame de Luxe, pero con más mezquindad y con más perros gestores y jinetes del milenarismo, que diría tartajeando Fernando Arrabal en aquel programa de este intelectual de VOX que es Fernando Sánchez-Dragó y su biblioteca en forma de pirámide de Keobs en Numancia donde quiere eternizarse cual extraterrestre para la universalidad de su paleta universidad de fumeta y tocamientos de muslos de yogurinas.

Es que resulta -no sé si se han enterado ustedes, ilustres lectores- que en este tiempo en que dure en lo que se presupone este largo y farisaico juicio a los procesados por el procés catalán están conviviendo juntos pero no revueltos -habría que ponerles unos pocos huevos de gallinácea para que saliera bien la tortilla- los arrestados in aeternam por los que algunos pardillos aún lo denominan como hacedores de un Golpe de Estado en Cataluña con los otros arrestados de temporada de invierno por delitos de corrupción fragantes y por dárselas de morena clara como altos cargos sobre todo del Partido Popular de cuando la Gürtel, Bankia, hasta inclusive otros tetógrafos chavistas o ese señor bajito que llámase a sí mismo como el Rey del Cachopo.

De las cárceles catalanas salieron furgones blindados y escoltados cual si se tratase de los hombres y mujeres más peligrosos del continente europeo hacia los madriles de la M-30 y los extrarradios de esta novela no sé si bizantina, picaresca, costumbrista, zoliana o de realismo sucio. En efecto, en esos mal nombrados “módulos de respeto” en este invierno de hojarasca y 100 años de soledad -por cierto la película la dan ahora por Netflix- más todos los hombres del presidente y algunos hombres buenos al alba desayunan no en mucha lejanía los dos bandos de la actual guerra civil regionalista o patria.

Ahí están, compartiendo piscina, gimnasio, el juego de la oca y algún que otro peta de marihuana los traidores, los secesionistas, los rebeldes, los malversadores del independentismo catalán junto con las ranas mágicas, los banqueros, los emprendedores, un secretario de Estado de Hacienda, los exconsejeros de Caja Madrid y Bankia y ese vicepresidente y verso de un poema de Allen Ginsberg, “Aullido”, que titula como un cid campeador o como don Rodrigo en la horca, esto es, el que todo lo tuvo, el que nos dio clases magistrales de cómo pagar impuestos, el que fue el hacedor del milagro económico español de aquella era glacial que podríamos definirla como lo hizo Manolo Vázquez Montalbán: la aznaridad.

Y es que Rodrigo Rato pensó que las tarjetas black eran para jugar al monopoly, a lo seguro porque le dieron clases para este juego de maulas y trileros los altos ejecutivos del Fondo Monetario Internacional. Rodrigo -que está pasando un rato y lo digo con garantía de juez, esto es, sólo un rato, por mucho que haya vuelto a ser imputado por otra pieza de la causa- está echándose el sueño de la princesa durmiente en una celda del módulo 10 en esta casita de chocolate que relumbra allá por la antigua villa Chozas de la Sierra, cara sur de la sierra de Guadarrama, más conocida para los prófugos como la Cuerda Larga. Don Rodrigo Rato se estará tocando los testículos cuando, desde su ventanuco con vistas al embalse de Santillana o la cima de la Najarra, vea cómo bajan al patio a echarse un pis que debe oler a cava y a bandera tricolor estos enfants terribles que tienen nombres y apellidos tan pocos patrios y castellanos como Oriol Junqueras, Jordi Turull, Raül Romeva, Josep Rull, Joaquim Forn, Jordi Sánchez o Jordi Cuixart.

Soto del Real mejora el filme de la isla de Alcatraz. No hay ni dios que pueda lanzarse al mar para que le muerdan las carnes fofas y el aliento a whisky en este idílico paraje desde donde se puede oler el humo de las chimeneas de la Hoya de San Blas. Ahí están todos juntitos, apretaditos, como buchanteros de las leyes nacionales y constitucionales. Y digo yo que César Román, el Rey del Cachopo -desde el módulo 7- les echará unas alegrías o algunas viandas desde la cocina, pues lleva un tiempo como profesional de los menús después de haber descuartizado a su novia Heidi Paz Bulnes, pues me dicen algunos amigos que han recién salido de Soto de Real que el de los Cachopos tiene su celda como los chorros del oro.

Sólo en España se da por temporadas esta telenovela de esperpento y miedo y deformación de las múltiples realidades que conjuntan un país robado al fisco, a los asalariados, a los abuelos que hicieron la guerra, a la juventud universitaria catalana engañada y frustrada por una utopía recubierta de no violencia, luz de vela, manifestaciones bajo el sol de una Catalunya que pudo ser republicana pero que ha quedado en un 155 perpetuo, extensivo, internacionalizado y mofa de los pigmeos que ven la televisión desde sus chozas de la isla de Gulliver.

Y es que es todo tan divertido y millennial en esta nación -¿digo nación?: ayer vi un reportaje en donde un artista noruego comparaba el concepto “nación” con un iceberg que va a la deriva por culpa de este cambio climático trumpiano, chinesco, indio, arábigo saudí y correquetecorres- que tengo ya tan abierta la sonrisa que me rodea el cogote hasta llegar al mismo punto de encuentro al que llegó el buscón llamado don Pablos. El clérigo cerbatana, quiero decir, que no es otro que el juez Marchena arengando a los procesados con sus chistecillos en lengua provenzal. Por ello -y espero, sabios lectores, que ustedes que son tan catedráticos y tan ufanos, incluso tan diestros a la diestra de todo dios, no olviden al menos echarse unas risas con su humilde servidor- tornamos a este cisma de occidente que nos obliga de nuevo como metáfora legítima la relectura obligada de El prisionero del Caúcaso de Pushkin -un romanticoide que el tío va y se dejó batir a duelo: menudo gilipollas-.

