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TRIBUNA

El peligroso discurso de la confrontación y el victimismo

lunes 18 de marzo de 2019, 20:17h

Ahondar y reflexionar sobre cómo germinó y cómo ha venido funcionando el movimiento chavista durante casi dos décadas, puede darnos las claves para vacunar una democracia y evitar que al poder se acceda ganando unas elecciones para que después, el triunfador devore al sistema que le ha aupado al mando de un país, corrompa o se deje corromper, socave sus instituciones, atente contra sus ciudadanos, enfrente a sectores de la nación, fracture a la sociedad o pervierta sus valores.

En la sociedad actual del marketing, las apariencias, las emociones y la imagen, donde todo se compra y todo se vende: el cambio, la novedad, la tradición, el orden, la desgracia, el éxito, el fracaso, el miedo, la verdad, el progreso, la mentira, se comercializa la guerra y, en ocasiones, también “el bien” en contraposición al mal, la noción de democracia sólida y saludable no puede limitarse al simple hecho de meter papeletas en una urna. El concepto queda huérfano si no cuenta con una vigilancia permanente, activa, eficaz y efectiva a la que se debe someter el ya elegido para que no haga de la nación su cortijo. El juego democrático no se agota con unas elecciones. Si los mecanismos de control fallan, no nos engañemos, no hay democracia.

El triunfo de Chávez mediante una retórica beligerante e incendiaria en las elecciones de 1998 emergió en una democracia duramente golpeada por sucesivas crisis económicas desencadenadas tras el “viernes negro” (18 de febrero de 1983) y asediada por los continuos casos de corrupción política de los dos principales partidos del país.

Con este discurso de confrontación, de choque entre valores, del divide y vencerás, el “Comandante eterno” no buscaba otra cosa que la perpetuidad en el mando. Un Hugo Chávez crecido en mitad de una tormenta perfecta se presenta en sus campañas por la presidencia como el mesías salvador de la patria o la reencarnación de Bolívar.

Y una vez es elegido, el 2 de febrero de 1999 jura “sobre una Constitución moribunda” reafirmando así su intención de modificarla, no sólo para establecer lo que él llamaba “una democracia participativa y protagónica”, sino para prorrogar indefinidamente la elección del Presidente, indudablemente en su provecho.

Chávez se vale de la retórica del conflicto con diversas finalidades: en primer lugar para enfatizar su carácter mesiánico al señalar que los problemas del futuro deben enfrentarse con las ideas de Bolívar –así habla de la “visión jánica” con clara referencia al dios Jano de la mitología romana– y para marcar diferencias sociales e ideológicas, justificar acciones, efectuar juicios morales, sobrevalorar a quienes le apoyan, denigrar a quienes le muestran oposición, y, exacerbar emociones.

En el discurso de su primera toma de posesión sostuvo que la referencia de su movimiento, el Movimiento Bolivariano 200, el primero que adoptó, obedecía a una vuelta al pasado, a “nuestras raíces” para encontrar soluciones a los problemas que padece el país blandiendo la gesta libertadora y el pensamiento de Bolívar para reparar los defectos que el sistema heredaba del régimen saliente.

En peligrosa dialéctica, sus alocuciones distinguen “la élite” o “escuálidos” de la “sociedad venezolana” de la que se apropia, del pueblo de Venezuela o más significativamente del “pueblo bolivariano”. Su retórica enfrenta a “los leguleyos” u opositores de la Constituyente u “oligarcas” que pretenden mantener sus privilegios con “la mayoría” en ruinas o en desgracia y con los “sectores que quieren transformar a Venezuela. Anuncia la muerte de la IV República y el nacimiento de la V. Contrapone el robo, la traición y la entrega al patriotismo, concepto del que su movimiento se adueña concibiéndolo como la rectitud absoluta. Divide entre los no revolucionarios del Revolucionario auténtico o Jesucristo y el capitalismo salvaje contrastado con los necesitados y hambrientos.

No existen los matices en el discurso chavista, o es blanco o es negro, o eres amigo o enemigo. No hay lugar para la moderación política, ni para la reflexión, el cuestionamiento, la duda o la autocrítica. El chavismo se apropia del lenguaje y las referencias de los textos bíblicos, apropiándose para su causa de las palabras del Evangelio “quien no está conmigo, está contra mí”. Tras casi dos décadas de delirio, asistimos con perplejidad e impotencia a una crisis humanitaria sin precedentes, al deterioro de unas instituciones públicas y privadas, a la quiebra de una industria y de una economía, a una astronómica inflación (1.000.000 por ciento en el 2018 y una proyección de 10.000.000% para 2019 según cifras del FMI) y muerto Chávez, lejos de asumir la situación, su heredero continúa con esa psicología perversa, asido a la espiral que le aleja cada vez más de la realidad, victimizando al régimen culpable y silenciando a las víctimas.

Este mismo estilo de discurso lo detectamos – como un “deja vu” – también en Cataluña donde los llamados “independentista” no sólo manifiestan – quizás no abiertamente – que el que no está con la independencia está contra ellos e imponen condiciones al Gobierno para monologar sobre la forma cómo se llevará a efecto la independencia, sino que además usan un cuerpo denominado CDR que guarda cierto paralelismo, o al menos recuerda a los llamados “colectivos” en Venezuela; éstos son individuos armados por y para la “defensa de la patria”

Volviendo a Venezuela, ha quedado patenten con las acciones del 23 de febrero ejecutadas por la llamada “narcotiranía”, que son ellos o son ellos, no hay una alternativa válida a pesar de ser patente la usurpación que hace del poder ejecutivo. Una vez superada esta crisis, Venezuela iniciará otro camino no menos complejo, tendrá que renacer de sus cenizas y reconstruir una democracia vigorosa que garantice el respeto al Estado de Derecho, la separación de poderes, la seguridad jurídica, la consideración hacia la oposición política, no como enemigo a batir, sino como complemento democrático esencial y contrafuerte indispensable para frenar y evitar los abusos de poder, la libertad de prensa, una ciudadanía consciente y activa de su papel soberano, la libertad de expresión, la justicia social, la transparencia y la rendición de cuentas de los poderes públicos.

Firmantes:

Patricia Gómez Santiago es licenciada en Derecho por la Universidad San Pablo Ceu de Madrid y ejerce la abogacía, colegiada en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid desde 2000 y colegiada en el Ilustre Colegio de Alcalá de Henares desde 2013.

Elisa Vagnone Lasaracina es abogada de nacionalidad venezolana, licenciada en Derecho por la Universidad Central de Venezuela desde el año 1993 y con título homologado en España desde 2006, ejerce la abogacía en Madrid como colegiada del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

Rafael Leónidas Landaeta es abogado de nacionalidad venezolana, licenciado en Derecho por la Universidad Central de Venezuela desde el año 1976 y con título homologado en España desde 2010, ejerce la abogacía en Madrid como colegiado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

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