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TRIBUNA

Iglesia y pederastia

lunes 01 de abril de 2019, 20:45h

“Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar” (Mc 9,41-50)”. El evangelio de Marcos pone en boca de Jesús unas palabras que, por desgracia, tienen plena vigencia hoy en día. Recientemente, tras finalizar la Cumbre sobre Protección de la Infancia celebrada en Roma, la Conferencia Episcopal Española reaccionaba del peor modo posible: anunciando que no investigará los casos de abusos sexuales del pasado. Torpe y lamentable a partes iguales. Ahora bien, ¿Es eso con lo único que hay que quedarse?

Hace algunos años de veranos fui testigo de cómo se lleva a cabo el reparto de ayuda humanitaria en Etiopía. ONG como Médicos del Mundo y organismos como Cruz Roja están presentes y, sobre todo los primeros, llevan a cabo una gran labor. Pero quien realmente da la cara por los más necesitados es la Iglesia. Hay mucha que vive literalmente en la calle, prácticamente desnuda y sin esperanza alguna. Lo de comer a diario es una aventura; “el resto” -higiene, socializar- puede esperar. Y pobre, nunca mejor dicho, del que esté enfermo. Es ahí, sin embargo, donde intervienen congregaciones como las Misioneras de la Caridad que, fieles a su fundadora, Madre Teresa de Calcuta, cuidan y atienden a quienes no tienen a nadie. Son ellas las encargadas de repartir el grano y el aceite que Estados Unidos envía como ayuda humanitaria convirtiéndose así en el principal sustento de miles de familias.

Afortunadamente, España es el primer mundo y no vive esas situaciones, aunque la crisis -que aún no se ha ido, conviene recordarlo- está haciendo que cada vez más gente lo pase peor. De un tiempo a esta parte, parroquias y comedores sociales están desbordados, y los bancos de alimentos han de hacer frente a una demanda cada vez mayor. Por contra, y pese a que cada año son más quienes marcan la casilla de la Iglesia en el IRPF, la Iglesia ha ido viendo cómo la aportación económica del Estado disminuía ejercicio tras ejercicio. En 2010, por ejemplo, cuando la crisis estaba en pleno apogeo, la aportación estatal a la Iglesia fue de 248 millones de euros, por 310 -sin contar cursos de formación, mariscadas o clubs de alterne- a los sindicatos-. Hay que decir, además, que en las primeras cifras no se incluyen ni centros de apoyo a drogodependientes y marginados, ni albergues ni pisos de acogida, ni centros de otro tipo que también lleva la Iglesia…y que suponen, en consecuencia, que el Estado -o sea, todos- se lo ahorre.

Sin embargo, la ayuda va más allá de lo meramente económico. Muchas parroquias se han convertido en verdaderos crisoles sociales donde se facilitan alojamientos, libros de texto y servicios de guardería. O algo tan importante como un interlocutor con quien poder hablar y compartir todas esas preocupaciones que se ciernen hoy sobre tanta gente. Se ha llegado a acuñar un nuevo concepto, el de “pobre vergonzante”. Se trata de personas mayores que ven cómo con su exigua pensión han de mantener a hijos o nietos en paro, sin poder llegar a fin de mes. Gente que nunca ha tenido que pedir, y ahora ha de hacerlo, acuciados por la necesidad o, en ocasiones, una orden de desahucio. Y no van a la sede de UGT o CCOO o a la mezquita de la M-30, no; van a las parroquias. Porque no es lo importante lo que gasta la Iglesia; es que la Iglesia “se gasta” en lo que de verdad importa.

Ocurre que nada de lo anterior suele ser noticia y sí, en cambio, la desgracia de algún cura pederasta. Estadísticamente, el avión es el medio de transporte más seguro y, como con los sacerdotes, no son noticia los millones de operaciones aéreas exitosas sino los terribles y ocasionales accidentes. Puestos a citar estadísticas, hay otra que no gustará a los lobbies progre y LGTB pero que es la que es: de las últimas 4.000 condenas por pederastia en España, apenas 30 han recaído sobre religiosos. Y en un porcentaje superior al 85 por ciento estaba presente el factor homosexual. A mí como católico -y a la Iglesia en su conjunto- me revuelve cada manzana podrida que veo. Pero sería muy injusto que esas mismas -y, por suerte, escasas- manzanas podridas corrompiesen la ingente labor de una institución a la que resulta muy barato denostar porque siempre pone la otra mejilla. Y, por añadidura, porque tiene en la comunicación un área de mejora sumamente extensa.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    9392 | Miguel Maté - 02/04/2019 @ 14:58:57 (GMT+1)
    Pablo Escobar construía escuelas, hospitales, incluso iglesias. Se le puede perdonar, según la filosofía del artículo, que asesinara a unos cuantos miles de personas.

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