O mejor, ahora que vuelvo a leer a Silvio Pellico y su conmovedor Mis prisiones, es que este escogorcio tan típico español se puede continuar analizando desde este monumental documental escrito en el Romanticismo hispánico. ¿Es que cómo no se puede comprender este jiñadero de brumas y claridades si no atendemos a lo ocurrido tras la guerra de la Independencia española? Ahí estaba, con el pene más largo que ha tenido cualesquiera de los borbones y de las borbonas, Fernando VII y su represiva, antiliberal, fratricida y afrancesado desligazón de un momento que no pocos historiadores concurren que pudo ser un momento decisivo para desliar esta liaza con aceite de ricino.

Cádiz 1812. Las Cortes. Reconducción del feminismo con una Mariana Pineda bordando la bandera republicana. Goya echándole polvos a la duquesa de Alba mientras Godoy degollaba el tránsito de un austericidio contrarrevolucionario hacia una sociedad medianamente moderna y quién sabe si algo democrática. Así las cosas, comienza el exilio. Waterloo ya había ocurrido y Napoleón se había muerto de tristeza y de excesiva libido reconcentrada en su tortuosa mens sana en Santa Helena. Aquellos exiliados liberales no son los mismos que estos presos neoliberales del Partido Popular, de la misma manera que aquella campiña del duque de Wellington nada tiene que ver con el palacio desde donde tiene su Inteligencia Artificial este gironés con melena de Beatle que, si bien tiene toda la razón en lo que dice, ninguna razón alberga en lo que piensa.

Y digo yo, insisto: ¿Son aquellos exiliados libertarios como Espronceda y su Diablo Mundo o Fígaro o Pepito Zorrilla y su “Inés del alma mía” los mismos liberales de nuestra Inés Arrimadas, monja, celeste, comedora de naranjas, película como de la noveau roman y demasiado bella como para dejarse engañar por estos viejos hacedores de teatro neoclásico a lo Echegaray que llevan por nombre Girauta, Juan Marín, Ignacio Aguado o este joven eterno pero con legañas de actor de cañas y barro que es Toni Cantó?

Ay, ay, ay, que los liberales macronianos maniobran a la velocidad de las prendas en pasarela de Agatha Ruiz de la Prada -la cual, claro está ya se ha quedado un tantito cansada y descasada del cansino de Pedrojota Ramírez, quien de Premio Carlomagno ahora está en la paranoia febril de un periódico como “El Español” que ni tira ni acierta -aunque los editoriales están escritos magistralmente por alguien que yo sé y que me callo-. Porque fue en aquel otro “El Español” en que Zorrilla leyó el poema sepelio a El duende satírico del día, a aquel pobrecito hablador que fue el gran Larra ya no es alguna de esta prensa española en que se presiona al Tribunal Supremo para que se mantenga esta contienda de la que hablo -que no me pierdo, amados lectores- en Soto del Real, exactamente en el Módulo 10 del Centro Penitenciario Madrid V.

Zaplana ya está fuera del trullo. Aznar continúa sin pedir perdón por la guerra de Irak 2003. Aguirre continúa financiando supuestamente a Santiago Abascal y sus boinas verdes. Mariano Rajoy va de testigo de Jehová para rezar la Divina Comedia. Y ya para rematar esta hornada Pablocasadiana de candidatos al álbum eterno de bodas de los nuevos imputados del PP madrileño. Menos mal que todos los males se curan, pues Dios todo lo oye y así el pecado parece que sea sordo. ¿Y quién es el cantautor que cura los males? ¿Cómo están ustedes? ¡Cómo no¡ El Rey del Cachopo, que desde su ventanuco, al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al vent del món, aúlla y gruñe y deleita cual castrati por las lejanías de la Sierra de Guadarrama, azul cielo hambriento con machuelo, allá por la Cuerda Larga para que su eco resuene en esa Villa Chozas de la Sierra que es el Tribunal Supremo de Justicia, en donde ahora no manda nadie, en todo caso, el humo que sale al atardecer cuando se da fin a toda jornada. España es un Diablo Mundo. ¡Qué Diablos¡

Que es que “Queremos saber”, nos sigue recordando Mercedes Milá para que Paco Umbral nos vuelva a hablar de su libro “La Década Roja”. Porque tú, Mercedes, me has llamado personalmente a mi casa, que el tema iba de mi libro, y de mi libro no se habla, por lo tanto yo me levanto y me voy. “¿De qué quiere hablar, señor Umbral?” De lo que tú me preguntes. [Mercedes Milá se dirige a los estudiantes] Y ahora vuelves a dirigirte a los estudiantes, que nos se han leído mi libro, que está aquí encima de la mesa, pero yo hace tiempo que dejé de ser un estudiante, que ya está bien, que nos traigáis a los escritores como unos parias a la televisión sin pagarnos un duro -como supongo que sucederá con mi maestro Emilio Romero-, y entra la publicidad y unos vídeos absurdos que todos hemos visto y pasa el tiempo y de mi libro no se habla, por lo tanto yo me levanto y me voy…Y así sigue siendo España, queriendo saber y sin hablarse de los libros que son secreto de sumario.

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