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TRIBUNA

América Latina se militariza

Diana Plaza Martín
lunes 25 de marzo de 2019, 20:14h

La semana pasada se aprobó en México la Guardia Nacional. Con un consenso de los habituales en el país, es decir, mayoría aplastante en las Cámaras y en todos y cada uno de los estados, México decidió que, a partir de ahora, la encargada de la seguridad pública será una organización militar. Si bien es cierto que las diferentes policías no desaparecen, la Guardia Militar será aquella que defina el cómo y el cuándo, esto es, una suerte de hermano mayor que tomará las riendas de la casa mientras el país se ordena (se limpia de corrupción) y adviene la paz y la tranquilidad.

La justificación para llevar a cabo esta acción por parte del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su partido de izquierdas (MORENA), es la ya por todos conocida crisis de inseguridad y violencia que vive el país en la casi totalidad de su territorio, con 12 de las 50 ciudades más violentas del mundo, sólo por detrás de Brasil quién en 2018 - por primera vez en la historia - superó a México en muertes violentas; violencia que no cesa de aumentar desde la asunción de su mandato y que, vista la decisión tomada referente a militarizar el país, entendemos que los cálculos gubernamentales no deben ser halagüeños en este sentido.

Es así como, los dos países que han decidido militarizar su vida pública, coinciden con los más violentos de la región y del mundo. No obstante, la diferencia entre los dos gigantes latinoamericanos es que mientras que los brasileños votaron por un militar para que hiciera eso, los mexicanos votaron por un civil que pregonaba el amor y el perdón como fórmula para acabar con la violencia y que, desde que el ex presidente Felipe Calderón (2006-2012) sacará al ejercito a la calle para combatir al narco, no había parado de decir lo nocivo que es para la sociedad que los militares hagan tareas de seguridad interna.

Esto es, que Jair Bolsonaro alabe al que fuera dictador en Paraguay por 35 años, Alfredo Stroessner, y militarice su país a través de otorgar cargos gubernamentales al ejército que intervino en Haití bajo el paraguas de la ayuda humanitaria no nos puede sorprender: es la tradición de una parte de la extrema derecha regional. No obstante, creo que deberíamos alarmarnos cuando la izquierda, la que tradicionalmente ha sufrido las consecuencias de que gobierne el ejército, propone este tipo de soluciones para traer la paz.

Las alarmas saltan en cuanto pensamos que la lógica del ejército no es la democracia ni la conciliación. Ellos están entrenados para seguir a cabalidad toda orden que provenga de un mando superior. Por ello, darle el poder al ejército, hasta el grado de que el mando de este nuevo cuerpo sea militar - deseo profundo de AMLO y una de las pocas batallas que aún no está perdida-, puede resultar muy peligroso ya que en realidad decisiones tan vitales como las relacionadas con la seguridad de los ciudadanos, así como algunos negocios, serán tomadas por un grupo reducido de personas que, casi con toda seguridad, serán sólo hombres.

La izquierda, más que nadie, debería saber que para que el ejército no incurra en violaciones de derechos humanos y extienda sus “daños colaterales” de forma indiscriminada, no puede actuar en zonas sin guerra. El ejercito es como un elefante entrando en una cristalería, no puede evitar romper los finos vasos de cristal, es su naturaleza. Y eso es exactamente lo que les pasó a Jorge Mercado y Javier Arredondo, dos estudiantes que al salir de noche de la universidad se encontraron con un enfrentamiento entre el ejército y los narcos en plena calle, con tan “mala suerte” que a uno de ellos le alcanzaron las balas militares y el otro fue testigo. Ante este “daño colateral” el ejército mexicano decidió rematar a uno, ejecutar al otro y “sembrarles” armas largas para hacerles pasar por sicarios (pueden ver la tremenda historia en el documental “Hasta los dientes”) . Ambas muertes siguen impunes, aunque hace unos días el gobierno pidió perdón públicamente a sus padres, así como a otras víctimas.

A mí, este perdón me suena al elefante en la cristalería diciendo perdona pero aguanta, esto es, de escasa utilidad cuando el daño ha sido hecho y no hay manera de enmendarlo, máxime cuando las condiciones que hicieron este hecho posible no solo no están siendo enmendadas, sino que son reforzadas.

El elefante ya está en la cristalería, ahora solo nos queda esperar que no tenga que pedirnos perdón en los próximos años por haber estado fuera de su cuartel, supuestamente cuidándonos.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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