www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

AL PASO

Schmitt, el primer clásico

martes 19 de marzo de 2019, 19:57h

Hay que corregir, me parece, la lectura atemporal de los clásicos, con una consideración de sus circunstancias, esto es, la situación histórica en que escribieron. La circunstancia estimula siempre la reflexión del autor y, desde ese punto de vista, da cuenta de la génesis de la obra, y, por ello, resulta imprescindible para entender cabalmente su significación para sus contemporáneos. Pero también, quizás, permite prescindir de los aspectos accidentales o secundarios, y posibilita encontrar el saldo perenne, o constante, lo verdaderamente significativo, o lo que, decimos, quedará de la contribución que consideremos.

El caso es que si analizamos la obra de Hans Kelsen o Carl Schmitt, que es la sugerente propuesta que nos hacen en su excelente libro Javier Tajadura y Josu de Miguel, Kelsen versus Schmitt, política y derecho en la crisis constitucional, que presentaron recientemente con toda pompa y brillantez Manuel Aragón y Eloy García, quizás precisamente para encontrar el legado permanente de estos autores, esto es, lo que de ellos podamos aprovechar en nuestra circunstancia democrática actual, sea oportuno intentar la ubicación temporal de su obra, entendiéndola como una respuesta a su circunstancia intelectual e histórica.

Las tesis de Carl Schmitt suponen una reacción a la situación de la democracia de Weimar, una coyuntura de inestabilidad y división social, que ponía en cuestión, desde su punto de vista, la misma persistencia del Estado alemán. Desde 1928 en el régimen de Weimar solo pueden tener lugar gobiernos de coalición que son tremendamente ineficaces, y no operativos para resolver la crisis política y económica del país con un gran paro, una severa destrucción de las industrias y graves problemas hacendísticos como consecuencia de la necesidad de destinar importantes sumas de dinero al pago de subsidios de desempleo. Un contexto de bloqueo y de partitocracia que abren el espacio detrás del escenario a la actuación de sindicatos y grupos de presión. En esta situación de excepción lo que la teoría de Schmitt propone es abandonar la centralidad política del Parlamento, que es incapaz de adoptar decisiones, y confiar en un líder, el presidente de la Republica, dotado de la legitimidad superior de la representación identitaria, verificada a través de la aclamación. Schmitt extendería, como decimos, lo más posible los poderes del Presidente, convirtiéndole en el punto central del sistema por encima de las fracciones, los grupos sociales y de las autonomías, convirtiéndole en la garantía máxima de la unidad política del pueblo contra la disgregación. Se trata, verdaderamente, del titular del poder decisivo, esto es, el verdadero custodio de la Constitución.

A esta patriótica función correspondía la propia disposición ideológica o estética de Schmitt. Por supuesto, la Teoría del Estado de Schmitt, responde a sus planteamientos filosóficos y aun vitales, aspirando a la construcción de una ciudad terrena que refleje una teología católica homogénea y dogmáticamente inflexible. “Su amigo Blei, cita Ellen Kennedy, reconoció en Schmitt una tendencia hacia lo antiguo, la dogmática, el latín y una admiración por la capacidad creadora de orden de la Iglesia Católica Romana”.

Un sentido claramente ancilar puede darse a sus aportaciones como constitucionalista, se trate de la distinción de las diversas cláusulas constitucionales, la atribución de la posición clave entre las mismas de la regulación de la reforma, la idea de la Constitución positiva y aun la diferencia entre derechos fundamentales y garantías institucionales (por cierto una categoría bien utilizada por nuestro Tribunal Constitucional, debido , me atrevo a asegurar, a la mano de Francisco Rubio, ponente, como se recordará, de la Sentencia sobre las Diputaciones catalanas STC 32/1981, donde por primera vez se procede a definir esta figura jurídica.)

La situación epocal de Schmitt requiere reparar en la dependencia del pensamiento de nuestro autor, centrado especialmente en la encomienda al Presidente de la garantía del orden constitucional del Estado, respecto de algunas contribuciones jurídicas del momento, y a las que se refirió de una manera extraordinaria a mi juicio el historiador de las ideas italiano Paolo Petta.

En efecto, procede estudiar el clima intelectual, por decirlo así, en el que está inmerso Schmitt y que resulta particularmente adecuado para entender su teoría sobre el guardián de la Constitución. Hacemos referencia en primer lugar a Max Weber. La idea es subrayada por la importancia del fenómeno de la legitimación en el poder y en concreto la sugerencia de Weber de que no habría que hablar de una contraposición entre legalidad y legitimidad, la legalidad perteneciendo al dominio del parlamento y la legitimidad carismática del Presidente. Esta idea es bien interesante, pue se trata de subrayar hasta cierto punto la imprescindibilidad de la justificación carismática en toda forma política. Y puede mostrar una relación o una inspiración de Schmitt en Weber, pero no permite dudar de la justificación del régimen parlamentario y de la función de los partidos políticos en el mismo que Weber claramente aceptaba.

Otra fuente ideológica interesante que se subraya por nuestro autor es la que se refiere a la contraposición entre comunidad y sociedad, acuñada por el sociólogo Ferdinand Tönnies. La sociedad es una unión de hecho o ideada, pero en cualquier caso artificial, mientras que la comunidad está basada en la solidaridad espiritual y, por tanto, es una forma de juntura natural y superior. Lo que se quiere insinuar por parte de Schmitt es que la auténtica representación, la representación por identificación, es la que asume el Presidente en el nombre de la comunidad. Advierto como a esta comunidad pueden añadirse elementos cualificados por su conocimiento o destreza como técnicos que ayudarían al representante de la comunidad y que de este modo indirecto tendría título para ejercer también el poder.

Por último, nuestro autor trae a colación la contribución del pensador francés Benjamin Constant, como representante de la idea del poder neutro supra partes del monarca, y que, privado el mismo de sustancia política, tendría la función de garantizar el juego correcto de los otros poderes. En realidad, Schmitt no está pensando en un Presidente, a la manera del monarca que esté simplemente por la garantía del juego político, y ni si quiera puede tal vez inscribirse dentro de la línea inspiradora de los teóricos del Estado total- sino más bien del Estado autoritario- que estaba llamado no solo a la movilización de los ciudadanos sino a la intervención pública en todos los sectores, comenzando naturalmente por la economía y por el diseño social, es decir, el manejo de la lucha de clases.

Dejamos para otro momento la consideración epocal también, de Hans Kelsen y su obra.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.